Elena Diego: “Busqué a la Bella Durmiente en el Palacio de Gaudí”

Elena Diego, en Astorga. © Fotografía: astorgaredaccion.com

Elena Diego, en Astorga. © Fotografía: astorgaredaccion.com

El profesor y poeta astorgano entrevista a Elena Diego la hija mayor del poeta Gerardo Diego, quien recuerda el tiempo que pasó con su padre en Astorga durante el verano de 1943. La capital maragata rinde estos días homenaje al poeta de la Generación del 27, y Javier Huerta dedica un libro a su relación con la denominada Escuela de Astorga (formada por los escritores Luis Alonso Luengo, Juan Panero, Ricardo Gullón y Leopoldo Panero).

Por ELOY RUBIO CARRO
astorgaredaccion.com

Elena Diego es la mayor de los seis hijos que tuvo el poeta de la Generación del 27 Gerardo Diego. Junto con su otra hermana Isabel es la legataria del poeta y junto con la poeta Pureza Canelo, artífice y alma de la nueva etapa de la Fundación Gerardo Diego desde el año 1999.

Ha venido a Astorga a recordar y a recibir el homenaje por partida triple que la ciudad ha tributado a su padre Gerardo Diego con el descubrimiento de una placa conmemorativa en la casa de Rodríguez de Cela en la que se hospedaron en el verano de 1943, con la apertura de la sala que se le dedica en la casa Panero y la presentación del libro ‘Gerardo Diego y la escuela de Astorga’ obra de Javier Huerta.

—Astorga recibió de su familia la atención en el verano de 1942, ahora le devuelve el cumplido con la dedicatoria de una placa conmemorativa de aquella estancia. ¿No cree que ya iba siendo hora?

—Esto tal vez pudiera verse desde dos ángulos distintos. Si una  familia es acogida en un lugar, no es el lugar de acogida el que está en deuda sino la familia que agradece esa acogida. Entonces, visto desde ese ángulo creo que toda la gratitud es nuestra hacia Astorga.

—Pero también su estancia fue un pequeño revulsivo, dejando mucha riqueza, interpretan piezas al piano, imparten conferencias, participan en la vida ciudadana, por eso hay que agradecer. Y lo que generó después… Luis Alonso Luengo cuenta en su escrito ‘Los noventa años de Gerardo Diego y Astorga’, que cuando fue a felicitar a su padre por su cumpleaños le preguntó por aquel poema que a sugerencia de su hija Elena tenía que haber escrito, pero que no llegó a hacerlo, el del entierro de la hormiga en el balcón del hotel Moderno (…), “pues Elenita me contó que vio una fila de hormigas que llevaban en volandas a una de ellas, como en un entierro y ella le dijo si no sería eso una cosa tan bella que mereciera también un poema”. ¿Qué imagen tenía con esos siete años de su padre?

—En aquellos días de mi primera estancia en Astorga tuve la oportunidad de convivir con un padre para mí casi desconocido, era un padre niñera, un padre que se ocupaba de mí las 24 horas del día, cosa que yo nunca había vivido. Yo tenía siete años recién cumplidos y acababa de nacer mi quinto hermano, una familia numerosa y papá tenía que repartirse entre todos y esa atención y esa exclusividad de la que yo disfruté durante unos días era para mí algo absolutamente nuevo y algo que me marcó y que no se me ha olvidado nunca.

Si me hubieran preguntado entonces qué es un poeta yo no hubiera sabido que contestar, porque realmente los niños teníamos nuestra vida de niños totalmente al margen, una vida feliz de niños que vivían entre niños y los mayores tenían su vida al lado y no había ninguna interferencia. Por lo tanto el pedirle a mi padre que escribiera un poema es algo que el cariño de Luis y su profunda afectividad hacia mí le hizo imaginar en aquello.

Lo del entierro de la hormiga sí que lo recuerdo. Sentados los dos en el balcón del Hotel Moderno viendo una fila de hormigas y fue mi padre el que me dijo, mira el entierro de una hormiga, vamos a asistir al entierro de una hormiga.

