Jonás, una palpitación expresiva de la sensibilidad pura y primigenia

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Tras el fallecimiento del escultor leonés Jonás Pérez el pasado 1 de noviembre de 2017, a los 85 años de edad, reproducimos el texto que escribió Luis García Martínez —director del departamento de Arte y Exposiciones del ILC— para el catálogo titulado “Jonás Pérez: El primitivismo poético” (ILC, Diputación de León, 2011), editado con motivo de la exposición homónima que pudo contemplarse en el Centro Leonés de Arte (CLA) entre diciembre de 2011 y febrero de 2012. Las fotografías son de Amando Casado.

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Jonás, una palpitación expresiva
de la sensibilidad pura y primigenia

Por LUIS GARCÍA MARTÍNEZ

Jonás Pérez nace en 1932 en Valle de Mansilla, población perteneciente al ayuntamiento de Villasabariego, pero reside desde hace años en el pequeño pueblo de la montaña leonesa de Robles de Laciana, muy próximo a Villablino. Laciana es una comarca emblemática en la historia de la minería leonesa, de la resistencia de los maquis durante la postguerra española, de la lucha obrera, y uno de los focos culturales más importantes cuando se crea en 1886 la Escuela de Sierra Pambley en la que se puso en funcionamiento el modelo educativo más libre y revolucionario con la implantación de la filosofía de la Institución Libre de Enseñanza; hoy ese espíritu pervive en la Fundación Sierra Pambley.

Robles de Laciana es un espacio mágico enclavado en un maravilloso valle por el que transcurre el río Sil, en el que la naturaleza emerge y se expresa con plenitud y en donde el hombre parece reconciliarse con ella, motivo por el cual no es de extrañar que la Unesco en julio del año 2003 declarase esta zona como Reserva de la Biosfera; un patrimonio que debemos proteger y preservar entre todos para generaciones venideras. Con una población aproximada de unos doscientos habitantes, Robles es un lugar tranquilo donde los días y las horas transcurren lentamente acompasadas por el devenir de las estaciones. El olor a la siega, la brisa suave sobre la frente o el frío helador que penetra en el cuerpo, hacen revivir y reencontrarse con uno mismo y rememorar los recuerdos más felices de la infancia. Este hábitat es el que marcará de una forma clara y definitiva a nuestro creador, como si de una huella indeleble se tratase, puesto que en él encontrará la paz y la tranquilidad necesarias para crear y formalizar la ardua e ingente labor que viene desarrollando desde hace algo más de dos décadas. Las primeras obras están fechadas en 1990 y hasta el día de hoy sigue trabajando con una gran energía e intensidad, pero quizás lo más importante es la ilusión con que afronta día a día su quehacer creativo; sin duda síntomas evidentes de la extraordinaria fuerza mental y espiritual de este Vulcano de la piedra, que nos atrapa y seduce con su asombroso y visionario mundo plástico.

Curiosamente el origen de su nombre es hebreo y significa paloma de la paz. Jonás fue un profeta del Antiguo Testamento que se reveló contra Dios y mientras escapaba de la presencia divina, viajando por el mar, fue arrojado por la tripulación del barco y engullido por un enorme pez; sólo su creencia, arrepentimiento y oración salvó su vida. La historia de Jonás da testimonio de la gracia de Dios y representa simbólicamente la salvación para todos los seres humanos. Por lo tanto Jonás es terco y tozudo y se revela contra el poder divino, pero lleva implícito el mensaje de salvación. Con las debidas distancias y descontextualizando el contenido religioso, algo parecido ocurre con la escultura de Jonás Pérez, su tenacidad y esfuerzo pétreo se convierte en una especie de catarsis espiritual que transforma al hombre en una proyección esencial de su propia existencia, trascendiendo más allá al propio artista, pero esa trascendencia también se produce en nosotros, como participantes en esta especie de ceremonia esotérica del descubrimiento artístico, de lo mítico, de lo ancestral, de lo humano, en la escultura de Jonás. Una obra que nos proyecta más allá del presente a partir de una introspección y análisis de los sustratos más estructurales, esenciales y germinadores de nuestra cultura primitiva y mediterránea.

