El bar Belmondo se escribe de aniversario

Yago Ferreiro / Yago Belmondo. © Fotografía: José Ramón Vega.

El bar Belmondo (en la calle San Lorenzo 1, en León) acaba de cumplir cinco años y los textos que siguen, recogidos por Magali Labarta, quieren ser un pequeño homenaje al “bar de Provincia con mas gente bonita haciendo cosas bonitas por metro cuadrado”…

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“La vela que ardía por los dos cabos era su único modo de estar en el mundo. Emocionarse con esa combustión era un fin en sí mismo. Lo único importante, qué fácil es decirlo, consistía en no resignarse. En la actualidad, se echa de menos ese talante. Se echa mucho de menos esa lucha infatigable contra el miedo a vivir”.

(Francisco Casavella)

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¡ÁNIMO VALIENTE!

Pisé el Belmondo por primera vez una tarde de mediados de abril de hace tres años. Recuerdo que sonaba “Ánimo Valiente”, lo cual puede resultar hasta coña.

El Belmondo es el bar de Provincia con mas gente bonita por metro cuadrado… no, rectifico: es el bar de Provincia con mas gente bonita haciendo cosas bonitas por metro cuadrado.

El Belmondo es lucha, respeto, apertura, carácter y luz y aire fresco. Encarna todo aquello que Provincia arrincona, olvida, murmura o mira de soslayo. ¡Gracias, chicos!

Ahora que recién acaba de cumplir su primer lustro entre nosotros, podría simplemente dedicarle “Ánimo Valiente” en alguna emisora de radio (¿eso aun se hace?), pero he preferido rendirle este pequeño homenaje de agradecimiento reuniendo a parte de esa gente bonita.

P.D: prometo firmemente no incordiar al camarero barbudo con que me ponga la susodicha canción.

(Magali)

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CINCO AÑOS TIENE EL BELMONDO

Hay lugares que, al entrar por primera vez en ellos, se sienten como afines. Me sucedió con el Belmondo, cinco años atrás, cuando todavía era un local sobrecargado y oscuro. Desde entonces, han pasado muchas tardes tristes y absurdas fiestas hasta convertirse en el luminoso bar que es hoy. Y nunca me ha dejado de gustar. Este lampedusiano que todo cambie para que todo siga igual es obra de Yago Ferreiro, talentoso creador multidisciplinar, prócer del mecenazgo en Provincia, agitador de las redes, candidato a la medalla al trabajo, erudito en cultura contemporánea, legítimo heredero de la corona del reino de Borsalino.

Frecuentar un bar es cultivar el escenario de numerosos pasajes de una biografía emocional. Desde su apertura, momentos que importan en la vida de tantos han transcurrido entre sus clareadas paredes: sesiones secretas en acústico de músicos insobornables; primeras oportunidades a artistas en precario; fraseos al piano para oyentes que valoran la escucha en silencio; presentaciones ―breves, ¡alabado sea el señor!― de libros de escritores arrumbados al olvido o de poetas a la intemperie; o las más divertidas pinchadas, en las que, al giro de los vinilos, se cruzan calurosas miradas que desprenden ternura y pasión.

Los clientes habituales hemos visto cómo nace una plataforma de aspirantes a cosmonautas, se engorda un gallinero ambulante, se emiten programas de radio de ámbito interestelar, se trazan escritos que llegan o no a «dolorosas imprentas locales» o se graban cortometrajes de los que no es obligado avergonzarse demasiado. Todo gracias a este joven poeta de barba y tiempos magníficos que tiene por costumbre perder dinero con sus arriesgadas e incomprendidas propuestas culturales.

Espacio vivo, las paredes del BB se han poblado de coloristas pinturas, de golosas portadas de discos y novelas, de libros que, en realidad, son lámparas o de latas de conservas de atractivo diseño. Ninguna televisión en la que ver el fútbol, lo que ayuda a que Yago apenas exprese sus opiniones sobre el mismo, las cuales nos harían dudar de su buen juicio. Desde la terraza, contemplamos la apertura y cierre de la puerta de un garaje, cuyo incesante trasiego aviva asuntos de suspense e intriga. El bar se ha vuelto morada de una tortuga que, cuando le cuentas tus penas, para escucharte tiene a bien poner cara de barman argentino. Y, ya es irremediable, el Belmondo es el responsable de los mejores quince de agosto de nuestras vidas.

