Diego Luis Sanromán: “La escritura nos permite acercarnos a la violencia o la muerte y al tiempo mantenernos a salvo”

Diego Luis Sanromán.

Diego Luis Sanromán.

El próximo 11 de noviembre se presentará en La Central de Callao (Madrid) la novela “Kwass o el arte combinatoria” (palimpsesto 2.0 editorial, 2015), del escritor, investigador y traductor Diego Luis Sanromán. En el acto estará acompañado por Ana Gorría (poeta y crítica literaria, autora de esta entrevista) y Enrique García Ballesteros (librero de “Venir a cuento”, historiador y periodista).

Doctor y licenciado en filosofía y en ciencias políticas, Diego Luis Sanromán (Carabanchel, Madrid, 1970) ha publicado ensayos, traducciones y obras de ficción. Entre los primeros se encuentran La Nueva derecha. Cuarenta años de agitación metapolítica (CIS, 2008) o sus aportaciones al Diccionario crítico de ciencias sociales (Plaza y Valdés, 2009). Es miembro del grupo Artefakte y colaborador habitual de la editorial Pepitas de Calabaza, en la que recientemente ha publicado Contra los pastores, contra los rebaños (2013), una selección de artículos del anarquista francés Albert Libertad, que además ha traducido y prologado. Su obra narrativa incluye Convertiré a los niños en asesinos (Plaza y Valdés, 2013) y Extraño Oeste (Libros del Innombrable, 2015). Colabora o ha colaborado en revistas como Nómadas, Zodaxa, Excodra, Quimera o Détour. Desde el año 2006 mantiene el blog LaS SemejanzaS SalvajeS (aka AmputacioneS).

Por ANA GORRÍA

—Hasta hace poco eras un investigador en Ciencias Sociales además de un traductor de autores como Blanchot, Lewis Mumford, Albert Cossery, Francis Picabia o Gianfranco Sanguinetti. En el año 2013, publicas “Convertiré a los niños en asesinos”. ¿En qué momento llega el impulso personal de iniciarte en la escritura creativa? ¿Hasta qué punto consideras que tu faceta de traductor y ensayista puede estar presente en tu obra narrativa?

—Traductor, lo sigo siendo. De hecho, podría decirse que estoy empezando: creo que llevo poco más de media docena de años en el “negocio”. Y en cuanto a lo de investigador en Ciencias Sociales, si por tal entendemos ensayista, tampoco lo he dejado. Sigo escribiendo no-ficción para algunas publicaciones periódicas o participando en libros colectivos cuando alguien me lo solicita. Aunque seguro que en el futuro habrá proyectos de mayor envergadura.

Sería incapaz de fechar ese momento al que haces referencia. Tengo la impresión de que cualquier aficionado a manchar el papel con palabras responde siempre de la misma manera cuando se le pregunta por el cuándo. Mi caso no es distinto. Creo que leo y escribo –ficción, se entiende– desde que empecé a leer y escribir. Otra cosa es vencer el miedo, la timidez y la inseguridad, y atreverse a mostrar a los otros las cosas que uno escribe. Y sobre todo a ese Otro fantasmal que es el Lector…

No tengo clara esa presencia a la que aludes, no soy consciente de ella. Pero se me ocurre que el trato continuo con los libros, su “manipulación” para encontrar datos, para buscar soportes textuales, o para verterlos a otra lengua puede dar como resultado una narrativa más libresca, más “literaria”, que tenga como referentes sobre todo otros libros y no tanto la vida misma. Aunque he de decir que esta última distinción entre la “vida” y lo “literario” no es algo que me complazca demasiado.

—Tu primer libro de relatos, “Convertiré a los niños en asesinos”, se enfoca hacia el problema del mal en lo cotidiano, ya desde su título haciendo referencia a un asesino en serie  David Richard Berkowitz. ¿Qué buscas encontrar en esta búsqueda narrativa?

