Las pataletas de los rechazados por el rock & roll hall of fame

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Bon Jovi y The Moody Blues han entrado este año en el salón. 

Por CARLOS DEL RIEGO

Esto del Salón de la Fama del Rock & roll es, como todos los premios basados en la opinión y la subjetividad, una verdadera fábrica de descontentos y resentidos que, como es lógico, protestan por no ser incluidos; si se niega el premio a gentes del mundo de espectáculo en general habrá ruido, pero si son del negocio del rock hay que esperar todo tipo de insultos. Este año no ha sido distinto, es decir, algunos ‘viejos rockeros’ han despotricado lo suyo contra el salón de marras a causa de, claro, haber sido rechazados

Se entregan cada año  tal cantidad de premios, trofeos, condecoraciones y honores que, como alguien dijo alguna vez, estaría bien que se organizara una especie de concurso para elegir el mejor premio del año. Entre los que más ruido meten están los relacionados con la farándula, con el ‘show business’, y dentro de ese diverso sector se encuadran los musicales, los casi infinitos Grammy, Grammy Latino, Emmy o esa especie de entrada en los altares que es la inclusión en el Rock & Roll Hall of Fame. Estos últimos vienen designándose desde 1986, cuando industriales del entretenimiento, empresarios del mundo del disco, editores y (¡cómo no!) abogados, pusieron en marcha la iniciativa; hasta la fecha se han glorificado a alrededor de 220 ‘santos’ del r & r, la aplastante mayoría de los cuales están ahí por evidentes merecimientos, aunque ni están todos los que son ni son todos los que están.

Repasando la lista del santoral incluido en esta capilla se notan ausencias escandalosas, pero lo que realmente ofende es ver algunos nombres indignos de figurar ahí, de modo que se comprende que algunos de los excluidos echen chispas. Este 2018 ni siquiera han entrado en las previas nombres como Iron Maiden o Ted Nugent que, como no podía ser de otro modo, han gritado más que en un concierto y echado más insultos a la organización que a los managers y discográficas. Bruce Dickinson, de Iron Maiden, vino a decir que ese salón era algo así como un contenedor de basura, y que quienes deciden quién entra y quién no deberían beber más cerveza y tomar menos prozac; por su parte, el desafiante guitarrista acusó a los jurados de marginarlo por sus ideas políticas, ya que él suele alardear de sus preferencias e inclinaciones republicanas, derechistas y de amante de las armas, así que también utilizó el término ‘basura’ para referirse a los que no le permiten subirse a los tabernáculos del rock.

Y es que, ciertamente, es como un directo al ojo ver nombres como Abba al lado de los Stooges de Iggy Pop; aunque casi peor es que figuren raperos en los altares del rock, puesto que el rap no debería ser considerado ni siquiera música, ya que, a diferencia de cualquier composición musical del tipo que sea, ningún rap puede tararearse ni transcribirse a una partitura; en fin, ¿es posible imaginarse un rap instrumental?, parece tonto siquiera plantearlo, ya que el hip hop es una especie de poesía callejera que se recita o declama con un fondo musical, pero eso no lo convierte en música, y muchísimo menos en rock & roll.

Según se especifica en su normativa, para acceder a tan famoso salón se tienen en cuenta ‘la influencia, significado y contribución del artista al desarrollo y perpetuación del r & r’. Así, ¿cómo se explicaría el significado e influencia que para el rock tienen los raperos?, o ¿cómo ha contribuido Abba a perpetuarlo?

Si siguen así las cosas que a nadie extrañe que un día entren en el Salón de la Fama del R & R rockers tan auténticos como Enrique Iglesias o Lola Flores, Pavarotti o la Sinfónica de Viena, Antonio Machín o Charles Aznavour, los derviches danzantes de Turquía o los diyéis de moda…

Casi todo artista tiene un ego sobredimensionado, y si tiene que ver con el negocio del rock puede afirmarse que tiende al 100% el porcentaje de los que poseen egos del tamaño del Himalaya. Eso explica el cabreo y los insultos del cantante de Iron Maiden o de Ted Nugent. Claro que hubo otros que rehusaron estrepitosamente pertenecer a tan ‘distinguido’ club, como Johnny Rotten de Sex Pistols, que cuando en 2008 fueron aceptados en el salón lo despreció con un “no me apetece mancharme de pis”.

Sea como sea, eso de la ceremonia con alfombra roja y exhibición de vanidades parece una manera de domesticar, asimilar, normalizar, homogeneizar e incluso organizar esto del rock & roll, algo que va contra su esencia misma.

 

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