El Belmondo favorece mucho, más incluso que el negro o el azul. Contagiados del magnetismo animal que irradia Jean‒Paul, nuestro as de ases del savoir faire, es cosa probada que todos lucimos más sexis en el bar. Por ello, enamorarse allí a primera vista es la cosa más natural del mundo. Estamos pendientes de que el imaginativo dueño lleve a buen término un invento para que todos esos briosos idilios sean correspondidos (se sospecha que ya descubrió tan prodigiosa fórmula, pero que gastó la totalidad de sus efectos en Anna y él). Es necesario aclarar que ocurren flechazos inconmensurables, porque, al contrario de lo que algunos desinformados piensan, no todo en la barra son obsidionales debates en torno al último disco de Eels, la prosa cipotuda o cuánto decepciona la segunda temporada de tal o cual serie. Abriéndose hueco entre el retumbar de los latidos de amor, también se escuchan alegres bobadas, mientras se toma un café que, al probarlo, se decide tomar dos ―como sucede en el anuncio―, o se bebe un vermú que, al retirarlo de los labios, se sabe que habrá que ventilarse tres ―como sucede en la vida real―. Es un bar, recordemos, y en los bares pasan cosas de bares.

Refugio contra la hosquedad, prepotencia y vacuidad que imperan en bulliciosos y atestados locales de moda, los asiduos del bar saben que la buena educación no es otra cosa que respeto. Una clientela inquieta, comprometida y sensible que se comporta con una combinación de los más civilizados modales nórdicos, la cansada perplejidad de Bill Murray y la sed de frenesí de la Rat Pack. Sin que nadie pueda explicar el porqué, allí parecen felices incluso desdichadas criaturas como los matrimonios, las parejas estables o los abstemios. Acercándonos ya a la desnudez de lo que en el fondo se quiere decir, diríase que en el Belmondo uno se encuentra bien, muy bien.

Feliz quinto aniversario. De sobra sabemos que vendrán más años malos y nos harán más ciegos, pero, también, más watusianos, lo que tampoco es paja.

P.D. Me acuerdo, y esto lo hubiera condensado todo, que el Belmondo era uno de los sitios favoritos de Manuel.

 (Gabriel Quindós Martín-Granizo)

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La secuencia de apertura de una de mis series de televisión favoritas, Northern Exposure (Doctor en Alaska) se compone de una serie de planos estáticos encadenados: una panorámica de la calle principal de Cicely, Alaska, algunos camiones y maquinaria oxidados, un anuncio de motos de nieve de segunda mano en venta, la pizzería local —que curiosamente no aparece en ninguno de los ciento diez episodios de la serie—, el escaparate de una corsetería cerrada, un tótem zoomórfico nativo, la consulta del doctor Joel Fleischman —no se puede ser más judío ni más neoyorkino— y un joven y despistado, aunque aparentemente tranquilo, alce, de andar desgarbado y con pinta de no saber donde diantres está ni que se le ha perdido en un inhóspito poblacho del norte, y que durante el plano final desfilará despaciosamente por delante de un mural que anuncia el café de Roslyn, “un oasis”. Lo único de lo que podías estar seguro cuando te sentabas frente al televisor a devorar tu dosis ciceliana semanal (estamos hablando de un tiempo muy lejano, antes de hulus, netflixes, hachebeos, movistares y bajodemandas varias) era de no saber con qué te ibas a encontrar, qué chifladura se les habría ocurrido pergeñar a los guionistas y con qué iban a sorprenderte. De lo que sí tenías la certeza era de que no te iban a defraudar.

Quédense conmigo, acabo enseguida. Toda esta larguísima —e inane— introducción pretende proponer una analogía más allá de la evidente que une la falta de garbo y aparente despiste del propietario del Belmondo con el desgalichado alce: que el Belmondo es un oasis para Provincia y para mí. Que el Belmondo siempre ofrece propuestas interesantes, aunque no todas me interesen: programa conciertos todas las semanas, aglutina en torno a sí y ofrece su espacio a jóvenes creadores, presta sus paredes para que artistas plásticos expongan sus obras o se proyecten piezas audiovisuales, acoge presentaciones de libros y álbumes de música, organiza cada quince de agosto una fabulosa celebración de la literatura, la música y la cultura, el Día del Watusi,… La lista es muy extensa y el espacio del que dispongo corto, pero aquí todos somos fans y sabemos de que estoy hablando: de hacer lo que te gusta y ofrecer a los demás la posibilidad de compartirlo. Que como en el café de Roslyn y en Doctor en Alaska nunca sabes qué te vas a encontrar pero sí que no te va a defraudar. Que sea lo que sea lo que vaya a tener lugar en él habrá sido exquisita y cuidadosamente seleccionado. Que, en fin, al no traicionar nunca sus principios evita traicionar a sus clientes.

