“Orquídeas negras”. Juan Bolea

Orquídeas negras
JUAN BOLEA
Ed. Reino de Cordelia. 2016

Cuando acaban de celebrarse las primeras Jornadas de Negro en Astorga, y metidos ya de lleno en la Semana Negra de Gijón (7 al 16 de julio de 2017), el escritor leonés Luis Artigue reseña algunas de las novedades más interesantes del género negro. En su sexta entrega aborda una estupenda novela del autor gaditano Juan Bolea, publicada en 2010, que ha sido recuperada y reeditada por el sello Reino de Cordelia, “Orquídeas negras”.

Por LUIS ARTIGUE

Las películas de cine negro clásico con su textura y sabor maravillosamente antiguo y con su apabullante despliegue visual, esos retratos de la corrupción y de la oscuridad menos humanas pero no menos humanizantes (no sé si no será al revés), no resisten los cambios de localización y de época –no resulta muy creíble Humphrey Bogart en Gijón bebiendo sidra mientras machaca un pitillo detrás de otro–, pero sí resisten tales cambios o revisiones las novelas negras clásicas (esas novelas perdurables que dieron cimiento sólido y personalidad reconocible al género), cuando quien efectúa tal remake tiene pulso, sutileza y la capacidad de entretenerte inteligentemente.

Por ejemplo: ¿se imaginan una perturbadora trama de novela de Dashiell Hammett con criminalidad, sexo y el toque de exotismo derivado de que suceda todo en la isla canaria de El Hierro?

Eso viene a ser la novela de Juan Bolea (Cádiz, 1959) Orquídeas negras, recientemente reeditada por Reino de Cordelia.

Ricardo Dax, un vulcanólogo psicomedicado y con trauma no cicatrizado dentro que, acompañado de un equipo, en teoría está estudiando los fondos marinos de la zona, pero que en secreto está confeccionando el mapa sísmico del lugar con su anexo rosario de catástrofes apocalípticas probables (terremotos, tsumanis, nuevas erupciones volcánicas…), acude a la isla de El Hierro en un helicóptero pilotado por el tipo graciosete Gabriel Sendín. Y piensa en su duelo mal curado. Y en lo inquietante e inhóspita que es esa isla casi deshabitada. Y piensa en la misión señuelo que ha venido a desempeñar, y también en la misión secreta que en realidad desempeñará… Y sale de sus pensamientos al ver en medio de la nada, pero cerca del faro, una epatante mansión de diseño tan opulentamente hermosa como fuera de sitio.

Cuando el guía del lugar, un tipo delgado y panzudo llamado José Perdigón, le conduce a la cabaña que él ha de ocupar, decide que sí, que se queda a vivir en esa isla inhóspita y casi deshabitada que para los antiguos era el fin del mundo –sustituirá por tiempo indefinido a un meteorólogo, Rubén Olmo Seco, que está de baja laboral–.

Tras instalarse en la austera cabaña descubre al poco que en verdad se trata de una isla propia para un retiro y una recarga espiritual de energía zen (bien le viene para reponerse de la sensación que tiene de que el mal se ha cebado con él: recientemente ha muerto su novia Leticia en un accidente de moto).

Pronto comprueba que tiene por vecinos sólo a un artista llamado Fayen, y a un profesor e investigador de lagartos llamado Abel Lambergis, y también a Leo Cosmo, un director de cine de serie b tiránico y alérgico a la normalidad que vive en la recóndita mansión de diseño ilegalmente construida en zona no urbanizable, concretamente en la ladera de un cráter, y la cual tiene una piscina adaptada a una cubeta de lava, y jardín tropical propio, y, además, está repleta de gente rara que trabaja para el propio Leo Cosmo en su nueva película (la cual le tiene loco, valga la redundancia, por la exigencia y el nerviosismo derivado).

Pero aparece en escena enseguida María Puerto, la atractiva, enigmática, frágil y compleja esposa del director de cine, toda una histriónica diosa del sexo digna del perturbado mundo de Roman Polanski, y pasa lo que tenía que pasar, y –intriga, sexo, sorpresas, crímenes…– lo que no tenía que pasar jamás.

La mansión vemos ya fehacientemente que es una de esas casas monstruosamente sintomáticas en las que viven las viejas glorias del cine su crepúsculo de los dioses, los cadáveres de las víctimas aparecen con la firma simbólica de un ramo de orquídeas negras, el ambiente se vuelve más isleño y más asfixiante a cada página… Y el final, tan catártico como sorpresivo, es una agradecible redención.

He aquí a un narrador de talento perturbador que ha escrito así, con capítulos cortos y sin efectos verbales pirotécnicos, una novela de grandes tensiones morales y sexuales con un punto de retorcimiento casi psicoanalítico. La trama tiene el regusto de las ficciones negras clásicas. Hay diálogos que se nos quedan en la cabeza. La ambientación nos descoloca tanto como nos subyuga ese personaje masculino protagonista arrastrándose por un lúbrico torbellino de pasión y muerte en el que, mucho cuidado, corre el peligro de caer el lector que se sumerja en estas páginas…

Lean Orquídeas negras, si se atreven.

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Juan Bolea.

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