Las miradas del desarraigo de Julio Llamazares

Portada del libro.

Portada del libro.

Distintas formas de mirar el agua
JULIO LLAMAZARES
Madrid, Alfaguara, 2015.

El profesor de Literatura Luis Miguel Suárez se adentra en la última novela del escritor leonés Julio Llamazares ‘Distintas formas de mirar el agua’.
Por LUIS MIGUEL SUÁREZ
Desde astorgaredaccion.com

La última novela de Julio Llamazares, ‘Distintas formas de mirar el agua’ (2015) puede sugerir al lector ciertas conexiones con la biografía del propio novelista, pues se localiza en el entorno de su tierra natal anegada por el pantano del Porma hace ahora ya más de cuarenta años. Sin embargo, no se trata de una obra autobiográfica: él mismo ha explicado en diversas ocasiones su relación circunstancial con el pueblo en el que nació, y que abandonó cuando aún era demasiado niño para albergar recuerdos consistentes. El tema, no obstante, había sido tratado por Llamazares en su obra periodística, de forma muy crítica, e incluso había sido motivo de polémica  con algún otro escritor.

En cualquier caso, se trata ahora de un acercamiento literario. En ‘Distintas de formas de mirar el agua’, Domingo, el patriarca de una familia que tuvo que abandonar en los años sesenta su pueblo natal (Ferreras, lugar real como el resto de los escenarios de la novela) desaparecido bajo las aguas del pantano, acaba de fallecer y su familia al completo (en las tres generaciones que van desde la esposa a los nietos, incluido la novia de uno de estos últimos) vuelve al pantano para esparcir sus cenizas y cumplir así su última voluntad. Este acto de despedida sirve para que a través de dieciséis monólogos sucesivos, se esboce la historia de la familia y para que cada miembro de ella rinda su particular homenaje al protagonista. Cierto es que los recuerdos que de él conservan, en el caso de los miembros más jóvenes como Virginia, es más bien escaso.

Queda así esbozado el retrato de un hombre que nunca acabó de superar el desarraigo que supuso abandonar para siempre la tierra donde nació y donde vivieron sus antepasados, y empezar una nueva vida en otro lugar muy distinto. Quedan claras, además, las pocas contemplaciones —por no hablar de sensibilidad— con que las autoridades políticas de la época trataron del problema. Ese desarraigo y ese dolor, tan intenso  que se llega a comparar con el de los judíos sefardíes y el de los supervivientes de los campos de concentración (pp. 27 y 28), constituyen el núcleo temático del relato, y en torno a él giran buena parte de las reflexiones de sus familiares. Casi todas se mueven entre la admiración y el respeto —su nieta Raquel lo compara incluso, de una forma un tanto hiperbólica, con Ulises (pp. 62, 63, 67…)—, aunque no todas muestren la misma comprensión hacia su actitud. Así, por ejemplo, es comprensible que Daniel, otro de sus nietos, ingeniero de caminos, canales y puertos —como el que diseñó el pantano que ahora cubre el pueblo (en la realidad, Juan Benet, al que Llamazares cita en los preliminares de la novela, no queda muy claro si a modo de homenaje o de velado reproche)— no comparta el punto de vista de su abuelo. Del mismo modo que es comprensible que su padre y su hermano detesten la profesión de Daniel.

Aunque no todos los testimonios tienen igual valor narrativo y literario, el autor ha optado por condensar el relato sin otorgar especial protagonismo a ninguno de estos personajes corales (aunque algunos, como Agustín, alberguen una mayor potencialidad). La historia, ciertamente, resulta amena y se lee con placer y sin esfuerzo. Pero tal vez—y ese es el principal reparo que puede señalarse— podría haberse construido una novela más densa sobre un cañamazo tan sugestivo. Porque el argumento, el tema y los personajes (al menos algunos de ellos)  son susceptibles de un desarrollo más complejo. Y lo mismo cabe decir del punto de vista elegido, el perspectivismo múltiple, que tantas posibilidades narrativas ofrece. Sin embargo, el novelista parece no haber querido arriesgar más, lo que, sin duda, hubiera dotado a ‘Distintas formas de mirar el agua’ de una altura literaria aún mayor.

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