El Belmondo es más que un lugar de reunión en el páramo de Provincia. El Belmondo son Yago (a quien he tenido el honor de editar y de cuyo talento proclamo una envidia sin medida) y Anna (cuya sonrisa e inteligencia iluminan el local), y sin ellos Provincia será un lugar mucho más aburrido y hueco, más desértico si cabe. Sé que hay más oasis en esta ciudad, pero el Belmondo es el mío, y espero que lo sea durante mucho tiempo. Gracias chicos y feliz cumpleaños.

(Mr. Griffin)

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Cuando eres alguien que no encuentra su lugar, siempre, casi sin quererlo, buscas algún búnker donde sentirte protegido y donde poder ser tú mismo.

Recuerdo la primera vez que entré en el Belmondo. Fue una sensación de saber que aquel lugar significaría mucho para mí de ahí en adelante.

Con el paso de los años Belmondo ha evolucionado, dejando atrás esos resquicios de Portobello que aún se vislumbraban. Belmondo es luz, pero también es sombra. Es conexión y desconexión, es poder evadirte de los quehaceres y donde dar quehacer.

Lo que queda claro, y ninguno debe dudar, es que un sitio tan especial no nace solo. Tras Belmondo se esconde, bajo mi humilde e inquebrantable punto de vista, una de las lentes más brillantes que esta ciudad ha tenido la suerte de acoger.

Yago fue para mí como un flashazo, sin esperarlo se convirtió en un referente, en el vivo ejemplo de que con ganas y con un ideal firme se puede conseguir todo aquello que en nuestra mente tiene sentido, pero no en la mente de la anquilosada sociedad con la que convivimos.

Maldita la hora –dirá él– en la que yo pisé el Belmondo, pues en cierto modo es casi como mi segunda casa. Te atrae, te llama, te arropa y te deja ser tú.

Siendo sincero sobre estas líneas, creo que no hay mejor ciudad para recibir algo así que esta. Pero también estoy totalmente seguro de que León, sería menos León, sin el Belmondo entre nosotros.

(Conrado Martín)

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El Belmondo.
Donde la realidad se encuentra con el deseo.
Donde se liberan teclas de un viejo piano malagueño.
Donde la marea llega a las ventanas en noches de Vigilia Pascual.
Donde descubres  en secretas sesiones secretas música que pondrá banda sonora a kilómetros de viajes.
Donde poetas leen sus versos, donde la concurrencia pone voz a versos ajenos, y donde una noche leíste a Fonollosa.
El bar donde el Bloomsday suena a timbre de bicicleta, a Jorge, a Spencer y a piano.
Donde el Watusi habría contado historias diferentes de la Barcelona en la que fuisteis casi vecinos.
Un sitio de gente en sitios.
Donde un día fuiste el guitarrista del Zapico poeta y cantaor.
Un bar con café verdadero, tartas exquisitas, ron con leyenda y vino de la mejor catadura.
No me acuerdo si el camarero del Belmondo fue alguna vez cosmonauta, pero espero que su viaje sea largo. Y que le sirvan los consejos de C. K.

(Juan Luis García)

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Nací en una ciudad muy parecida a León. Recogida, recoleta, un poco asfixiante. Estaba bien, muy bien incluso, o al menos lo estaba hasta que llegué a la adolescencia. Fue entonces cuando me di cuenta de que aquello no era Babilonia, de que todo comenzaba a apretar, de que la supervivencia pasaba por encontrar espacios en los que refugiarse. Terminaron siendo los de todo el mundo. No soy original. El cine-club, la biblioteca, pero sobre todo los bares, esos sitios que suplían la casa que no tenía y que además me daban la posibilidad de conocer pares y descubrir música. De todo ello me acordé cuando muchos años después, ya con casa, ya con pares y ya con mucha música descubierta, pisé por primera vez el Belmondo. Nada más entrar pensé que un lugar en el que te saludan Gainsbourg y el susodicho desde sus  paredes debía ser un gran lugar en el que estar. Y no tardé en confirmarlo. En un momento determinado le dije a Yago que estaba pensando en quedarme a vivir allí. Ante su alivio, no cumplí. Pero se me ocurren pocos lugares más apetecibles para hacerlo. El Belmondo. Qué gran lugar en el que estar, qué gran lugar al que regresar.

