Las piedras de Jonás Pérez

El escultor Jonás Pérez ante una de sus obras. © Fotografía: Amando Casado.

Tras el fallecimiento del escultor leonés Jonás Pérez el pasado 1 de noviembre de 2017, a los 85 años de edad, reproducimos el texto que escribió el artista Eduardo Arroyo —su “vecino” en el pueblo de Robles de Laciana— para el catálogo titulado “Jonás Pérez: El primitivismo poético” (ILC, Diputación de León, 2011), editado con motivo de la exposición homónima que pudo contemplarse en el Centro Leonés de Arte (CLA) entre diciembre de 2011 y febrero de 2012. Las fotografías son de Amando Casado.

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Las piedras de Jonás Pérez

Por EDUARDO ARROYO 

Jonás Pérez prefirió el aire libre a las galerías en penumbra de las minas. Bien es verdad que nació el 9 de mayo de 1932 en Valle de Mansilla, un pueblo cercano a León que jamás conoció la industria del carbón. Jonás Pérez, vecino del Valle de Laciana, ha ejercido a lo largo de su vida diferentes oficios siempre a la luz del sol y siempre con voluntad, destreza, buen hacer. Cuando por la primera vez visité en Robles –mi pueblo– su taller en medio de huertos, hortalizas y frutales me di cuenta de que allí vivía y trabajaba un escultor. Y fue allá, por los inicios de los años 90, cuando empecé a seguir los trabajos en piedra de mi vecino. Y el caso es que poseo una magnífica pieza de esa época, una cabeza de arenisca con base caliza, una cabeza de hombre barbudo y aunque Jonás se empeña en decir que mi escultura es la primera que salió de sus manos yo no me lo creo y miro para otro lado. No me lo creo porque para mí Jonás es un escultor desde siempre. En mis visitas, al observar que el artista vive rodeado de rocas pequeñas y grandes, de piedras livianas y pesadas comprendí que se las había apropiado tras haberlas rescatado de la naturaleza. En esa elección, en esa búsqueda está la esencia del ser escultor. Sopesas, valoras, mides, observas y te llevas contigo, en el zurrón, una masa mineral trabajada por la naturaleza porque sabes que de esa substancia informal algún día saldrá una cabeza, una escultura, un objeto. Y es que el simple hecho de agacharte para luego levantar del suelo una caliza, una arenisca, un pórfido, una dolomía te convierte ipso facto en un hombre que hace escultura y te condena a seguir siéndolo. Claro está, con esto no quiero decir que ese simple gesto te convierta en un ser más feliz sino que sin tu consentimiento te vuelves en uno que mira las piedras. A veces mientras que con Lolo García Prieto trabajamos en una piedra pienso en Jonás y me doy cuenta de que en Robles de Laciana, en este pequeño pueblo de las montañas de León, se cogen piedras y no precisamente para tirarlas a la cabeza de los transeúntes.

Tampoco las tiraba a la cabeza de nadie Josepth-Ferdinand Cheval. El famoso cartero rural francés que repartía cartas andando por los pueblos ubicados entre Hauterives y Tersane, se convirtió en escultor y arquitecto al atravesar esta zona del departamento de la Drôme. A lo largo del día él también se agachaba para escoger rocas y fósiles de líneas curvas, los guardaba con sumo cuidado en un pañuelo y los colocaba en su cartera ya vacía de correspondencia y volvía a casa con su tesoro mineral. Cuando empezó la construcción de su Palais Ideal recorría unos cinco o seis kilómetros suplementarios después de su gira postal de treinta kilómetros diarios por unos incómodos caminos para recoger con una carretilla las piedras que había elegido y amontonado a lo largo de su ruta: trasladaba a su pueblo este material de mucho peso y daba forma a su sueño de noche a la luz de un candil. Contó que había dedicado a esta construcción 34 años de trabajo intenso.

Es obvio que para ser un arquitecto del valor del Facteur Cheval o para ser un escultor de la talla de Jonás Pérez no basta con recoger piedras y picarlas. El escultor Jonás tiene una visión poética del vivir, como la tuvo el Cartero. Para los artistas de abolengo y para Jonás es el propio trabajo el que anuncia el resultado de la obra aunque la manipulación de una masa inerte no se ciña exactamente a lo que el artista ha imaginado, porque en el quehacer la pieza se modifica y se construye.

La expresión de las figuras ensimismadas labradas por Jonás nos resultan perplejas o sorprendidas y la intensa mirada de sus rostros se dirige directamente hacia La Muezca, la montaña que casi tocamos y que hace frente a nuestro pueblo de Robles. Me es grato pensar que sus esculturas y las mías, a pocos metros de distancia, miran hacia la montaña y disfruto imaginando que si bajan los ojos se topan con el Sil que discurre a nuestros pies.

Ahora, con esta exposición podremos descubrir el mundo original y particular de Jonás Pérez: figuras de mujeres y de hombres, efigies de santos y de personas de a pie, y en medio de mujeres orgullosas y hombres sabios, una cabeza de Salvador Dalí con sus bigotes inhiestos. La acumulación de personajes barbudos junto con la presencia de alguna que otra mujer en topless no dejarán de sorprendernos y de encantarnos. Al ver reunido ese mundo raro, primitivo, enterrado, rescatado gracias a Jonás Pérez nos enteraremos de que, como un mago de la poesía, el artista nos lo devela y nos lo regala.

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