Jonás es sin duda un gran sabio, a pesar de que algunos puedan pensar lo contrario, puesto que tiene la gran virtud de escuchar con suma sensibilidad y atención y al mismo tiempo interpretar y descodificar las voces de su interior, esas voces o susurros que palpitan intensamente y que posibilitan la manifestación formal de estas pequeñas joyas en dimensiones, pero grandiosas en su sentido estético y plástico, porque se constituyen en la expresión más pura, esencial y primigenia de nuestra cultura ancestral. Jonás cuenta con una sensibilidad muy especial: oídos que saben escuchar, manos que saben cincelar y ojos que saben descubrir en la piedra esas configuraciones formales que son la expresión de nuestra esencialidad originaria. Jonás es un caso excepcional de purificación cultural, alejado de las contaminaciones maniqueas de nuestro tiempo y de los ambientes artísticos, que, como un gran teatro de marionetas, utilizan a los artistas en el despiadado y complejo mundo comercial e institucional para luego dejarles caer, desasistidos o simplemente convertidos en un producto de intercambio económico y cultural. Jonás es libre como un pajarillo de ese gran bosque lacianiego, donde todavía pueden vivir en libertad el oso o el urogallo. Nunca ha tenido pretensiones económicas ni veleidades expositivas más allá de su entorno más próximo, cuando permite que algunos amigos o familiares visiten su taller, ese espacio virgen, vital y sagrado en el cual en la más absoluta soledad se transforma en una especie de demiurgo; allí en silencio respetuoso y un cierto brillo en los ojos, enseña sus obras con entusiasmo y gran parsimonia, como si de una ceremonia ritual se tratase. Basta con observar su rostro para descubrir a un gran hombre que ha vivido y sentido, que palpita en sus esculturas.

Autodidacta y artista tardío

Jonás se aproxima muy tardíamente a la escultura de forma totalmente autodidacta, muy próximo a cumplir los sesenta años, aspecto que nos puede extrañar sobremanera desde una perspectiva actual, puesto que hoy en día se considera que un artista de treinta años ya debe de contar con una amplia trayectoria artística y un evidente reconocimiento público. Pero este no es el caso, no debemos olvidarnos que proviene de esa generación de niños que sufrieron en sus propias carnes la tragedia de la Postguerra Civil, el racionamiento alimenticio de la misma, la escasez de medios económicos y una escasa educación a la que únicamente tenían acceso un grupo reducido y privilegiado de españoles. Una generación que se vio forzada a trabajar desde que eran muy jóvenes para poder ayudar a la familia e incluso a emigrar fuera de nuestras fronteras; por lo tanto los valores del trabajo, la constancia, la familia y la vivienda, se convierten en esenciales y prioritarios en sus vidas. Una vez resueltos y estabilizados estos aspectos fundamentales, es cuando surge de forma casual y primaria, la necesidad y el empuje de la creación innata, como si de una tensión arrebatadora se tratase, que le envuelve, subyuga y le hace descubrir una nueva realidad que se convertirá en un objetivo vital.

El taller

La primera vez que me acerque al taller de Jonás, lo hice de la mano de un gran artista y amigo, Eduardo Arroyo; yo creo que de esto hace algo más de seis años, coincidiendo con los ya imprescindibles y emblemáticos Encuentros con Rosa Torres Pardo, que organiza todos los veranos Eduardo en Robles el último fin de semana de julio. Nos recibió en la puerta de la finca con un mono azul desgastado y marcado por el tiempo y el trabajo, me observó con una mirada directa e intuitiva en la que descubrí de forma inmediata el sosiego, la paz y la sinceridad de un hombre bueno, que se siente ilusionado y agasajado por nuestra visita. Ascendimos lentamente la cuesta del huerto que lleva hasta su pequeño museo, un barracón con un espacio reducido, donde de forma anárquica se distribuían por las paredes y suelo, unas obras que de forma inmediata me impactaron y sobrecogieron. Jonás es un hombre parco en palabras y Arroyo fue el que tomó la iniciativa y en cierto modo realizó funciones de cicerone. Después pasamos a ver su taller, en realidad un reducido cobertizo al aire libre en la parte trasera de su casa, un espacio mínimo, austero y donde la climatología se muestra con gran esplendor y dureza al mismo tiempo; este es el lugar donde trabaja y donde pasa horas y horas golpeando con la maza sobre el cincel o el puntero para descubrir el misterio interior que guarda la piedra. Una imagen que nos trasmite la fortaleza de espíritu y la constancia de Jonás en trabajar en aquello en lo que cree, aunque sea en la máxima austeridad y soledad, sin pretender reconocimiento alguno, exceptuando la propia satisfacción del trabajo bien hecho.