(Felipe Cabrerizo)

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El Belmondo es un espacio seguro para el egoísmo de los y las artistas, que no encuentren empatía en otro lugar de León.

(Pilar Cañas. “Pure /pjʊə/”)

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El Belmondo es un pequeño oasis cultural en una ciudad que tiende a anestesiar a sus habitantes. Esto último no es siempre algo malo, pero para algunos menesteres se convierte en un problema.

Quizá porque es medio de aquí medio de otros sitios, a Yago se le nota la cercanía, el buen hacer y la inquietud de quien intenta compartir con el resto lo que ya conoce, y descubrir junto a sus vecinos lo que está convencido de que va a ser algo interesante para todos. Lo mejor de ambos mundos, vaya.

Gracias, Yago y Anna, por ofrecernos a todos la posibilidad de despertarnos del coma de vez en cuando, y muchas felicidades por este quinto aniversario.

(Fabian)

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Entrar a tomar un café de esos ricos ricos en el Belmondo y ver que están preparando su almuerzo a solas, en uno de esos pocos momentos íntimos que te ofrece el día cuando regentas un local de hostelería… hasta que el que suscribe entra por la puerta rompiendo ese momento. Me hacen sentir como en casa, con una sonrisa de lado a lado, me preparan el mejor café de León, y todo ello haciéndome partícipe de ese momento único. Sólo con el sonido de la música estamos los tres. Gracias por esto.

Gracias Yago, gracias Anna.

(Jandro Sáenz de Miera. El interrupidor de almuerzos)

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Es entrar y sonreír, buscar los taburetes, el rincón que casi siempre es esquina y… la memoria se va al recuerdo, se hace sorda, callada, redacta un encuentro, con sus ojos.
Las caricias escondidas aún bajo la barra, el roce de las manos en la sombra de la báscula, piel de fruta fresca.
Por la cristalera a la calle varios pasan y refleja las miradas propias,  los ojos cotillas que observan a lo íntimo y no traspasan, al otro lado, el secreto confía en la discreta oscuridad.
Es palabra la que flota en el sitio cómplice, y creativa, acompañada de cerveza, alimento para los ojos, las palabras, las caricias, las sonrisas y ese gesto que se sabe que realizan todos aquellos que aún sueñan.
Él, que está siempre, es refugio de silencios, es cobijo acogedor de los susurros del final de algunas noches en esa necesaria ruta de regreso, con brindis de sonrisas, borrachera de las horas y el alcohol sencillo de las cañas.
El secreto, ya pegado a las paredes es un objeto más, como las latas de sardinas, no se ven, costumbre de saberlas en su sitio y es ya sonrisa de respeto, amistad callada que no necesita contar vidas.

(Charo Acera)

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Yago nunca me ha dicho “no” a cualquier idea que se me haya ocurrido por loca que fuera, siempre ha contado conmigo.

(El guatequero)

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Me acuerdo cuando me voy.
Me acuerdo cuando estoy.
Me acuerdo de mi segunda casa.
Me acuerdo de mi estado de ánimo de mi alegría.
Me acuerdo de un oasis en provincia.
Siempre, siempre me acuerdo de la efervescente emoción de atravesar el umbral de ese bello mundo que es el Belmondo.

(María Lombardero)

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Cinco años del Belmondo. ¿Cómo pude vivir antes? ¿Cómo sobreviví sin los saludos de Yago, sus cafés con corazones, sus ácidos comentarios, esos ojos que acuchillan (sin dolor) y  su raya al medio?

El Belmondo es el bar al que te llevan tus pies aunque no bebas alcohol porque no hace falta emborracharse para gozarlo. Pero no me hagáis caso: bebed mucho y pagad siempre porque necesitamos ese espacio para que Provincia sea soportable.
Belmondo: una razón para salir.