Elena Diego en Astorga. © Fotografía: Eloy Rubio Carro.

Elena Diego en Astorga. © Fotografía: Eloy Rubio Carro.

—¿Es cierto que éste es uno de sus primeros recuerdos vitales?

—Pues por eso que decía hace unos instantes, de que para mí era algo absolutamente nuevo el estar yo sola con mi padre en todo momento. Aunque también pienso que para mi padre debió de ser una experiencia cuanto menos curiosa, más tarde he encontrado una carta a un amigo santanderino, a Fernando Collantes, en la que le decía: “después de unos días de luna de miel aquí, Elenita y yo solos… es tremendo, porque no me puedo separar de ella ni cinco minutos, en cuanto hago el más mínimo ademán pone el grito en el cielo”, y claro el pobre nunca se había visto en una semejante.

—Europa estaba inmersa en la Guerra Mundial y al verano siguiente no pueden viajar como solían a Francia. En 1943 El Pensamiento Astorgano relata que Gerardo Diego impartió una conferencia-concierto en el Casino y otra más sobre la Generación del 27 a petición de los estudiantes redentoristas, que eran más de 200. Luego están esos poemas de ‘Jardín de Astorga’ en donde se muestra compartiendo con los astorganos los espacios de la plaza, del martes de mercado, del jardín: “Érase que se era, / érase que se fue…”. Ese paraíso que indefectiblemente se pierde. Parece como si muy pronto se hubieran integrado en la pequeña vida provinciana de Astorga…

—Yo pienso que así debió de ser, realmente los niños en ese segundo año estábamos ya todos, los cinco. Mi hermano Julián, el pequeño, dio sus primeros pasos en el jardín de la casa de Don Rodrigo y los mayores sí fueron acogidos con esa generosidad por sus amigos de Astorga, que no tuvieron ninguna dificultad en integrarse en la ciudad y en una sociedad que se les abría. La integración en la vida de Astorga llegaba hasta tal punto que mi hermano Luis, que era un amante de las aceitunas, recibía de mi madre una perrona, aquellas perronas de cobre, para que cuando estuviera en el jardín pudiera comprarlas en un quiosco que allí había. Y como a él le pareciera que aquello no le llegaba y que las aceitunas eran pocas se hizo amigo de un señor mayor que leía el periódico en uno de los bancos y al que Luis, un pequeñajo de dos años y medio, le debía de hacer mucha gracia y le pedía otra perrona para comprar más aceitunas y el señor se la daba. Cuando se enteró mamá le entró un bochorno horroroso de pensar lo que hacía el niño.

Esa integración estuvo ahí por parte de los niños dentro de su mundo y por parte de los mayores también dentro del suyo.

Las manos de Elena Diego. © Fotografía: Eloy Rubio Carro.

Las manos de Elena Diego. © Fotografía: Eloy Rubio Carro.

—La invención de la Escuela de Astorga se produce cuando Gerardo Diego publica una ‘Tercera’ de ABC con el título de ‘Escuela de Astorga’, al que le siguen sendos artículos sobre Juan Panero y Leopoldo Panero. Este es al parecer también el origen del libro ‘Gerardo Diego y la Escuela de Astorga’ que Javier Huerta Calvo da a la luz ahora. ¿Qué valor tiene este libro para usted y para un lector que quisiera informarse de la relación establecida entre los escritores astorganos y su familia?

—Para mí personalmente es un libro importante porque recoge unas emociones infantiles muy hondas, y recoge después unos recuerdos muy vivos también de una vida madrileña posterior en la que la figura de Leopoldo Panero estaba ahí al lado de la de mi padre, con Luis Felipe Vivanco, con Luis Alonso Luengo. A Luis es al que más cercano he tenido siempre… A Ricardo Gullón, aunque siempre oí hablar mucho de él, no lo conocí personalmente. Ya solo por eso emocionalmente es un libro para mí importante. Pero además, desde el punto de vista literario es un libro con mucho valor, porque una persona nunca es un ser solitario y aislado; yo soy yo y mi circunstancia, la circunstancia influye tanto en la persona y en la obra, en el quehacer de cada uno de nosotros. Y en ese mundo literario es muy importante ver ese tejido, esa maraña de hilos vitales, de intercambios culturales y de proximidad intelectual, artística, afectiva. Todo eso creo que se refleja muy bien en el libro. Y tiene luego otra parte, a mí juicio, más valiosa si cabe y es ese trabajo previo, espléndido de Javier Huerta, ese trabajo de recopilar todo, de unirlo y de publicarlo para que quede ahí… El peligro de que esos pájaros sueltos echen a volar y desaparezcan es muy grande, así se le conjura, están ya en esa jaula.

