J. Benito Fernández: “Veo a Leopoldo María Panero más cerca del diablo que de Dios”

Eloy Rubio Carro con J. Benito Fernández durante la entrevista en Astorga. © Fotografía: Antonio Martínez.

El escritor y profesor de filosofía astorgano Eloy Rubio Carro entrevista a J. Benito Fernández, biógrafo de Leopoldo María Panero, con motivo de su participación en el congreso que se celebra estos días de julio en la Casa Panero de Astorga —titulado “Leopoldo María Panero. La palabra poética y sus límites” (todo el programa, aquí)—.

Las ‘vidas no’ de Leopoldo María Panero

Por ELOY RUBIO CARRO
Fotos: ANTONIO MARTÍNEZ
Desde astorgaredaccion.com

—Eloy Rubio Carro: ‘El contorno del abismo’ es una biografía de Leopoldo María Panero escrita en vida del poeta. Todavía vivió el biografiado 15 años más con una producción poética abundante, ¿no merecería la pena escribir esos 15 años de vida?

—J. Benito Fernández: Bueno esa pregunta me la hago yo constantemente. De hecho cuando acabé el libro de Leopoldo, mantuve lo que se llama un cuaderno de bitácora en el que iba incorporando todo lo que he sabido de Leopoldo María. Pero después de tantos años me da una pereza enorme volver a abrir el libro. Ahora, que viene una editorial y me hace la oferta de volver a editar el libro pues yo encantado de la vida. Lo reabro y lo actualizo, aunque esa vida de psiquiátrico en psiquiátrico tampoco tendría tanto que contar.

—Una vida que es una no-vida, si esto fuera posible. ¿No cree usted que Leopoldo María Panero hubiera sido en otro momento histórico un chamán, un adivino y que su vida hubiera encajado en un esquema social aceptable e inteligible?

—Yo tengo mis dudas sobre eso. Leopoldo es un producto de su tiempo. Tal vez hubiera sido un hombre sin esos problemas clínicos que padeció desde la más temprana adolescencia, hubiera sido un hombre más respetado probablemente en el mundo de la literatura. Pero, al ser un apestado, porque hasta sus propios compañeros de generación le temían, es un producto de su época, de su familia y nada más. Yo no me atrevo a decir si hubiera sido un chamán o un adivino.

—’El último hombre’ es el título de uno de sus libros de poemas. No parece que lo utilice en el sentido nietzschiano del hombre sin consciencia, acrítico, que alimenta más al sistema que vive para sí mismo, reo de lo que Raffaelle Simone denomina el monstruo amable, feliz de no tener las riendas de sí mismo. ¿Leopoldo María Panero tendría una conciencia infeliz por percatarse de no tener esa conciencia de sí mismo? ¿Sería infeliz por darse cuenta de que no se autodirige?

—No siendo especialista en salud mental, esto es una hipótesis muy aventurada que lanzo ahí. Yo creo que el grave problema de Leopoldo María era que no fue nunca un niño feliz. Hay una frase muy tópica ya de Michi, que era “cuando fuimos tan felices”. Yo creo que Leopoldo no fue nunca una persona feliz. Probablemente cuando venían a veranear a Castrillo de las Piedras fuera la época más feliz de los niños Panero.

—Uno de los psiquiatras que lo tuvo a su cargo dijo de Leopoldo que era un hombre que no había llegado a hacerse. Ser un fracaso de hombre en tiempos del último hombre. ¿Hay en ello intención o es producto de su biología o de un destino?

—Pienso que Leopoldo María fue durante toda su vida un inmaduro. Pero fíjate que hasta los propios psiquiatras con los que yo he hablado, ninguno se atreve a dar un diagnóstico certero sobre Leopoldo. Se trata de un paciente con una ‘polisintomatología’. No se puede decir que fuera un alcohólico, no se puede decir que fuera un esquizofrénico. Tenía mil cosas: fumaba muchísimo, se metió de todo. Su cuadro es muy amplio. Su muerte se produce por acumulación de la mala vida seguida.

J. Benito Fernández. © Fotografía: Antonio Martínez.

—La verdad es que leyendo ‘El contorno del abismo’ vemos a un individuo cuya biografía es la del dolor, el propio y el que provocaba en aquellos o aquellas que le amaron o que de alguna manera creyó amar.

—Yo creo que Leopoldo María es un hombre que retrata perfectamente el dolor y él tampoco salió indemne de la empresa. Todas las parejas que tuvo quedaron muy marcadas. Recuerdo ahora dos parejas a las que dejó bastante dañadas por su relación con Leopoldo María: Marava y Mechita. La relación con sus propios amigos también era dolorosa. Era un hombre agotador. Cuando hube de visitarlo en Mondragón acababa el día agotado, deseaba que ingresara en el psiquiátrico porque no podía más, no tenía fin. Yo al principio me molestaba que le eludieran sus propios amigos, pero luego al final he acabado entendiéndolo. Ahora todos lo idealizan mucho. Leopoldo tiene un regimiento de seguidores todos muy jóvenes que no le han conocido. Con una obra muy atractiva, que atrapa, pero el sufrir a Leopoldo María, salvo la excepción de Luis Arencibia, el escultor y pintor de Leganés,  que es un santo varón y que lo soportó hasta el final de sus días, no conozco a nadie, empezando por su propia familia,  que tuviera las agallas de prestarle los hombros para sus lloros.

—También en Astorga ahora se le reivindica, donde hasta hace nada ha sido un apestado no solamente como persona sino como poeta. Ahora está ya muerto y se le reivindica para una aventurada peregrinación de fans que vendrían a comer sus bocadillos a una imaginaria tumba con nombre falseado.

—Sí, me consta y solo hay que recordar la reacción de ‘El Desencanto’ en Astorga.

—Por avatares de las modas poéticas su poesía pasó por altibajos valorativos, para recuperarse en los últimos tiempos. También es cierto que en su etapa final hizo en términos de uno de sus editores mucha ‘poesía alimenticia’.

—Yo, no siendo un degustador de poesía, creo que Leopoldo María es un gran poeta, quizás junto con Pere Gimferrer el más brillante de su generación, pero también considero que el grave defecto de Leopoldo es que usaba poco la papelera. En los primeros poemarios de Panero está todo lo mejor de él. Lo último escrito por él, para mi gusto, era algo repetitivo sin aportar grandes novedades. De vez en cuando aparecía por ahí un diamante entre tanta ganga, sin haber un libro completo, redando como para decir, esto es como ‘Arde el mar’ de Gimferrer. Pero los máximos responsables de esta abundante y descuidada producción, es de algunos de los editores muy interesados que le publicaron hasta los excrementos garrapateados en las servilletas del café.

J. Benito Fernández. © Fotografía: Antonio Martínez.

—Su relación con las mujeres es infantil. Con el patrón amor-odio instaurado en su relación con su madre Felicidad. Llega a la agresividad, al maltrato. Usted cuenta que a Marava le propinó en una ocasión un palizón fenomenal. A Mechita tras un pataleo infantil le destroza el apartamento parisino. ¿Por seguir siendo niño necesita seguir siendo hiena?

—Leopoldo María era un enfermo con una obra lúcida, pero por encima de todo Leopoldo María es un enfermo, no en vano se pasa la vida en los psiquiátricos. Quizá el origen de los internamientos por fumarse unos cuantos canutos de grifa fuera un error por parte de su madre, pero en esa época la drogadicción se trataba en los psiquiátricos, tampoco había otras maneras. Aunque a lo mejor también él se enganchó a esa cadena hospitalaria.

Lo de las palizas, lo del maltrato me imagino que entra dentro de la órbita mental de él. Yo indagaría primordialmente en el por qué esas mujeres están atrapadas a esa historia. Es como en todo maltrato. Mantiene relaciones complicadas, pero no solo con Mechita y con Marava, las relaciones que tuvo con muchas mujeres e incluso con hombres son de tipo sadomasoquista, con Eduardo Haro Ibars, por ejemplo, y otros también que viven.