(Gelen Efe)

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Empecé a acudir al Belmondo (antes de la reforma: estaba mejor antes de la reforma) porque el hermano de Yago dibuja muy bien. En una ciudad como León donde el diseño gráfico se utiliza para ofender, la finísima cartelería de ese bar era como mirar, después del barro, por un parabrisas limpio. Luego conocí a Yago (antes y después de la reforma). De holgados gustos literarios y musicales, se adaptó enseguida al libro de estilo del hostelero leonés donde muy pronto el amigo se convierte en cliente y el cliente, en enemigo. Esforzada dinamo cultural de una bicicleta muy trabada y enormemente comprensivo con mis repetidos olvidos al abonar las consumiciones, tanto Yago como el Belmondo son ya parte de la historia literaria de esta ciudad. Lo que se les puede disculpar por los motivos supraexpuestos. Hay que ir al bar, eso sí, aprovechando los raros huecos en que está abierto y no recita nadie. Yo me acuerdo, claro, de antes de la reforma. Cuando era el Geographic.

(Ernesto Rodera)

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Cuando pienso en el Belmondo pienso en Yago, claro. Pienso en un amigo al que le gusta hacer las cosas con gusto, mimo y dedicación. El Belmondo para mí también es un sinónimo de inquietud y activismo cultural.

(Juan Marigorta)

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Belmondo y la perpleja productividad del no.

Creo que solo me gustan los bares que no son bares y el Belmondo, desde luego, no es un bar.
El Belmondo es un núcleo irradiador (gracias Errejón) bombardeado a diario por el antiego de su propietario. Antiego, sí, menos risas.
Solo alguien con un no-yo muy afianzado, alguien muy desprendido de sí mismo, puede generar, sin convertirse en un microagujero negro acaparador, ese torbellino de cosas a su alrededor.
De allí salen Watusis, Plataformas, poetas que no lo son, artistas que no se saben poetas, música para tortugas, libros de doble faz y morros finos que conviven, en un Aleph ramoniano, con vecinas que visillo en ristre vigilan secuestros de elefantes rosas, editores secretos amigos de graciosos contemporáneos y ángeles sin alas a los que una vez atacó una muralla.
Mientras tanto, se afilan no me acuerdos memoriosos y se reparan naufragios mediante kintsugis que sustituyen el oro por palabras, palabras siempre, para coser heridas que sí cesan.
En resumen, un circo multipista donde al leonino domador-fiera solo le faltaba un palíndromo de cuatro letras y apellido agudo, llegado del mediterráneo, que aún mejora a ese tipo decente a carta cabal que finge ser camarero en el mejor no-bar que he conocido.
Por eso, de entre todos los bares del mundo, de todas las provincias del mundo, qué suerte haber entrado en este.
Vayan al Belmondo, pasen y vean, yo a esos dos locos, les tengo ley.

(Miguel Angel Nistal)

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No me acuerdo de cuantas veces he deseado estar en otro lugar, pero sí de como me gusta esta ciudad, cuando no parece esta ciudad. Belmondo es ese otro lugar, dónde no me acuerdo de quién soy ni lo que dicen que soy los pobladores de provincia, cuando esta ciudad no parece reconocerse y así descansa. Ojalá pasen tantos años como reza el azulejo al lado de la cafetera viéndote la barba Yago, en el Belmondo o donde tú quieras estar. No me acuerdo de haber estado mejor en provincia.

(Mario. “Forman’s Driveway”)

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Alcanza su posición estratégica para definir tan ingobernable república: de espaldas a la catedral. A la de León, sí, pero no sólo. Trinchera en la provincia de muchos hijos pródigos y de próximos prójimos, de esos que de verdad curten distancia y dilapidan tiempo como si vidas únicas sobraran. Punto de encuentro entonces. La B marca el lugar donde el tesoro. Decir que está atendido por sus dueños, es decir más bien poco. Si usted pasó, pisó, brindó entre sus paredes y escuchó profecías, solistas al piano y bandas condenadas al destierro, sabrá que no exageran quienes dicen que el Belmondo es un faro en las tormentas. Entienda quien lo pueda. Y así sea.

(Macarena Trigo)

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Qué se me viene a la cabeza cuando pienso en el Belmondo. Pues inevitablemente pienso en Yago, y en su valentía. No lo conozco mucho, pero me parece una de las personas más increíbles con las que me he cruzado en la vida. Me parece fascinante lo que ha construido. Un refugio cultural de calidad y con muy buen gusto. Es todo generosidad. Y no nos olvidemos de lo que está haciendo con Plataforma para apoyar y motivar a los jóvenes. Esto es lo que se me viene a la cabeza. Muchísima ternura, muchísima admiración, y muchísima gratitud.

(Adriana Bañares)

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El Bar Belmondo es el ángel exterminador, es mi rincón favorito del mundo y de León.

