Las cosas de Keith Richards, 75 años de mala y buena vida

Tres cuartos de siglo de excesos, pero ¡que le quiten lo bailao!

Tres cuartos de siglo de excesos, pero ¡que le quiten lo bailao!

Por CARLOS DEL RIEGO

Uno de los mayores crápulas que ha dado esto del rock & roll es el inefable Keith Richards, quien acaba de cumplir tres cuartos de siglo y ha decidido abandonar la mala vida…, aunque no de modo brusco ni demasiado estricto. El caso es que el guitarrista tiene que ser un tipo duro, puesto que ha castigado su cuerpo  de modo entusiasta, pero también ha disfrutado de todo lo que la existencia puede ofrecer. Mala y buena vida.

Esas 75 primaveras le han vuelto más juicioso, como demuestra su intención de abandonar poco a poco los excesos. El caso es que el rostro de Keith Richards (lo único que está a la vista) refleja que ha vivido mucho y muy intensamente. Parece buen momento para recordar algunas de sus cosillas..

Aunque cueste imaginárselo, el viejo Keith fue un niño muy mono que cantaba en el coro de la iglesia y lucía orgulloso el uniforme de ‘boy scout’. Cuentan que tenía voz de soprano y entonaba muy bien, tanto que llegó a cantar para la mismísima Reina. Pero la cabra tira al monte, y el niño Richards se metía en líos y peleas. Y ese gusto por el coro le dura, ya que desde los 70 canta con unos amigos jamaicanos viejos himnos y tonadas corales…

Su cuarto de siglo muestra abundantes momentos memorables. Para empezar, aseguran sus biógrafos que una bomba V-1 cayó en su casa en 1944 e incluso destrozó su cuna, aunque hacía ya un rato que su madre y él habían sido evacuados. Cuando ya estaba en el negocio, en 1965, un micro le dio una descarga eléctrica que destrozó su guitarra y lo dejó inconsciente. Seis años después se quedó dormido con el pitillo encendido: se quemó la cama y se chamuscaron él y su novia. Un par de años más tarde otro incendio destruyó su casa y, casi seguro, por la misma causa. En los locos años setenta las drogas lo llevaron al borde de la muerte varias veces, como cuando se metió estricnina pensando que era polvo de primera calidad. Al terminar el siglo pasado resbaló en su casa y le cayó una estantería encima, rompiéndole varias costillas. Y aun ser recuerda con sorna cuando, en 2006, intentó trepar a un cocotero en las islas Fidji y, lógicamente, se rompió la cabeza. Dicen que esto le persuadió de dejar la coca y tomar conciencia de que ya no era un jovenzuelo. Ya tardó.

Como toda nueva estrella, en los sesenta se compró un cochazo, un exclusivo Bentley, al que llamaba ‘Blue Lena’, que vivió con él fantásticas aventuras. Con un colocón descomunal, en el 67 tiró carretera adelante y llegó hasta Marruecos. En otra ocasión, ‘dopado’ hasta las cachas, se quedó dormido al volante y, lógicamente, estampó el coche contra un árbol; dejó la marca su nariz. Y asegura la leyenda que el coche tenía un compartimento secreto siempre estaba bien surtido. El Bentley fue subastado, pero no se sabe si el escondite fue descubierto y saqueado.

Otra batallita. En 1971 Keith se encargó de alquilar una lujosa villa en Francia, ya que los Stones querían grabar en un sitio especial. El caso es que ‘Villa Nelcote’, que así se llamaba la propiedad, había sido residencia de unos jerarcas nazis durante la ocupación, y aún había allí esvásticas e incluso aquellas odiosas banderas; sin embargo, esos símbolos no asustaron ni a la legión de camellos que casi vivían allí, ni a famosos que querían participar de la locura ‘stone’. La leyenda del rock dice que en esa casa pasó de todo, y por eso hay fans dispuestos a ir en peregrinación, aunque el propietario no abre a nadie y echa chispas de aquellos tipos que le destrozaron la mansión.

Con Mick Jagger ha formado una de las parejas artísticas más contundentes y productivas de la historia de este negocio. Y, como es lógico, han vivido una relación de amor (menos) y odio (más). Protagonizaron una sonora gresca en público en 1985 (en privado eran ya cientos), cuando Jagger publicó su primer Lp en solitario y no quiso hacer la gira del álbum ‘Dirty works’: se lanzaron gruesos insultos, los cuales aumentaron de volumen cuando el vocalista lanzó su segundo disco y, al poco, Keith el suyo. Éste describió la situación como ‘la tercera guerra mundial’. Luego, por intereses comunes, hicieron las paces, aunque sólo de cara a las cámaras. Sin embargo, cuando el guitarrista publicó ‘Life’ (sus memorias) en 2010, explicó que el ego de Jagger se había hinchado hasta casi reventar, su trato con los demás se hizo insoportable, e incluso el resto de la banda se refería a él como ‘Brenda’, ‘Majestad’ o la ‘puta Brenda’. Hoy sólo se dejan ver juntos en escena.

Divertida es su visita a la Mansión Playboy. Resulta que Keith y el saxofonista Bobby Keys se hicieron con el maletín del médico, repleto de ‘golosinas’. Emocionados con el botín, se encerraron en el baño para degustar el surtido en lugar de hacer caso a las chicas (¡qué inconscientes!). Tan concentrados estaban que no vieron que las cortinas estaban ardiendo (seguro que a causa de un pito de Keith); se activó la alarma y unos tipos de traje negro y gafas oscuras derribaron la puerta y apagaron el fuego; los dos pillastres regañaron a los escoltas, pues habían interrumpido su ‘recreo’. Seguro que Mick se entretuvo con otras actividades en la famosa mansión.

Muy típico es ver al guitarrista lucir ropas disparatadas. Él mismo confesó que la mayor parte de lo que saca en escena procede de los armarios de sus hijas y de su mujer, y que agarra lo que le parece bien a primera vista. Curiosamente jamás ha intercambiado ni un pañuelo con Jagger…, salvo una vez cuando, en un momento de los setenta, el grupo se presentaba con chaquetas casi iguales, de modo que Keith se puso la del cantante, en cuyo bolsillo llevaba polvos; la poli lo descubrió y el ‘inocente’ Ketih tuvo que apechugar con la denuncia.

Conocido es el ‘suceso’ de las cenizas de su padre: confesó haber mezclado los restos calcinados de papá con coca y haberse metido la mezcla por la nariz. Luego dijo que la cosa fue accidental, y que las cenizas cayeron sobre la mesa, de modo que la rayas tenían papá y lo otro. Herbert, su padre, y él estuvieron veinte años sin contacto, aunque luego lo recobraron y vivieron muy unidos, y es por eso que “me gusta llevar a papá siempre conmigo”, dijo. Y también que cuando muera quiere que sus hijas lo esnifen. Angelito.

Menos conocidos son sus problemas con el sueño. En una ocasión aseguró que se pasó años durmiendo un par de noches por semana, y no sólo por fiestas y desenfreno. Aquel insomnio, favorecido por la ingesta simultánea de heroína y cocaína, le mantenía despierto mientras los demás se dormían sobre las mesas de mezclas.

Y también suele largar de sus colegas. De Led Zeppelin dijo que su sonido le parecía “algo vacío”; a los heavys como Black Sabbath o Metallica los calificó como ‘chistes grandes’; los hippies-sicodélicos como Grateful Dead eran ‘mierda aburrida’;  respecto al rap estuvo acertadísimo al definirlo como ‘muchas palabras para decir tan poco’. De Beatles tampoco habló demasiado bien, pero ¿qué se puede esperar del tipo que dijo que ‘Satisfaction’ no le parecía un buen tema para single? En todo caso, ¡qué personaje!

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