La talla directa

El proceso técnico de producción y elaboración de Jonás, la talla directa, surge de las raíces más ancestrales de los antiguos maestros canteros en la escultura y por lo tanto es muy primario y básico, aunque mantiene la aureola de lo grandioso, mítico y misterioso. Únicamente conozco otro caso emblemático de la escultura leonesa que utiliza el mismo procedimiento de creación y que lo mantiene y mima con impoluta pureza; es una gran persona y magnífica artista, de origen astorgano: Castorina, un ejemplo que se podría considerar paralelo, claro y evidente de la necesidad intuitiva de considerar la creación como el oxígeno vital de la existencia. Este tipo de sistema de producción pone al límite a los artistas porque implica una extrema dureza tanto física como mental y al mismo tiempo supone mantener una gran constancia hasta conseguir ver la obra concluida, como si de una catarsis se tratase desde que se inicia la obra hasta su finalización. La maza, el martillo, el puntero, el cincel, la gradina, las limas y los lapiceros de colores se convertirán en las herramientas protagonistas del trabajo de Jonás y en muchas de sus obras se pueden observar con perfecta definición las huellas específicas de cada una de ellas, como si quisieran dejar de alguna forma, constancia de su presencia y protagonismo en el proceso. Este sistema de trabajo determinará en cierto modo el lenguaje primitivo o naif, aunque este término no creo que sea el más adecuado en las piezas de Jonás Pérez. Un artista arcaico que se sitúa en pleno tránsito entre el siglo XX y el XXI, justo cuando se alcanza el máximo desarrollo de las tecnologías y al mismo tiempo su aplicación más intensa en los procesos de producción artística, llegándose a situaciones extremas en las cuales el creador niega plenamente el procedimiento de realización manual o producción directa y se aleja de la formalización de la obra, considerando que el acto de creación está únicamente en la elaboración de bocetos, maquetas o proyectos. Sin duda el mundo específico y singular de Jonás está muy alejado de este tipo de posiciones y de las actuales tendencias que se consideran consolidadas en el ámbito de la escultura, pero aun así Jonás ha sabido despertar en un amplio número de personas y en mí en particular, el máximo interés por sus propuestas creativas.

Rocas, piedras y cantos rodados

El material con el que trabaja Jonás es extraño y curioso, puesto que en cierto modo debería de considerarse como un elemento natural de tipo residual o desecho, que se recicla con otra función: rocas, piedras y cantos rodados, inútiles e inservibles que le regalan amigos, conocidos o familiares que conocen sus intereses expresivos, o que él mismo se encuentra por casualidad en cualquier zona por donde pasea o viaja. Materiales que son escogidos por parte de Jonás por un proceso complejo que implica el descubrimiento de la potencialidad expresiva de la materia en si misma. Lo más distante en relación a los grandes maestros de la escultura clásica, como Miguel Ángel o Bernini, que contaban con una amplia formación cultural, experiencia técnica, tecnología adecuada de la época y al mismo tiempo utilizaban materiales de alta calidad y gran coste económico como el mármol de Carrara. La materia prima con la que trabaja Jonás, plantea una cierta limitación en la concepción y elaboración de las piezas, puesto que las formas que surgen del bloque matriz suponen un redescubrimiento o reencuentro entre Jonás y la forma latente y preexistente en la piedra, algo parecido a lo que Miguel Ángel planteaba cuando nos habla de descubrir la forma existente en el interior del bloque por medio de la eliminación del sobrante. Pero Jonás se tendrá que enfrentar al mismo tiempo a un gran problema técnico y mecánico, puesto que al no utilizar un tipo de piedra estándar e industrializada con características homogéneas, su trabajo se complica hasta límites insospechados como consecuencia de las diferentes densidades, las fisuras o las impurezas que presenta la materia prima que utiliza. Según hemos podido observar utiliza un amplio repertorio de materiales pétreos que presentan un gran abanico de propiedades, desde la arenisca, la caliza, el pórfido, o incluso algunas que contienen un alto porcentaje de mineral de hierro y alcanzan una extrema dureza en su tratamiento. Por supuesto también introduce el metal como elemento de expresión formal, pero de una forma muy comedida, y se incorpora tanto como elemento complementario en algunas articulaciones de volúmenes como componente único y esencial en la conformación de algunas obras. Las técnicas o recursos que incorpora en su tratamiento van desde la soldadura de varilla al silueteado de formas o la incisión y repujado que permite la descripción tanto de formas lineales como detalles. Otro aspecto que debemos de destacar como excepcional, es la utilización de la fundición en plomo en la realización de dos obras en relieve de pequeño formato que representan caras muy expresivas y esquemáticas, técnica que nunca más ha vuelto a utilizar.

