Angélica Liddell: “Me interesa trabajar con lo que nos hace perversos. Lo que nos desestabiliza como humanos es la maldad”

Angélica Liddell en León. © Fotografía: José Ramón Vega.

Angélica Liddell en León. © Fotografía: José Ramón Vega.

Durante sus dos días de estancia en León, para recoger el premio Leteo, la dramaturga, escritora, directora teatral y performer Angélica Liddell ofreció una rueda de prensa el sábado por la mañana, por la tarde respondió a todas las preguntas del público en el acto de entrega de la estatuilla de bronce (obra del escultor Amancio González) y, el domingo por la mañana, participó en una mesa redonda, titulada “La casa de la fuerza. Panorama literario y escénico de Angélica Liddell”, acompañada por buenos conocedores de su trabajo, como su compañero Sindo Puche, actor y director de producción de Atra Bilis Teatro —compañía con la que, desde 1993, ha realizado más de veinte creaciones dirigidas y escritas por ella. También se sentaron a la mesa el profesor e investigador José Antonio Sánchez y el director de escena Javier R. de la Varga, que actuó como moderador. Intentaremos reflejar y dejar constancia de lo que allí se habló.

Por ELOÍSA OTERO

Para abrir boca, la mesa redonda arrancó con una reflexión sobre la belleza como herramienta de transgresión. El profesor José Antonio Sánchez se detuvo en la paradoja de “cómo se pude hablar del dolor, de situaciones de injusticia terribles, de violaciones… y transformar eso en espectáculo, cómo atreverse a hacer un espectáculo y que además sea un espectáculo de la belleza”, como hace Liddell. “Ella piensa la belleza desde el ámbito de la poética y de las entrañas; su compromiso es corporal, es una entrega corporal sin límites que hace que el espectador por sí mismo se rompa…”.

Javier R. de la Varga leyó a continuación la parte final de un texto de Angélica Liddell, fechado en 1993, en el que la creadora exponía entonces su concepción del teatro y de la belleza. “¿Has conseguido cumplir tus pretensiones?”, le preguntó. (Reproducimos, por su interés, las dos últimas páginas del documento, aunque Javier tan solo leyó los tres últimos párrafos:)

...

(…) El proceso de la pasión creadora culmina, evidentemente, en el producto, que es ni más ni menos la encarnación de dicho proceso. Pero la irrealidad ha de representarse materialmente y ser ofrecida a los sentidos. Centrémonos ya en el hecho teatral. El teatro es un arte eminentemente visual, es decir, para ser gozado a través del sentido de la vista.

Se suele olvidar con frecuencia el placer de los ojos en el acontecimiento escénico a favor de un espeso enredo psicologista ajeno por completo al mundo de los sentidos. La mayoría de las veces podemos cerrar los ojos y limitarnos a escuchar el discurso sin que por ello perdamos algún aspecto importante del espectáculo. Lo cognitivo y lo emocional no existe sobre un escenario sin el comportamiento motor que lo expresa. Y los movimientos se caracterizan por su condición visible. La justificación intelectual carece de razón. Lo que importa son los objetos y los cuerpos como instrumento de expresión. De expresión visible. En una palabra, formal. La acción no es psicológica sino formal. No somos introspectores, sino espectadores. No me olvido del componente verbal, que ha de ser entendido también formalmente. Tanto lo visible como lo audible no deben hallarse subordinados al concepto; son la expresión formal del concepto. No voy al teatro a escuchar una idea. Voy a experimentar la expresión formal de esa idea: el sonido, el ritmo, el movimiento… voy a empaparme de voluptuosidad sensorial. En fin, en el teatro la metafísica se materializa ante los ojos y el oído mediante la belleza de las formas, y se expresa estéticamente. ¿Y el contenido? Para que un contenido sea teatral debe ser estético.

La música, idéntica al teatro en su desarrollo temporal-espacial, debiera ser estudiada en relación al hecho escénico, así como Kandisnky la investigó en relación a la pintura.

Por último, no me gustaría olvidar hablar de lo bello. Creo en la correspondencia directa entre el arte y la belleza. Y reconozco la belleza por su insoportabilidad. Rilke asegura que la belleza es el principio de lo terrible que aún somos capaces de soportar. Yo, sin embargo, afirmo que la belleza es lo terrible y lo insoportable, y provoca la máxima turbación de los sentidos hasta obligarnos a huir. Ante todo se trata de un sobrecogimiento emocional. El artista debe buscar constantemente la belleza para torturarnos íntimamente.

“Todo parece un exorcismo destinado a hacer afluir nuestros demonios”, escribe Artaud. Y entiendo la crueldad como pureza. El arte debe atacar al contemplador a base de pureza. En efecto, la obra de arte ha de transformar al individuo. Actúa sobre sus órganos vitales, bien destruyéndolos, bien generando otros órganos, bien metamorfoseándolos. De cualquier modo, la transformación obliga a una reestructuración total del sistema que modificará la visión del mundo del sujeto. Esa transformación se produce a través de los sentidos, pues despojados del intelecto frente a la belleza, el estremecimiento que tiene lugar es de carácter sensorial y hasta sensual. Sabemos que algo ha cambiado. Tras el éxtasis incomprensible tomamos conciencia interna del ataque y seguimos andando con el rostro desfigurado por la herida. Un rostro distinto. Da igual por qué.

“…La esencia de la belleza, al igual que la esencia del placer y (de lo) bueno, es indefinible e indescriptible”, escribió Giordano Bruno.

a. Liddell Zoo

[* Este texto forma parte de la introducción titulada “EL TEATRO DE LA PASIÓN (Es decir, de la necesidad y del deseo)”, que acompaña a una pequeña obra de Angélica Liddell, “LEDA”, publicado en el número 14 de la “Colección: Nuevo Teatro Español”, editado por el Ministerio de Cultura. Centro Nacional de Nuevas Tendencias Escénicas, en 1993].

“¡Es asombroso!”, exclamó Liddell, gratamente sorprendida por la lectura de este texto olvidado. “Yo no leía esto desde el 93, no recordaba siquiera que lo había escrito… Pero estoy completamente de acuerdo; es como si hubiera regresado al origen, a los 25 años, cuando lo escribí. Y me doy cuenta de que han pasado justo 25 años desde entonces, y que aquello era un proyecto estético que, después de mucho trabajo, de muchas equivocaciones, de muchas reflexiones, me devuelve al origen”.

“La belleza es un problema matemático, es como una ecuación que hay que resolver. Conseguir hacer algo bello es muy difícil”, añadió Angélica Liddell. “No sé si lo he conseguido, pero sí he llegado a un convencimiento de que la belleza es importante, es lo fundamental, es el vehículo que expresa al hombre. Gracias por traer este texto. Estoy haciendo un viaje en el tiempo”.

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Javier R. de la Varga presentó entonces a Sindo Puche, “el productor, el que tiene que pelear con Angélica para ver si pueden ir a escenarios (de Estocolmo, por ejemplo, que para ellos es más fácil actuar allí que en Majadahonda…). ¿Cómo consigues negociar con ella?”

La respuesta dejó claro que Sindo es un productor capaz de comprender y de apostar como nadie por las ideas de Liddell. “Mi elección es el sí. Todo es posible. No hay límites. Lo económico no es un límite. Desde el nacimiento de la compañía, hace 25 años, el sí es eterno e infinito. Todo es posible”, insistía. Las anécdotas que contó después ahondaron en ello.

“Con ‘Todo el cielo sobre la tierra’, el último intento en España de hacer algo, nos dijeron que ese proyecto era un suicidio asegurado, que era imposible llevarlo a cabo. Pero es la obra con la que más hemos girado por todo el mundo”, recordó el productor. Y añadió: “Cuando hablamos de proyectos, Angélica me inocula un virus y empezamos a enloquecer hasta que conseguimos llevarlo adelante. (…) Es como si de repente la poesía se cruzara y atravesara la realidad. Su mundo inverosímil se cruza con la realidad. Va más allá de lo económico. Con Angélica yo digo sí, siempre”.

Sindo contó que llegaron a viajar a Saigón (Vietnam) y se pasaron semanas buscando a dos bailarines ancianos que ella había visto bailar en la calle hacía años, en una película… y empezaron a preguntar, hasta que dieron con ellos. “La mujer era peluquera y el hombre ingeniero, ambos jubilados, de 70 y 74 años. Les ofrecimos participar en una obra, conseguimos los visados y estuvimos de gira por Europa cuatro años con ellos. Ha sido una de nuestras experiencias más impresionantes”.

“Sin Sindo no podría trabajar, él es quien hace que todo sea posible. Producción y creación aquí sí que van a la par. Sin una persona así al lado no podría”, subrayó por su parte Angélica Liddell. “Con la última producción nos hemos arruinado de verdad. ‘¿Pero tú quieres hacer eso?’, me decía. Sí. Hay que estar dispuesto a arruinarse. Porque un proyecto grande, una superproducción, depende de los sueños, del deseo de expresión más que de lo económico”.

La última parte de la mesa redonda se centró en la reflexión en torno a la búsqueda de la belleza. “No estoy muy segura de cuándo decido que algo es hermoso”, explicó Liddell. “La belleza es un objetivo. Quiero enfrentar al público a algo hermoso. No sé cómo llego ahí, tampoco quiero tener esa certeza. Me baso en intuiciones que he desarrollado a través de mi bagaje. Constantemente recurro a la pintura clásica para hacer una composición escénica. (…) Lo bello es aquello que te hace vulnerable. La creación es un misterio. La belleza es más un propósito que algo que yo sepa. (…) Es construcción. Tengo que construirlo y tomar decisiones. Y no es fácil. Es un trabajo físico y mental muy duro, de una exigencia brutal. Trabajas en constante estado de frustración y de duda. Acabo exhausta”. Y advirtió, por ejemplo, que si toma la decisión de cortarse las piernas en una obra, “eso viene de una reflexión estética y de una tradición”. “No me interesan las vanguardias, yo vengo de la tradición, de los griegos…”.

Belleza y maldad

Cuando Javier R. de la Varga le preguntó por su postura ética como artista, y sobre si su arte es una forma de hacer política, Liddell también fue contundente. “Mi compromiso como creadora es con la belleza. Paso de lo político. Hice teatro descaradamente político, y paso línea. Lo político responde a una comodidad intelectual. De repente los marxistas se volvieron biempensantes… No me interesa crear un producto cómodo, con el que todo el mundo esté de acuerdo. En mi vida civil me siguen indignando las mismas cosas. Pero como artista lo que me interesa es desestabilizar a los biempensantes. Lo político no explica al hombre. Las ideologías están agotadas, como se demuestra en nuestras democracias. Lo que nos hace iguales es la podredumbre, la miseria… Me interesa trabajar con lo inmoral, con lo que nos devuelve a nuestros instintos. Trabajar con la incomodidad, con aquello que nos hace perversos…”.

Recordó entonces la película de Pier Paolo Pasolini “Saló o los 120 días de Sodoma”: “Eso es lo que nos define como humanos, la perversión. Adonde yo quiero llevar el alma humana es a la perversión, a ver si ahí estamos tan cómodos. Qué pasa cuando le dices a la gente que no eres tan bueno, que tienes deseos inconfesables que te conducen a otros sitios… Porque son nuestros deseos más profundos los que nos definen como humanos. Y lo que nos desestabiliza como humanos es la maldad…”.

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Acerca de Eloísa Otero

Periodista y escritora leonesa.

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