—Me interesa sobre todo lo que me asusta, me asquea o me repele. La escritura nos permite acercarnos a la violencia o la muerte –o el mal, como tú señalas– y al mismo tiempo mantenernos a salvo parapetados tras el teclado. Los niños asesinos se abría con un par de citas: una era de Robert Louis Stevenson; la otra, de un tal Óskar Ovseyenko, afirmaba que la literatura es ventriloquia. Tal como yo la interpreto, la frase tiene un doble sentido. Por un lado, hay que tomar lo de “ventriloquia” en sentido estricto, literal; es decir, que se trataría de hablar con el vientre, con las tripas. Pero por otro lado, hace referencia a ese emborronamiento de las identidades que se produce con el hecho narrativo mismo. No sé si me explico: la escritura sería como un teatrillo en el que no queda claro quién maneja los hilos, quién habla por boca de quién. ¿Es el autor el que habla a través de los personajes? ¿O es a la inversa? ¿O ninguna de las dos cosas?

El libro quería ser también un primer acercamiento a lo inquietante, a la presencia de lo inquietante en la vida cotidiana. Esa idea tan de Cortázar de incorporar lo fantástico a la narración de lo cotidiano en pequeñas dosis, de forma natural, sin forzar ni violentar la cotidianeidad. Aunque suene un poco pedante, creo que se trataba de una primera indagación sobre lo que Freud llamó das Unheimliche, una indagación que se radicaliza en cierta manera con Kwass.

—¿Tiene en consecuencia tu visión de la literatura una visión catártica o didáctica? ¿Por qué escribir?

Bueno, en todo caso está claro que no pretendo “enseñar” nada, a no ser que entendamos ese verbo en su acepción de “exhibirse”, de “mostrarse”. Supongo que toda escritura tiene algo de acto impúdico. Lo decía Artaud, ¿no? “Toda escritura es una cochinada”, y sobre todo y especialmente aquella que trata de ocultar sus vergüenzas.

Ese “por qué”, que en realidad es un “para qué”… ¿Sabes?, en mi vida diurna soy profesor de filosofía y estoy acostumbrado a que me hostiguen con la dichosa pregunta: ¿para qué la filosofía? ¿Para qué la literatura? Desde hace algunos años suelo defenderme lanzando otra pregunta al interrogador: ¿para qué sirve un orgasmo? ¿Para qué?

—¿Cuáles son tus referentes narrativos?

Hay muchos, claro está. Y la mayoría sin duda funcionan a nivel inconsciente, que es donde funcionan de forma más eficaz. Kwass, por ejemplo, está sembrada de citas y algunas de ellas pueden dar la clave.

Por mencionar a algunos autores, los que ahora me vienen a la cabeza son Burroughs, el Ballard de la Exhibición de atrocidades, Guyotat, la tradición surrealista –creo que a estas alturas ya se puede hablar de tradición–, la literatura pulp y ciertos subgéneros populares, incluido el porno. Haro Ibars, en nuestra literatura más o menos reciente. Sade, desde luego. Cineastas como Lynch, Buñuel, Hitchcock, Miike.

En cuanto al libro de cuentos al que haces referencia, algunas de las pocas personas que lo leyeron encontraron resonancias de Roland Topor o de Edgar Allan Poe. Y seguramente es así, y es algo que me halaga muchísimo, por supuesto. El Roald Dahl más perverso, el Bradbury de Memoria de crímenes o el Max Aub de Crímenes ejemplares –ese libro maravilloso– también deben de tener algo de culpa. Pero, ya digo, más que de modelos conscientes, se trata de gente a la que uno se encuentra agazapada entre las páginas –inevitablemente, habría que decir– una vez que la cosa ya está hecha.

Portada de "Kwass"-

Portada de “Kwass”-

—En “Kwass o el arte combinatoria”, tu último libro publicado, nos encontramos ante una obra excesiva, desbordante, en donde parece que la clave es el conflicto en apariencia entre la naturaleza y la ley a través de múltiples personajes que funcionan como si fuera una alegoría barroca. “Kwass” es una obra que desafía cualquier clasificación genérica, introduce muchos registros, muchas visiones: grabaciones policiales, informes psiquiátricos, teatros de títeres… ¿Cuál ha sido el concepto de juego en su producción?

¿Recuerdas aquello que decía cierto personaje de Boris Vian? ¿Y si las palabras realmente sirvieran para jugar? Dices bien: se trata de un juego, como en el caso de todo aquello que puede procurarnos algún placer en la vida. Se trata de un juego, sin duda, pero el aspecto lúdico no le resta ninguna seriedad al asunto. Bien al contrario.