(Ainhoa Rebolledo)

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Bel mondo, bello mondo, siempre abierto, siempre certero, siempre alerta, siempre evitando el pesebre.
Desde el primer día que te vi querido Belmondo se me vinieron aromas de A bout de souffle y toda la intendencia de Pierrot le fou, sin descartar ecos tardíos e inconsistentes de los adoradores del convento, o lo convencional.
En Belmondo todo está dentro de un rombo, con rumbo distinto, abrazos de bizcocho, cafés bien batidos, como las palmas y la mirada certera y (por qué no decirlo) burlona ante los mercachifles de la cosa.
Belmondo que resiste numantino y altanero a los embates de unos y trontos, que apoya, promociona, todo el ámbito creativo y cultural al margen, pero no por nada, sino por hacer, por ayudar, por no dejar que pase la vida sin más, ni más.
Un refugio, una isla, un recodo en el camino. Pero sobre todo una atalaya.
Gracias por estos años.

(Felipe Zapico Alonso)

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El Belmondo… para mí el es un rincón de Provincia hecho hogar, un lugar donde disfrutar del arte y la cultura y un sitio donde no solo se puede disfrutar mucho sino aprender. El Belmondo es sonrisa, sorpresa y admiración.

(Marina Diez)

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Provincia es un lugar menos inhóspito desde que aterrizó Yago. Llegó en tiempos extraños y abrió el Bar.  Las distintas etapas de la lucha cultural –la marginalidad, el desafío, la contaminación, la conquista, la legitimación y el desfallecimiento- cumplieron su recorrido en el Bar. Todos los proyectos que emprendí con Y.  como Gente en Sitios, RKMO Radio o Gallinero Ambulante, me han servido para conocer mejor a una persona carismática que tiene respuestas creativas, instantáneas e imaginativas para que la cultura se levante contra el pesimismo que invade a Lugar. Con humor, hondura y lucidez sabe escribir poesía, nomeacuerdos o hacer homenajes al Watusi (Casavella que estás en los cielos) invitándonos, sin pretenderlo, a ver el mundo desde otro ángulo.
Gracias.

(Mo)

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El Belmondo es el alma de Yago, brillante, sarcástico y extrañamente amable.

(Javier Divisa)

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LOS LOCOS DEL BELMONDO

Existen pocos lugares o personas que sean capaces de articularse de tal manera que su especificidad y rareza constituyan, precisamente, la clave de su atractivo y magnetismo. Recuerdo haber pensado en más de una ocasión que el Belmondo es el lugar que, sin conocerlo, eché tanto de menos en León durante mis años adolescentes, un lugar capaz de organizar e interrelacionar las distintas posibilidades y corrientes culturales y artísticas de una modesta ciudad de provincias con un enorme talento desperdigado y olvidado por la oficialidad consistorial. Ha tenido que venir un catalán aleonesado para poner las cosas en su sitio, e invitar a una ciudad bostezante a vivir la plenitud de la verbena artística, a redescubrir que el juego creador es el motor último del arte, y a cuestionar los anquilosados sumideros institucionales de la acción cultural.

Basta con mencionar el Día del Watusi, las residencias poéticas maratonianas, las sesiones secretas, el concurso anti-oficial de carteles para las fiestas locales, las concomitancias espontáneas con otros agentes hosteleros y culturales; acciones que han conseguido incluso modificar costumbres políticas y procedimentales donde parecía que nunca se alteraba nada. Gracias, Yago; conseguir juntar a todos los locos de León y que no se peleen es ya en sí mismo un éxito. Sólo deseo que la cordura no interrumpa nuestros bailes, y que el ritmo se siga contagiando como un virus entre la piedra y el frío.

(Xisco Rojo)

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Cabeza de Watusi gigante, Bloomsday y Pantumaca.