Elena Diego observa la placa dedicada a su padre. © Fotografía: Eloy Rubio Carro.

Elena Diego observa la placa dedicada a su padre. © Fotografía: Eloy Rubio Carro.

—Hay otra anécdota curiosa que no me resisto a pedir que comente. Se trata de la visita al Palacio de Gaudí que realizaron en compañía de Luis Alonso Luengo. Usted era una niña muy pequeña  y el propio Alonso Luegno comenta: “Un día, por las salas y pasadizos de aquel cuento de hadas (…) Elenita, la hija de Gerardo, se nos perdió. Germaine, su madre, que venía con nosotros, la buscaba llamándola. Por fin apareció. —¿Dónde estabas Elenita? Y la niña con los ojos muy abiertos y asustados. —Buscando la habitación de Blancanieves. Y poniendo la cara muy triste. —Pero no la he encontrado, ¿dónde está?”. ¿Qué hubo de ese sueño infantil de Astorga a lo largo de su vida?

—Esta anécdota la desconocía hasta haber leído este relato de Luis. Yo era muy chica, tenía siete años. Supongo que no sería la habitación de Blancanieves, porque Blancanieves la descubrí un poquito después; debía de ser la de la Bella Durmiente, que era una de mis compañeras de imaginación desde siempre. Contaba mi abuela que cuando yo era muy chiquituca, para llevarme a la cama la única manera era que yo fuera la princesa y ella el príncipe y así podía acostarme. Entonces la Bella Durmiente era la que yo buscaba.

Me ha recordado además otra anécdota muy bonita. Yo he vivido intensamente mis libros de cuentos en mis fantasías de niña y cuando mi hijo Juan se casó en París, celebrando la boda en un castillo en el que había estado Charles Perrault —el autor de la Bella Durmiente, de Barba Azul, de esos cuentos en los que yo estuve completamente metida— en cuya planta baja habían habilitado una sala con la Bella Durmiente dormida. Habían ido a la boda mis nietas mayores, niñas todavía, así que les dije susurrando (del mismo modo lo cuenta ahora susurrando) vamos a ver a la Bella Durmiente que está aquí abajo dormida en este castillo. Y bajamos las cuatro muy silenciosamente a ver a la Bella Durmiente. Aquello estaba muy bien reconstruido en cera, que tal parecía una persona real. Y una de las niñas desde la puerta, toda atemorizada me dijo, ¡mami, es de verdad! Eso era lo que me ocurría a mí de niña, y además los dibujos de los cuentos tenían mucho parecido con el Palacio de Gaudí, por lo que no es extraño que buscara la habitación de la durmiente.

Yo creo que la infancia nunca se pierde y la mía fue muy feliz a pesar de la dificultad de aquellos años terribles, mis padres consiguieron mantenernos al margen de todo aquello y la verdad es que tuvimos la infancia más feliz que uno puede soñar. Esa infancia que nunca se pierde siempre está ahí latente, ahora estoy en Astorga y revivo todo aquello, voy a los sitios y constantemente estoy hablando de mis padres y recordando cosas… Pienso que el pasado revive con más fuerza a medida que uno avanza en edad.

Noticia relacionada:

El poeta Gerardo Diego con su mujer y sus seis hijos.

El poeta Gerardo Diego con su mujer, Germaine Marin, y sus seis hijos.

Deja un comentario y fírmalo con tu nombre o no saldrá

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.

A %d blogueros les gusta esto: