Premios (I)

Imagen del espectáculo “Caperucita, lo que nunca se contó”, de Teloncillo Teatro, con texto de Claudio Hochman. Fotografía: Gerardo Sanz.

Las artes escénicas están llenas de ejemplos de compañías con muchos premios en sus vitrinas, mientras otras, las más numerosas, apenas si han podido catar ese manjar que, sin duda, todas anhelan. Lo mismo sucede con los actores, los técnicos, dramaturgos y el ámbito de los festivales… ¿Existe justicia a la hora de conceder un reconocimiento? ¿Los miembros de los jurados o el público, en su caso, otorgan con ecuanimidad sus galardones? ¿Tiene cabida la suerte en estas decisiones o, como se piensa en ocasiones, hay una mano negra que retuerce la voluntad de los concursos? En definitiva, ¿qué es un premio y para qué sirve? Empezamos esta serie de reflexiones sobre el análisis de las recompensas con el último laurel entregado por FETÉN al espectáculo “Caperucita. Lo que nunca se contó” de Teloncillo Teatro, obtenido por Claudio Hochman al mejor texto de la Feria.

Por CLAUDIO HOCHMAN

A mí me gustan los premios.

¿A quién no le gustan los premios?

¿A quién no le gusta que le digan que lo que hizo está bien?

Puedo no necesitarlos. No muero por ellos. Pero me gustan.

Nunca trabajo para los premios. Bueno, alguna vez escribí un cuento para un concurso pero nunca gané nada. Los que vinieron, vinieron solos. Y eso es lo bonito.

Claro que hay algo que no me gusta de los premios.

No me gusta cuando te ponen en una terna y luego elijen el mejor de los tres. Es horrible. Eliges la ropa, piensas en el discurso, fantaseas sentado en tu butaca, te meten una cámara en primer plano para ver con lujo de detalles tu entusiasmo al recibirlo o tu cara de buen perdedor cuando se lo dan a otro. Perdedor, ¿cómo puedo ser perdedor si yo no hice nada para ganar? Solo hice una obra de teatro. ¿Por qué me tengo que exponer a ese sufrimiento? No tengo. Por eso no voy más a esas ceremonias. Si quieren darme un premio que me lo den directamente.

La otra contrapartida de ganar un premio es que pareciera que eres más inaccesible. Más caro. Y dejan de llamarte por temor a que les digas que no o te descuelgues con presupuestos millonarios.

Pero los premios sirven. La sola mención del premio muchas veces abre puertas. Premio tal, ¡oh qué bien! Nadie se toma el trabajo de ir a ver quiénes eran los miembros del jurado, qué otros participaban del concurso. No interesa la relatividad. Interesa la palabra “premio” que hace que la gente vaya más al teatro, Y eso no está mal…

Para mí hay otros premios que no te hacen más famoso o más rico ni decoran tu curriculum, pero te llenan de alegría.

Cuando un alumno llega a tus clases sin poder decir tres palabras seguidas, sin conseguir poner un pie delante de otro, cerrado como una almeja cerrada y al cabo de un tiempo todo se abre, se transforma…

Cuando una actriz te escribe para contarte que la ayudaste a vencer sus traumas y a ver el teatro de otra manera…

Y ya en el plano personal, cuando abres la puerta de tu casa y escuchas a tu hija de dos años que grita: ¡vino papá!

¡Esos sí, esos son los premios que más me gustan!

— — —
* Claudio Hochman es director de teatro, dramaturgo y docente argentino, afincado en Lisboa.

 

 

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