Temas de su escultura

El repertorio temático que utiliza es muy clásico y al mismo tiempo estructural en relación a las culturas primitivas o arcaicas, centrado fundamentalmente en la visión del hombre, aunque también cuenta con algunas representaciones puntuales de animales, plantas o imágenes tecnológicas como pueden ser el caso puntual y anecdótico de dos especies de cohetes.

El busto es uno de los modelos escultóricos que más utiliza, tanto en el caso de la representación femenina como de la masculina. En algunos de ellos surgen los rasgos faciales del personaje insinuados levemente por líneas esquemáticas y suaves, como si de un relieve o dibujo en piedra se tratase. En otros alcanza un mayor volumen y descripción de las formas, por medio de un vaciado que se hace mucho más intenso y agresivo. Pero aún así y en ambos casos, siempre queda perfectamente reflejada la forma originaria de la piedra de la que surgen, como si de un volumen o materia matricial se tratase. Estos bustos pueden ser de un solo bloque de piedra y entonces aparecen más elaborados en su conformación, pero en algunas ocasiones son articulaciones o ensamblajes de dos elementos, uno que corresponde a los hombros y que en muchas ocasiones es la piedra originaria y está prácticamente sin tratar, y el segundo que representa la cabeza y aparece elaborado de forma mucha más descriptiva.

Escultura de Jonás Pérez. © Fotografía: Amando Casado.

También utiliza reiteradamente la representación de cabezas exentas o incluso simplemente caras que pueden tener más o menos volumen, llegando en algunas ocasiones a ser simplemente relieves con una mínima incisión que sirve para definir el rostro.

La representación de la figura humana completa vendrá de la mano de la mujer en forma de Venus que nos recuerda o sugiere por proximidad simbólica y formal algunas obras del paleolítico como la Venus Willendorf, aunque con algunas diferencias evidentes que hacen que la figura femenina tenga una visión más actual, como la estilización del cuerpo o la incorporación sorprendente de un guiño irónico en la parte trasera de la pieza cuando incorpora, como si de un juego surrealista se tratara, un tanga tallado y coloreado de rosa; no obstante sí mantiene la intensa conformación y expresividad tanto en los pechos, marcando unos enormes pezones, como en los labios genitales que aparecen con una perfecta definición como consecuencia del rasurado del monte de venus. También aparecen en forma de relieve dos cuerpos de mujer con la forma y postura casi idénticas, como si estuvieran recostadas, siendo la variación más notable que una aparece desnuda y la otra vestida con un bikini coloreado; aspecto que nos recuerda la famosa anécdota de la Maja desnuda y la Maja vestida de Francisco de Goya y Lucientes.

Por otro lado hace una incursión muy significativa en el mundo de la representación simbólica de la muerte, por medio de la utilización del cráneo humano, aspecto de amplia tradición en la historia del arte español y desarrollado ampliamente en las vanitas tanto de la pintura como escultura barroca española, pero que llega hasta nuestros días con las extensas series de destacados creadores como Luis Fernández o el propio Eduardo Arroyo que en su magnífica intervención escenográfica de Puerta de Castillo en León, dedica un espacio completo al desarrollo plástico de una gran instalación centrada en el tema de la vanitas. En este asunto en concreto, y como veremos en algún otro, como es el caso de la representación de moscas e insectos, podemos observar un cierto punto de encuentro o confluencia de Jonás con Eduardo Arroyo, a la sazón amigos y creadores que viven en el mismo pueblo y también comparten vivencias. Otro tema que le interesa e incorpora a su repertorio plástico es la representación de algunos animales míticos como el león o el oso, tratados con una gran ingenuidad y sencillez formal. También aporta un relieve de una serpiente zigzageante que se arrastra por el suelo, figura que cuenta con una amplia representación en la historia del arte y al mismo tiempo cuenta con una compleja simbología que hace referencia a la energía, la muerte, la vida eterna o la regeneración.

