“Llenar espacios para poblar la soledad”. Aproximación a la obra de José Guillou

El artista José Guillou.

El artista José Guillou.

LLENAR ESPACIOS PARA POBLAR LA SOLEDAD
Aproximación a la obra de José Guillou

La exposición “José Guillou 1937-2010”, que se puede ver estos días en el Centro Leonés de Arte, ofrece un panorama esquemático y fundamental del artista francés que se vio cautivado, a través de su mujer Emérita, por el panorama cultural leonés. Guillou, que nació en Concarneau (Francia) en 1937, falleció en León el 7 de junio del año 2010.

Por ALDO SANZ

Concarneau, París, León. Los aprendizajes.

José  Guillou, hijo de José Guillou, nieto de Guillaume Guillou, biznieto de José Guillou, tataranieto de José Guillou y así hasta 1772 en su árbol genealógico, nació en Concarneau, distrito de Quimper, departamento de Finisterre, Francia, el año 1937, tres años antes de la ocupación alemana (1940) y año en el que se inaugura en Múnich la exposición “Arte degenerado” por el Departamento de Propaganda nazi. Estilos como el Expresionismo, el Cubismo, el Surrealismo y el Fauvismo fueron objeto de burla y humillación ante la mirada, la mente y la sensibilidad del pueblo alemán y austríaco. Así mismo, la Guerra Civil española había comenzado y Pablo Picasso exponía su Guernica en el Pabellón Español de la Exposición Internacional de París.

Los padres del pintor, José y Euphrasie, regentaban un café-bar en el Quai Carnot donde, lógicamente, ofrecían a los marineros que venían de faenar de la mar el popular cotriade bretón, guiso a base de patatas y pescado, embutidos y sidra. Más tarde ampliarían el negocio añadiendo al café-bar un pequeño hotel, aprovechando unas instalaciones aledañas. Con el tiempo sólo perdurará el Hotel Modern. Pero esta actividad a José Guillou no le interesaba lo más mínimo, hasta el punto que entró en una especie de depresión de la que solamente logra salir con la práctica de la pintura. Si bien es verdad que el ambiente familiar no era propicio para ello, no había ninguna tradición artística ni literaria en la familia, sí lo era el ambiente histórico, esa atmósfera inasible pero siempre perceptible que se extendía y se extiende por toda la Bretaña francesa desde que Henry Bacon, un joven pintor naturalista estadounidense descubrió las bondades de Pont-Aven en la segunda mitad del siglo XIX, coincidiendo también con la llegada del ferrocarril a la zona, hecho de vital importancia para la activación del comercio y el turismo.

A Henry Bacon le siguieron otros pintores: Carles Camino, Frederick Arthur Bridgman, Lovis Nicolas Cabat, Jean-Leon Gerome, que enseñó en la Escuela de Bellas Artes de París y sobre todo animó a sus alumnos a pasar los veranos en Pont- Aven, Armand Jobbe Dural, quien definió el lugar acertadamente como un pequeño agujero barato, (“C´est un petit trou pas cher.”). Uno de los pintores más importantes en llegar a la zona fue Paul Gauguin que atravesaba entonces por dificultades financieras y se asentó en la popular posada Gloanec.

De esta forma nació el ambiente artístico y, poco tiempo después, turístico de Pont-Aven y las localidades cercanas, entre ellas Concarneau. Es de suponer que esto, unido a la necesidad de abandonar el trabajo hostelero y al carácter un tanto introvertido del joven José, fueron elementos determinantes que le impulsaron a indagar en el práctica de la pintura. Según recuerda Emérita León, su mujer, José pintaba convulsivamente durante todo el tiempo de que disponía. Lo hacía en una larga y clara galería del establecimiento de sus padres y, allí, se mantuvieron expuestos cuadros suyos durante más de cincuenta años. Aunque asistió a algunas clases en la Ecole Beaux Arts de Quimper, otros en la Escuela Superior de Arte y Tecnología y algunos meses en la Academia Julian de París, se puede decir que Guillou es un artista autodidacta. Durante los años 1962, 63 y 64 pinta en Concarneau todo lo cotidiano que observa a su alrededor. Un año después expone 150 telas  en la galería Ror-Volmar, en la calle Bourgogne, de París. La Ror-Volmar es una de las más importantes galerías del momento en lo que se refiere a arte figurativo contemporáneo. Muestra de ello es que en 1961 la polaca Tamara de Lempicka expuso una muestra de su extraordinario trabajo.

Obra de José Guillou.

Obra de José Guillou.

Guillou elige tres temas fundamentales para estructurar lo que se puede denominar una “primera época”: bodegones, marinas y paisajes. Si bien son temas que entran de lleno en el clasicismo académico, motivos con los que la inmensa mayoría de pintores arrancaban su producción, las primeras telas que Guillou expone no están exentas de una originalidad llamativa. Para empezar, es sorprendente, como apunta Luis García Martínez, comisario de esta muestra, que prácticamente la totalidad de las obras están ejecutadas con espátula, técnica no habitual, por su dificultad, en pintores primerizos. Los de Guillou son golpes vigorosos y de arrastre corto. Dan la sensación de que la obra ya está pensada con anterioridad. Esta sensación de “cuadro pensado con antelación” permanecerá durante toda su obra. Pero no nos engañemos. No busca la fijación de un paisaje, una flor, de tal o cual manera. Lo que busca desde un principio es el instrumento que le ayude a encontrarse a sí mismo, un rito mistérico que, como en un espejo, pueda verse reflejado.

La pintura es la travesía hacia uno mismo. Desde un principio el sentimiento tortuoso y antiguo de la Bretaña cae sinuosamente sobre él. Según nos cuenta un artículo sin firma de Le Telegrame, 28 de abril de 1964, en el que se anuncia su exposición en Ror-Volmar: “Cierto sentimiento tormentoso hace que temamos amar nuestra  Bretaña, que queda (en la obra de Guillou) a la vez viva, acogedora, majestuosa, pero también feroz, agitada y repleta de leyendas misteriosas”. Guillou no cayó nunca en un tradicionalismo académico si exceptuamos la poca importancia que tiene la elección de temas comparándolo con lo verdaderamente importante que es la Pintura y su ejecución. Recuerdo una anécdota que alguien me contó hace tiempo sobre Matisse. Un buen día un amigo suyo, entre quejoso y desanimado, le dijo: “La pintura se muere. Ya no quedan temas para pintar”. Matisse, desenfadado, le respondió: “Da igual. Yo con un par de nalgas tengo suficiente”. Lo mismo ocurre con Guillou.

Color, trazo, gesto, pasiones canalizadas a través de la espátula o el pincel. Esparce a veces la pintura a boca-tubo y, como los expresionistas, opta por la inmediatez del trazo. Las notas de prensa de la época recogen varias constantes que le acompañarán durante toda su vida de pintor: el gusto por los paisajes tormentosos, la fogosidad del grafismo, la manera expresionista. En la galería Ror-Volmar expuso en dos ocasiones, 1965 y 1967, pero también en el Salon des Independants (París), en Pont-Aven, Turín, Lyon, Biarritz, Niza, Bayonne. Seleccionado en 1967 para la  Biennale Itinerante du continent-Americaine, siendo vistos sus cuadros en New-York, Montreal, México y Bogotá. Este mismo año conoce a Emérita León, que a la sazón impartía clases en una Colonia de verano para emigrantes españoles en Pont-Aven, con resultado de boda al año siguiente en la Catedral de León. Lo que encuentra Guillou, cuando llega, es una España que comienza a mantener relaciones comerciales  con los mercados internacionales del arte y un desarrollo urbanístico e industrial que propicia un cambio de fisonomía en las grandes ciudades, lo que da lugar a una nueva visión de lo cotidiano. En León, ciudad periférica donde las haya, se celebran todavía  los Certámenes de Exaltación de los Valores Leoneses. Aquí los artistas locales encuentran un medio para darse a conocer y divulgar su trabajo artístico. Frecuentes en estos Certámenes son los nombres de García Zurdo, Llamas Gil, José Carralero y Manuel Jular los cuales, en la época, comienzan con el abstracto o con la Nueva Figuración. Esteban Tranche, pintor con el que mantiene cierta relación a través de Amigos del País ya está trabajando la figuración onírica y García Zurdo, con el que se le puede encontrar más de una coincidencia, viaja a Alemania atraído, sobre todo, por el expresionismo.

Guillou, por este tiempo, va sustituyendo la espátula por los pinceles, dejando atrás los bodegones de fondo indeterminado, los paisajes con gran proporción de cielo y va poblando las telas con elementos figurativos, algunos de ellos constantes y casi obsesivos a partir de ahora. Resulta significativo, teniendo en cuenta que trabaja desde una capa muy íntima de su personalidad, el hecho de la acumulación de objetos y personajes, aparentemente dispares e inconexos. Este hecho acumulativo es la diferencia más visible que se observa al comparar una “época primera”, más primaria y hasta decorativa, con una segunda, esta vez de madurez. No es que haya dos Guillou,  ni tres, ni cuatro. Su obra es una sucesión lógica en coherencia con su forma de ser y su constante anímico: reservado y parco en palabras cuando se trata de hablar de su pintura, es su gusto pintar en soledad. Esto relata Emérita León, su compañera no sólo de la vida cotidiana, sino elemento pictórico constante, a veces en retratos específicos y, otras veces, escondida en alguna esquina de un paisaje urbano: el amor, el testigo de las fortunas y desgracias de la vida.

Leonardo da Vinci se responde a la pregunta ¿qué es el contorno? diciendo: “Contorno es lo que no es ni carne ni espacio”. Los contornos de Guillou son gruesos trazos de pintura que dan fuerza al espacio y una manera muy sibilina de esconder, sin esconder, la totalidad de lo pintado. Al primer golpe de mirada es posible que sólo observemos unos trazos negros sin ver que hay algo más. Es necesario pasar la vista varias veces como un mosquito zumbón para ver lo que ha intentado ocultar. Es el juego que nos propone Guillou. Al rato vemos pájaros semiocultos, rostros que nos observan y que no habíamos percibido antes. Yo creo que es la moneda que paga para olvidarse de los cielos tormentosos de Bretaña. Su relato se hace más festivo, más alegre y, a veces,  alcanza una luminosidad chagaliana.

En 1971, con motivo de una exposición en la Galería Puntal, de Santander, definía su pintura como “a medio camino entre lo figurativo y lo abstracto”. La verdad es que, formalmente, poco podemos encontrar de abstracto en la obra de Guillou. Su pintura se deriva desde la construcción de un orden clásico expresionista a un simbolismo de resortes cerrados, casi herméticos en la presentación de la obra. Durante los primeros años setenta viaja y expone en el Sur de Francia. En Alemania participa en el 2º Salón Internacional de la Semana Hípica de Baden-Baden, que tuvo lugar en los Salones del Brerner’s Park Hotel, en agosto de 1973, presentando un “Paisaje español”.

Durante las largas estancias en las que Guillou permanece en León el panorama artístico que puede ver es bastante positivo en cuanto a la voluntad de renovación de los planteamientos plásticos. El arte abstracto comenzaba a declinar y se abre paso la Nueva Figuración con nombres tan destacados como los de Miguel Ángel González Febrero, cercano a las corrientes Pop, por algún tiempo, y derivando más tarde en un  expresionismo colorista. Esteban Tranche, profesor durante un breve tiempo de José Guillou en las aulas de Amigos del País, ofrece en los primeros setenta dos exposiciones, una en la Obra Cultural de la Caja de Ahorros (León, 1970) y otra en la Sala Provincia, en el año 1973. Un año antes, Manuel Jular expone en la Sala Provincia obras en las que se va desprendiendo de la abstracción para pasar a una “vaga figuración”, según sus propias palabras. Es muy probable que sea la obra de Luis García Zurdo la que más se corresponda con la pintura de Guillou, si no en lo que se refiere a temas, sí en la forma de representar sus figuraciones, contorneando los personajes, con grandes trazos oscuros. Hay que tener en cuenta el ascendente magistral que el francés Georges Rouault ejerció en ambos. Éste y Zurdo, aparte de pintores, oficiaron de vitralistas lo cual explicaría las gruesas manchas de oscuros que delimitan las figuras, aspecto éste que también recoge Guillou.

El caballo, la màscara y el pez.

Desde principios del siglo XX, la pintura ha ido sedimentándose y arraigando en una verdadera fragmentación que hoy se ve normalizada y hasta, se podría pensar, que obligatoria en el ámbito de artistas que deambulan conscientemente en territorios vanguardistas. Los acontecimientos políticos y sociales, incluidos los episodios bélicos y de violencia cotidiana en general, no son ajenos a la  desmembración del objeto tanto artístico como literario. La obra que antes aparecía de forma cerrada y circular se va deshilachando, deshumanizando al decir de Ortega, y su centro ya no es nítidamente apreciable por la sencilla razón de que ya no existe un centro único y en la obra conviven varios puntos de interés al mismo tiempo y en el mismo espacio. El ejemplo más recurrido es  el de Las señoritas d´Avignon (1907), de Picasso, en el que concurren la estética de Gauguin,  la primitivista y la cubista. Curiosamente hay restos o utilización de estos tres intereses en la obra de Guillou, sobre todo a partir de los años 70, años en los que comienza a desarrollar una extraña e interesante relación con su propia obra consistente, resumiéndolo mucho, en la acumulación de personajes y  objetos en sus telas, a veces de manera onírica, a veces impresionista, y tendentes siempre a una sublimación simbólica, fruto de la repetición constante de algunos elementos: caballo, máscara, sol, pájaro. En la repetición está el infierno, dejó escrito Stephen King. ¿De qué infierno habla Guillou? Es posible que hable del terrible miedo que genera toda creación artística y estética. Alejado de preocupaciones sociales (a Guillou el tema del tiempo inmediato no le interesa demasiado), y sabiendo que la adormilada y almibarada burguesía sólo depara para su obra dardos de olvido aliñados con una pizca de desprecio, la única salida que encuentra es la del trabajo desenfrenado, el cual le enfrenta con un compañero de viaje muy especial: su mundo, al que excava poco a poco y constantemente.

Obra de José Guillou.

Obra de José Guillou.

En 1969 firma una tela que titula “Nueva Generación”. El potente cuerpo de una mujer sentada sobre sí misma se entretiene removiendo los colores que parece contener una vasija. Sobre la vasija vemos un simbólico sol o, en todo caso, una luminaria arquitectónica. No hay distorsión en las formas de la mujer. La mano izquierda reposa sobre su muslo derecho lo que transmite la tranquilidad absoluta del  que está ajeno a todo lo que le rodea. En la parte superior derecha aparece una máscara de aspecto primitivo o picassiano. Es la máscara que va a observar y vigilar todo lo que ocurre en el cuadro y también la que observa al espectador al que obliga a realizar un ejercicio de voyerismo recíproco  muy interesante y muchas veces algo perturbador. Esta obra, aparentemente ingenua y descolgada del tono general del trabajo de Guillou, muestra un primer esbozo  de lo que va a ser el relato pictórico de su obra a un nivel simbólico y psicológico. La presencia de la máscara, a veces como tal máscara y otras veces convertida en retrato fácilmente identificable, cobra una importancia primordial en el maremagnum simbólico del artista. En 1972, un año después de su exposición en la Sala Puntal, de Santander, obtiene el certificado de escolaridad correspondiente a “Arte Comercial, Ilustración y Creación Gráfica”, curso que realiza por correspondencia y que, de alguna manera, va a dejar  huella en la composición de sus cuadros y le va a  ayudar a esquematizar el plano pictórico y los elementos que va añadiendo en sus telas.

En el imaginario colectivo de un artista occidental, sea cual sea su disciplina, está instalada desde los primeros años del siglo XX la sensación y la certeza de que el arte no rota alrededor de un mundo único y exclusivo. La obra ha dejado de ser un ente cerrado y rígido y ni la pintura ni la literatura están interesadas en fotografiar o imitar sucesos o cosas sino que tienden a crear en la realización de su trabajo mundos paralelos, sucesos que acontecen en lugares poco habitados hasta entonces por los artistas. A principio de siglo la aparición del psicoanálisis fue determinante para el desarrollo de las artes plásticas y literarias, compartiendo campos de interés como los sueños, los mundos imaginados, y las imposibles conexiones entre ellos, hasta entonces prácticamente intocadas e impensadas. Cualquier lugar o mundo es un fragmento de otro lugar y otro mundo que es, así mismo, otro lugar y otro mundo; así hasta el infinito. Es decir que, al mismo tiempo que se finiquitaba el realismo naturalista comenzaba en una fracción de tiempo mínima la dislocación de todos los órdenes propuestos por el academicismo del buen gusto y la efervescencia con el que fue sustituido culminó en obras tan espectaculares que todavía hoy, cien años después, nos producen sensaciones muy cercanas a la sublimación mística. Nació el cubismo, el expresionismo y muchos “ismos” más. En ese tiempo de los albores del gran siglo fue escrito Ulises, de J. Joyce. T. S. Eliot produjo La tierra baldía, texto poético donde coexisten diferentes planos interpretativos y la fragmentación textual aparece con todo esplendor: “El puente de Londres se está cayendo, cayendo cayendo/ Pois s´ascose nel foco che gli affina/ Quando fiam uti chelidon-oh golondrina golondrina/ Le prince d´Aquitania à la tour abolie/ estos fragmentos he amontonado sobre mi tumba”.

Guillou pertenece a este mundo fragmentado y heteróclito que roza lo grotesco sin tocarlo, que muestra sus profundos sentimientos sin clarificarlos y como en una encrucijada propone variadas alternativas para recorrer. La repetición obsesiva de los elementos pictóricos y dispuestos de forma aparentemente aleatoria propician el campo simbólico de su obra formando una suerte de pastiche no exento de surrealismo que acaba tensionando el propio campo de representación así como la mirada del espectador. En la organización del lienzo prevalece el tropo visual a una calidad técnica, no en vano su pintura ha dejado de ser un fin para convertirse en el medio de expresión desligada, como ya se ha dicho, de compromisos y condicionantes externos e históricos. La incorporación, en la década de los ochenta, de un nuevo marco de representación, los bares y tabernas, supone una vuelta de tuerca al entramado metafórico de Guillou, aunque no olvida introducir en la escena, valiéndose de espejos y ventanas, paisajes, soles, máscaras y caballos, figuras que, por decirlo de alguna manera, pertenecen a un ámbito exterior y no al ámbito uterino, refugio y bienestar, que los bares representan. Si hacemos un ejercicio de colocación de los distintos cuadros sobre bares que ha pintado, debemos  de colocar en primer lugar un paisaje urbano desconcertante, potente y perturbador realizado en los años setenta. Pájaros, soles, bañistas, máscaras aparecen repentinamente y desordenados a punto de entrar en el Café du Port, lo cual invita a pensar que el origen de su pintura es, en buena parte, la recreación de la infancia, el remiendo práctico de miedos y traumas de los que nadie se puede sustraer.

En las tallas y cerámicas encontramos el mismo relato que en la pintura. Las figuras nos son familiares ya que pertenecen al mismo mundo de significación. Personajes femeninos de movimientos inexpresivos y de catalogación primitivista, coexisten en paraísos matissianos, pero no muestran claramente el tono surrealista de sus pinturas, sino que aquí lo que parecen querer expresar es el carácter primario de la creación artística. La talla es de acción directa: dibujo, escoplo y martillo, sin policromar. El sosiego que recogen las tallas no se ve expresado en las cerámicas, de pequeño formato ya que la mufla de Amigos del País, donde se cocieron algunas, era de dimensiones mínimas. Sabemos que frecuentó la compañía de Julio San Martín Adrio, el cual dotaba a sus piezas de un aspecto “sólido y primitivo”, pero el retorcimiento de las piezas de Guillou, policromadas y primitivas, no era frecuente en los ceramistas leoneses.

A falta de una catalogación íntegra de su obra, difícil por la dispersión de sus cuadros, esta muestra que recoge el Centro Leonés de Arte, ofrece un panorama esquemático y fundamental del artista francés que se vio cautivado, a través de su mujer Emérita, por el panorama cultural leonés. Joseph Yves Marie Guillou falleció en León el día 7 de junio del año 2010.

Bibliografía:

  • Luis Alonso Fernández. Pintores Leoneses Contemporáneos. Caja de Ahorros y Monte de Piedad de León, 1983.
  • Luis García Martínez y José Luis Graupera. Ceramistas Leoneses Contemporáneos. Diputación de León 1990.
  • Valeriano Vozal. Los diez primeros años. La balsa de la Medusa.Madrid 1991.
  • Mario Praz. Mnemosyne. Taurus. 2007.
  • https://fr.wikipedia.org/wiki/pont-Aven

 

Un Comentario

  1. Anónimo

    Enfin ! J’ai connu cet artiste et sa peinture de tueur , je suis heureuse qu’il entre enfin dans la mémoire . B. Agote .

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