A las dos nos gustaba desayunar bien, y esto dicho de forma contundente y sin reparos. Desayunar bien era desayunar pan con tomate, zumito de naranja y café. En eso coincidíamos. En nuestros gustos por ciertos grandes placeres.
Entonces María y yo compartíamos estudio clandestino en la Calle Ancha. Allí ejercíamos nuestra profesión audiovisual.
María estaba casi recién llegada cuando me dijo: Isa te tengo que llevar a desayunar a un sitio que te va a encantar .
Y llegó la mañana aquella en que me llevó a conocer el Belmondo.
Y claro, desayunamos como a nosotras nos gusta. Entonces el lugar ya me gustó y decidí quedarme para siempre.
Después coincidió que me mudé por tercera vez del barrio de Quevedo al de San Pedro. Así fue como el Belmondo se terminó convirtiendo en una prolongación de mi casa, en forma de salón, con enormes sofás de cuero marrón y tapicería verde, lampara de pie destartalada y cojines de búho para sujetar el regazo.
Todo lo demás, aunque más prosaico, también tuvo un diagnóstico muy estimulante.
Yago me escribió para colaborar en el Festival de Películas Muy Muy Cortitas donde, entre otros subgéneros audiovisuales, proyectamos un ciclo de cortometrajes de Isaac Berrokal, a quien yo producía desde hacía ya unos cuantos años.
Pero esos sofás de cuero marrón y tapicería verde son los que entrañan los mayores secretos, y así viví uno de los momentos más emocionantes en una celebración titulada Bloomsday. ¿Qué es eso? La celebración que celebra el Ulises de James Joyce. Y claro, yo que no fui capaz de pasar de la página cien, no podía faltar a esta fiesta. Era una cuenta pendiente.
Fui con la Gabacha y las dos quedamos paralelas escuchando en primera fila, en el sofá (acaparado para entrambas) a Jean Paul y Santi Campos. Estábamos como hipnotizadas a un metro y medio de ellos. ¿Pero esto está pasando de verdad? Nos mirábamos.
Al día siguiente escribí en Facebook que aquello me había hecho muy feliz porque me había recordado mucho a mis tiempos por Malasaña. Creo que a Yago no le gustó mucho el comentario, aunque no recuerdo muy bien que me contestó. Y yo intenté justificarme explicando que no, que no, que el Malasaña que yo viví fue el de los años noventa y que de aquella era auténtico.
Después vino todo lo demás. Empezamos a celebrar allí nuestras fiestas de making of tras los estrenos en el Albéitar y a liarla instalando una pantalla de seis por cuatro en un espacio de seis por seis.
Antes de la reforma y de muchas otras reformas de por dentro y por fuera, vivimos un verano espectacular que terminó materializado en forma de cabeza de Watusi gigante y de la que aún no se si me he terminado de recuperar. Toda la fantasía se materializa y se evapora. Los sueños dulces, no se pueden cortar con el cuchillo y los lleva el viento. Aún recuerdo el picor de mi bigote y el porrón de cerveza.

(Isabel Medarde)

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Me resulta muy difícil disociar El Belmondo de Yago Ferreiro. Sinceramente, no concibo otra persona detrás de esa barra. Él le ha dado ese carácter y nos ha permitido a los demás disfrutar de una variedad musical infinita y exquisita durante cinco años. Ha sido y es, lugar de nacimiento de iniciativas culturales y presentaciones, de juergas, confesionario y también de mentidero. Alzo mi copa por otros cinco más y porque sean tan intensos y agradables.

¡¡ Viva Belmondo !!

(Sergio Bartolomé Domínguez. Turbosergio)

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“Hola Familia”. Eso es lo que suelo decir al entrar por la puerta del Belmondo y encontrarme a Yago y Ana. Recuerdo que la primera vez que fui al Belmondo al poco de su apertura, lo hice con mi amigo Sergio, y ni uno ni otro hemos salido de allí nunca más. Obviamente hemos salido en el sentido estricto de la palabra, hay que trabajar y hacer todas esas cosas aburridas del día a día, pero no lo hemos abandonado nunca en cuanto a espíritu se refiere. Me siento un poco culpable al no poder asistir a todo lo que programan, sabiendo la pasión genuina que hay detrás de cada detalle, y porque siempre es garantía de calidad y más aún de calidez. Sé bien que no necesitan que les dé las gracias, al fin y al cabo esas cosas se dicen demasiado y se demuestran menos, pero si tuviera que dejar de enrrollarme y sintetizar, diría “Gracias por todo”. Ese todo aúna momentos tanto dentro como fuera del propio Belmondo, y espero que sean muchos más.

 (Arsel Rández)

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Lo conocí demasiado tarde. Me había pasado la adolescencia convirtiéndome en una punki desubicada de pelo rojo, mallas escocesas y cadenas hasta los tobillos. Podríamos pensar que todo eso fue porque no encontré un lugar como el Belmondo a tiempo, y hasta mi madre se quedaría más tranquila. Me tuve que asimilar a bares más oscuros, donde la cocaína se aspiraba en la barra sin complejos, y el tabaco disimulaba estar prohibido a pesar de que las leyes lo condenaran con multa y hasta olvido. A quién le importa si acá nunca pasa nada: una viene de la ciudad sin ley donde los santos pasean a los borrachos y no al revés. Hay que decirlo. Entonces yo desvariaba como lo suelen hacer los que saben que alrededor no tienen a nadie que merezca llamarse amigo. Cuando hice las maletas para volar a Buenos Aires hacía apenas unos meses que lo había conocido y mi vida empezaba a parecerse más a un viaje digno. El cambio horario ayudaba a contarle por chat mi tortuosa existencia al otro lado del mundo cuando allá todos dormían. Solía pasar a última hora argentina, cuando una tenía poca fuerza para mantener la sonrisa y varios kilos de nostalgia e incertidumbre para exportar en modo inflacionario. Entonces yo me lo imaginaba acodado allá en su barra, con una paciencia infinita y sin nada mejor que hacer que esperar a que los últimos clientes decidieran irse. Yo, del otro lado, seguía exprimiendo con preguntas los pocos momentos que compartimos juntos en aquel lugar que primero fue un barco y que ahora tiene consistencia de faro en el océano. ¿Quién era ese barbudo flaco que ponía una música que no hacía daño a los oídos?, ¿quién ese tipo fascinante que me contaba como era el mundo fuera de las murallas conocidas?, ¿por qué había visto el Aleph y, sin embargo, había regresado a intentar fracasar con un bar cultural rentable en la España profunda?, ¿quién era ese treintañero tan tímido que hablaba mucho más tranquilo cuando escribía y que le mostraba a una chica de veintitantos que se podía hacer literatura mejor cuanto menos se escucharan las recetas de los que sabían? Lo descubrí demasiado tarde, y mejor así, porque si no la historia hubiese sido diferente y creo que, al final, todos terminamos dramáticamente satisfechos. Incluso casados y felices. Y aún hay luz en todas partes. Lo sé porque cuando volví siendo una mujer canosa con algún que otro sueño cumplido se me recibió igual que cuando mi pulso temblaba pidiendo auxilio. Por eso le queremos tanto. ¡Viva el Belmondo!

(Violeta Serrano)

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BELMONDO LIRONDO

El ventanal, la vidriera es abierta como la sonrisa de Jean-Paul, enseñando todos los dientes (todos los clientes). Tiene un palillo en la boca de la puerta y una cicatriz en la mejilla del piano. Alguien que sencillamente pasa por la calle, cree caminar por un lecho marino y convertirse en buzo, mesmerizado por ese pequeño submarino familiar, varado en los tiempos modernos. Dentro, el émulo del capitán Nemo se debate, enfurruñado, entre el amor escéptico y el odio indeciso hacia la ciudad candado, hacia los periscopios de visillo, hacia la humanidad flotante como bolsas de supermercado en las aguas moribundas. Pero Moribundia somos todas y todos Dogville. Las tortugas sueñan con un actor cómico a saltitos que parece escapado de una de Keaton, cada vez que sale del batiscafo. Allí está viendo pasar, la coctelera agitando, limpiando vasos que fueron poemas, pillándose los dedos con la tapa del piano. Siendo despiadado, honesto, pobre, personaje de un tal Gabriel, escritor a cuatro manos (que nunca a cuatro patas), camarero Oulipo; emprendedor, asalariado y enlace sindical (uno y trino que trina)… Y más cosas que aquí no caben por no cargar.

(Víctor M. Díez)

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Cada vez es más grande en su diminuto espacio.
He tenido muchas vidas allí, mucha calidez, algunos días más fríos, algunas noches más cortas.
Agradezco toda su memoria. He celebrado tantos encuentros allí… (incluido con el mismo dueño).
Me he sentido como en una gran oficina, con geranios y otras flores para bienvenirse o rescatarse.
¡Cuántos churros de madrugada, cuántas fotos, qué de pianos!!.
¡Cuántas vigilias!!
Siempre he vibrado al limpiarme los zapatos en su felpudo de bien recibido, casi a punto de descalzarme al entrar.
Cada vez es más Belmondo el café ahora que no lo tomo allí (pago más, por cierto, y es peor).
Cada vez es más grande su ventanal radiante de tan poca distancia de todo.

(Jorge Pascual)

Anna, en el Belmondo.

Acerca de Eloísa Otero

Periodista y escritora leonesa.

Un Comentario

  1. Tanto la foto de Yago como la de Anna podrían llevar el pie: ‘¿No tenéis casa?’

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