Como no podía ser de otro modo también aparecen entre sus temas algunos aspectos formales de tipo sexual como el falo, con dos piezas muy similares. La representación del hombre con el pene erguido o la del falo unitario, se puede rastrear desde hace miles de años y siempre ha estado presente como un elemento estructural tanto de forma diacrónica como sincrónica en las diferentes culturas que se han desarrollado desde el inicio de los tiempos hasta hoy en el planeta Tierra. Es genéricamente un símbolo de la fertilidad, de perpetuidad de la vida y del poder activo; en Roma también se utilizaba como amuleto que servía para quitar el mal de ojo y atraer la buena suerte. El falo representado por Jonás nos recuerda la obra de algunos autores surrealistas como Man Ray, y su Pisapapeles Priape de 1920, pieza que participó en 1996 en una exposición realizada sobre el autor en la sala Provincia. Pero como no podía ser de otra manera Jonás nos hace un guiño de contemporaneidad introduciendo una vez más un cierto sentido irónico, socarrón y chocante cuando sitúa muy próximo al gran falo un preservativo de piedra.

Las esculturas de Jonás son de bulto redondo y el volumen pétreo se encierra sobre sí mismo y no se expande o abre al espacio exterior creando un diálogo de interrelación, excluyendo algunas representaciones de aves, hormigas o arañas, en las cuales incorpora algunos elementos de acero o alambre que facilitan esa interrelación de forma muy básica. Como pauta general sus obras parten, exceptuando algunos casos muy puntuales, de la aplicación de una estructura y composición muy estricta que utiliza la simetría bilateral para la ordenación de los diferentes elementos dentro del volumen. El esquematismo figurativo y la simplificación en el tratamiento de las formas, así como la concreción analítica de algunas partes, nos trasladan un intenso sentido primitivo y arcaico. Obras que parecen ser como imágenes congeladas en el tiempo, que nos transmiten un hondo y misterioso hieratismo que nos atrae profundamente. La frontalidad se hace muy intensa y evidente, y hasta tal punto llega, que gran parte de sus esculturas tienen sentido únicamente desde una mirada de frente y con un enfoque visual de ciento ochenta grados, dejando sin ningún interés o aportación descriptiva la parte posterior de la obra; de esta forma la gran mayoría de sus piezas funcionan como verdaderos relieves escultóricos. La expresividad alcanza límites insospechados gracias a la huella de la herramienta que pervive en la piedra, la incorporación de grandes ojos almendrados o circulares que nos miran de una forma directa e inquisitorial y que en algunas ocasiones hasta se pueden mover, o el contraste y sorpresa que aporta un toque de color en algunos elementos como la ropa, los labios y los ojos. Al mismo tiempo la iluminación lateral de estas piezas hace que se descubran nuevos matices que las dotan de una gran potencia plástica y dramática, convirtiéndolas en un profundo enigma.

La muestra que presentamos en el Centro Leonés de Arte de la Diputación de León, supone en primer lugar un intenso trabajo de investigación de algo más de un año del Departamento de Arte en colaboración con Jonás Pérez, Carmen Díez, Amando Casado, Vicente García y Marcelino Cuevas a quien quiero agradecer profundamente sus desvelos y esfuerzos, al igual que a Eduardo Arroyo, pero el aspecto más importante de todo este proyecto es sin duda el descubrimiento, presentación y puesta en valor de uno de los creadores más interesantes del panorama artístico actual.

 

Un Comentario

  1. Pingback: Las obras de Jonás Pérez y Eduardo Arroyo dialogan en una espléndida muestra en La Vid de Gordón | Tam-Tam Press

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