“Lo que nos queda de la muerte”. Jordi Ledesma

Lo que nos queda de la muerte
JORDI LEDESMA
Editorial Alrevés. 2016

Cuando acaban de celebrarse las primeras Jornadas de Negro en Astorga, y metidos ya de lleno en la Semana Negra de Gijón (7 al 16 de julio de 2017), el escritor leonés Luis Artigue reseña algunas de las novedades más interesantes del género negro. Su quinta entrega se centra en “Lo que nos queda de la muerte”, del escritor catalán Jordi Ledesma, a su juicio “la novela negra española del año”.

Por LUIS ARTIGUE

Philip K. Dick, el gran maestro de la ciencia ficción, y su discípulo aventajado en la creación de historias apocalípticas Cormac MacCarthy, insisten en enseñarnos mediante brillantes distopías que caminamos decididamente hacia al fin del mundo; que la humanidad se va a acabar.

Jim Thompson, el maestro de la novela negra con nihilismo postmoderno barrial, sicopático y cruel, junto a su fílmico discípulo gore Quentin Tarantino, y su versión española, esto es, Carlos Pérez Merinero y Paco Gómez Escribano, grandes nombres del hard noir nuestro –la novela negra no policial– a los que hay que sumar merecidamente ya el de Jordi Ledesma (Tarragona, 1979), nos enseñan a su modo, con su costumbrismo suburbial salvaje violento y postmoral, que la humanidad ya se ha acabado.

A tal efecto reparen en las dos primeras novelas perturbadoras de ambiente inquietante, violencia desprejuiciada y estructura fílmica de Jordi Ledesma, sendos tratados de delincuencia de guante negro (con variedad, matices, pormenorizaciones, epatante contundencia y no pocos personajes con cara de “esto va a ser muy chungo”), y comprobarán como los que vivimos en una ciudad, lo sepamos o no, estamos dentro de la salvaje, deshumanizada, selva…

¿Qué puede haber acabado hoy con nuestra humanidad?

Aquí llega brillantemente Jordi Ledesma a explicárnoslo con su tercera y más redonda novela Lo que queda de la muerte (Ed. Alreves), una historia atmosférica con droga, violencia, asesinato, abuso de autoridad, caciquismo y demás lindezas extralegales en un entorno rural costero que, hace no tanto, fue un pueblo de pescadores pero ahora lo ha transformado tan monstruosamente el turismo que se parece a un adolescente que ha crecido muy deprisa y sus padres ya no le entienden…

Los lugareños de toda la vida, que fueron víctimas sociales de la deshumanizadora especulación inmobiliaria, ahora son los verdugos cultivadores del competitivo y excluyente egoísmo cuartelero (todo desde que la codicia, esa fuerza desproporcionada, es el conflicto dramático motor del lugar y de la novela). Los jóvenes (oscilando entre el pesimismo, las tormentas de miedo y una cotidianeidad marcada por la transgresión de normas) tampoco han sabido metabolizar los cambios (esto queda tan claro en estas páginas que la obra tiene no poco también de novela generacional)…

Y acaba de producirse el asesinato en la zona de un tipo anodino pero con historia, el Bocachancha, que aparece en el mar.

He aquí por un lado una novela sobre el sistema económico, sobre las personas, y sobre como se enfrentan ambos, y por otro lado otra novela sobre las personas en tiempos de cambio y como éstas se enfrentan a sus grandes vacíos: todo escrito con afán de autoría, talento narrativo, gran capacidad visual, una atmósfera propia y la contundente crítica social de quien en su novela no habla de política sino que nos presenta sin ambages a seres humanos cuyas vidas han tenido que desterrar algunos caminos importantes, y con eso es suficiente.

Destaca el logro de una voz omnisciente que resulta personalísima por el hiperrealismo nostalgioso y la simultaneidad con la que nos lo cuenta todo, así como una galería de personajes espléndida desde el punto de vista del perfil psicológico (mis favoritos son la bella Lucía y el bestial y corrupto marido Comandante, sí, pero sobre todo esa secundaria aunque muy alegórica pareja de ancianos), y un lenguaje muy cuidado especialmente brillante en las descripciones (también las descripciones de sexo explícito), con trasfondo filosófico y político, con poesía social por todas partes y con un modo tan indirecto como necesario de demostrarnos que este autor ha encontrado su personalidad literaria y su voz… Estupendo modo de hacernos saber que, en verdad, en estos tiempos en los que se responde a la corrupción a veces con indiferencia y a menudo con apatía, la humanidad en muchos sitios y ocasiones se ha acabado, pero la buena literatura nos restaura una parte de la perdida.

A veces el noir es un vehículo para la crítica social, y a veces es además una obra de arte, pero me atrevo a decir que esta novela fundacional, magnética e hipnótica es las dos cosas a la vez.

No es una historia de género más: es la metáfora de cosas importantes.

He aquí la novela negra española del año.

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Jordi Ledesma.

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