La mezcla de géneros es algo que me interesa particularmente. Pero me temo que en esto no soy nada original. Diría que buena parte de lo que ahora se hace y que merece la pena en literatura va por esos derroteros. Te diría, si acaso, que no solo me interesa el cross-genre en cuanto amalgama de géneros narrativos –que también–, sino incluso como combinación de géneros literarios sin más. Incorporar a la narrativa la intensidad de la poesía o la reflexión metaliteraria sobre –por ejemplo– el sentido de la escritura, o sobre qué es la literatura, sobre la posibilidad o no de seguir escribiendo novelas o cuentos como se hacía en el siglo XIX, en la época dorada de la novela burguesa, algo que es más bien propio del ensayo, sería el ideal. Kwass pretende ir en esta línea, pero no sé hasta qué punto lo logra.

—La obra se divide en tres secciones que van precedidas por Descartes, por Locke y por Apollinaire. ¿Por qué esas divisiones? ¿Cabría entender que existe una forma de progreso en el libro?

—Nada, ningún progreso. ¿Quién puede creer en el progreso a estas alturas de la comedia? La división del libro en tres partes más o menos iguales es poco más que una burla, un intento –condenado al fracaso desde el principio– de imponer un orden arbitrario al caos narrativo. Integradas en este contexto las tres citas funcionan como détournements a la manera de los situacionistas –salvadas sean las distancias, que ningún guardián de las esencias se me enfade–, y todas ellas apuntan a la precariedad misma del texto. Colocadas ahí tienen algo de paradójico: se niegan a sí mismas y aparentemente niegan el valor de todo lo que viene detrás. No sé, me hacían gracia. Son como tres chistes literarios cuyo sentido aún no he acabado de desentrañar. Espero que alguien me los explique.

—La obra además introduce el concepto de interferencia, a través de múltiples lenguajes. ¿Qué sentido tiene?

—Hay mucho de intuitivo y bastante de escritura automática o semiautomática –como las pistolas– en el libro. De ahí la alusión a la tradición surrealista a la que hacía referencia más arriba. Me parecía que tenía que ser así, ya está. Por eso tengo la sensación de que todo lo que te estoy contando ahora son menas racionalizaciones a posteriori que no hay por qué tomarse en modo alguno como el desvelamiento de ningún enigma, sea este el que sea. Antes hablábamos de la mezcla de géneros, de la polifonía vocal… Algo que me interesa mucho también es la confusión, la proliferación y multiplicación de los sentidos. Se me ocurre ahora que en Kwass, como en cierta música contemporánea, los silencios son tanto o más importantes que las palabras. Esos huecos en la narración serían algo así como “agujeros blancos” en los que los lectores podrían perderse y proyectar sus propios fantasmas.

—En Kwass, todos los capítulos son comentados por un narrador que en ocasiones apunta sentencias, aforismos que se distancian de lo que se representa en los registros. También con frecuencia hay interferencias, que interrumpen la linealidad de la trama, si es que la hay.

—¿Tramas? Hay no una, sino múltiples, y supongo que habrá que descubrirlas con cada lectura. Ahora bien, son tramas deshilachadas, elaboradas con retales y materiales de desecho, llenas de desgarrones y agujeros. Te decía antes que lo de las interferencias y el uso de citas tiene mucho de intuitivo, pero he de confesar que mientras escribía me imaginaba estas últimas como si fueran cortes publicitarios, o bien como las referencias textuales y los carteles autorreferenciales que aparecen en las películas de Godard –por ejemplo–, sobre todo las de la década de los sesenta, que son las que a mí me parecen más interesantes. En su caso creo que tenía que ver con esa cosa tan brechtiana de tratar de anular la identificación del espectador con los personajes que este ve en la pantalla. Advertencias del estilo: “Cuidado, detente, reflexiona. Esto es solo una película”. Pero ¿qué es una película? He ahí la cuestión.

—En la novela se presentan situaciones extremas, así como aparece un Comisario y un asesino y, en ocasiones, parece que es un tributo a Sade en el siglo XXI donde el conflicto entre la naturaleza (encarnada por la sexualidad) y la ley ocupan buena parte de las situaciones de la novela desafiando la normatividad sexual a través de personajes como Faón, el andrógino, Tom, Anne, Lady Blanche, Marcela, el Dr. Huet entre otros… Recuerdo la lectura que hace Klossowsky de Sade en “Sade mi prójimo”, “al rebelaros contra la iniquidad habéis replicado contra la iniquidad…” ¿Por qué centrar buena parte de la narración en episodios sexuales extremos?