—Leyendo su libro se tiene la sensación de que usted escribe un libro imposible, una biografía de quien no tendría biografía. Se nota sobre todo en los últimos capítulos donde Leopoldo aparece sin persona, sin máscara, renegado de sí mismo. Ya solo se exhibe como un nombre para las chanzas de unos cuantos, una ficción para esa entidad llamada autor.

—Eso es debido al declive vital de Leopoldo María. El encerramiento tiene eso como consecuencia, él solo sale para dar charlas y entrevistas. A lo mejor pudiera ser un defecto mío como biógrafo que me he limitado a hacer de notario y a registrar solo su vida pública. En el momento que empieza a ser acogido en los manicomios él comienza a ser un hombre bajo tutoría de otro u otros, por lo tanto el libro refleja eso que pasa. Esa pérdida de dirección reflejada en el libro es tal vez otro valor del libro.

Te voy a poner un ejemplo de lo que me ha sucedido con Rafael Sánchez Ferlosio, cuya biografía saldrá en octubre. Rafael Sánchez Ferlosio no tiene vida, es un tío aburrido encerrado en su casa leyendo, no hace otra cosa que leer y escribir. Pero claro, yo, como biógrafo, tengo que reflejar eso, esa vida nonada. Es un problema del personaje, no mío como biógrafo de Rafael. En el caso de Leopoldo María los años más divertidos son aquellos en los que anda viajando de acá para allá, Barcelona, Palma de Mallorca, donde le pasan cosas; pero no es por un asunto voluntario de él, ya sabes que él siempre decía que era un muerto en vida, es pura decadencia, también se va haciendo mayor y yo me limito a registrar las cosas que le van pasando que son cada vez menos.

—Una última cosa que me ha sorprendido de Leopoldo María Panero es que fuera creyente. Siempre lo había creído ateo, un duro ateo que fantaseaba con el mal y el diablo ¿Podría dar concreción a esa creencia? 

—Yo no le consideraría una persona creyente.

J. Benito Fernández. © Fotografía: Eloy Rubio Carro.

—Bueno, pero en la biografía, sin que pueda producirse esa impresión, lo dice expresamente, es solo una frase. Yo le preguntaba si podría dar concreción a esa creencia y como uno de los temas de Leopoldo Panero, su padre, era Dios –de hecho se han escrito varios ensayos sobre ‘El Dios de Leopoldo Panero’, es el caso de José Antonio Carro Celada o de Juan Sardo–, por eso le preguntaba por cómo sería el dios de Leopoldo María Panero.

—Yo es que lo veo más cerca del diablo que de Dios. No recuerdo ahora muy bien el lugar de esa frase en el libro, pero yo no creo que fuera creyente, a lo mejor por la gracia esta en los psiquiátricos que les obligaban a ir a misa los domingos y él iba allí como una diversión.

Información relacionada:

Imagen del público durante la apertura del congreso dedicado a Leopoldo María Panero en la Casa Panero de Astorga. Foto: astorgaredaccion.com

Un Comentario

  1. Ya decía Leopoldo “lo que yo soy sólo lo sabe el verso que va a morir en tus labios
    como el relincho que da fin a la caza”
    Me parecen deprorables, indigestivos, todos esos juicios morales…., tanto por el biógrafo como por el entrevistador, sacados de una especie de salsa rosa con tintes intelectualoides del esperpento del mundo occidental. No pude ni acabar de leerlo.

    Por suerte Panero dejó sus versos.
    Y mando a la rechingada a todos los demás.

    Son ese tipo de labios que matan el verso de Panero. Panero ya lo sabía. Fueron sus ojos abiertos como fuego en un mundo de ciegos…. las mil preguntas bajo las que ardió bajando a todos los abismos de lo humano, entrando mucho más allá de sí y aguantando los castradores químicos y el fascismo de los manicomios y una sociedad de plástico quemado… …y aún así trajo corazón de dinamita, canciones del infierno, bellas y terribles como quien acaba de morir y vuela con sus huesos y trae el verbo de la primera flor aunque el hambre esterilice la tierra.
    Quienes nunca se atrevieron a arder……, sólo les queda oficio de biógrafos de chicle y sacarse la foto.

    Por suerte Panero nos dejó sus versos.

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