—¿Episodios sexuales… extremos? No entiendo a qué te refieres (risas). En el libro se incluye una cita de Richard Kern que dice: “Yo tomo lo que me interesa de las películas y lo pongo en un formato más corto para no aburrirme. Lo que le interesa al público americano es el sexo, la violencia y el lado sórdido de la vida”. Vamos, que se trata de razones puramente comerciales… (risas) El sexo es un magnífico reclamo…

No, hablando en serio –o al menos hablando un poco más en serio–, supongo que en principio el recurso al sexo extremo tiene mucho del simple placer infantil de hacer o decir guarradas –otra vez el juego–, pero también tiene algo de ejercicio de estilo o de experimento literario: ver hasta dónde se puede llegar en la representación de los actos sexuales, ver hasta qué punto se puede hacer que las palabras rezumen flujos vaginales, sangre, semen. Como en Sade.

Sade, desde luego, es un referente de primer orden. Lo leí muy temprano, y es de esas heridas que no cicatrizan jamás. Sade me parece un autor fascinante en todos los sentidos. No entiendo cómo nadie puede decir que es un escritor aburrido. Para mí es, entre otras cosas, un humorista desternillante. Pero el humor y el horror están tan cerca, incluso riman… Esa pulsión taxonómica que hay en Sade también es algo que me fascina: Los 120 días de Sodoma es el apéndice que le faltaba a la Enciclopedia, aquel que contiene la clasificación completa de las perversiones humanas.

—La novela tiene un personaje coral en donde autor y narrador tienen diversas apariciones a lo largo del texto. ¿Por qué no focalizar en un único sujeto la narración?

El “autor”, el “narrador”, no son sino otras voces más dentro de ese desbarajuste polifónico del que hablábamos antes. Decíamos que no hay progreso… Tampoco hay un centro que funcione como donador único o último de sentido. Dios ya no vigila desde las alturas.

—Con frecuencia, se interrumpe la narración con la introducción de otros lenguajes: inglés, francés, italiano, alemán. ¿Por qué la interferencia?

En cuanto al tema de la interferencia, no me veo capaz de añadir nada más a lo que ya te he comentado. Por lo que se refiere al uso de otras lenguas… Kwass es en cierto sentido una obra “autobiográfica”, una suerte de diario de lecturas. Si aparecen citas en otras lenguas, sencillamente es porque el texto en cuestión lo estaba leyendo en esa otra lengua.

—¿Qué espera el autor de “Kwass” de su lector? ¿Cuál es el estado ideal en que un lector ha de terminar tu novela? ¿Hay que acabarla?

No espero nada en particular, que haga con ella lo que quiera. Aunque no estaría nada mal que terminara diciendo: “¿Qué coño es este engendro? No he entendido un carajo, pero me gusta”. ¿Que si hay que acabarla? No sé cómo interpretar esta pregunta. ¿Te refieres a que no has sido capaz de llegar hasta el final? (risas).

—¿En qué proyectos te encuentras implicado en la actualidad?

Bueno, está a punto de llegar a las librerías un libro colectivo de relatos del Oeste. Participamos ocho autores, el resultado es potentísimo. Raro también, muy weird y muy punk. Aunque, en este caso, creo el menos extraño de los relatos es precisamente el que yo aporto. El libro se titula Extraño Oeste… En noviembre, si se cumple el calendario previsto, saldrá otro volumen colectivo en el que también participo, este de crítica cinematográfica, dedicado a una mítica serie de televisión que regresa en 2016, veinticinco años después de su primera emisión.

Por otro lado, acabo de ponerle el punto final a varias traducciones, que irán saliendo en los próximos meses. Estoy preparando además la edición de Quelques messages personnels, del actor y cineasta Pierre Clémenti. La traducción ya está concluida, falta añadirle un buen prólogo y el libro estará listo para servir. Por último, estoy tratando de rematar un nuevo libro de relatos, que, si todo va bien, se publicará a comienzos del año próximo. Creo que eso es todo.

  • Presentación: “Kwass o el arte combinatoria”, de Diego Luis Sanromán
  • Fecha: 11 noviembre, a las 19:30 horas.
  • Lugar: La Central de Callao, Postigo de San Martín, 8. Madrid.

 

Deja un comentario y fírmalo con tu nombre o no saldrá

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: