“Museo de la clase obrera”. Este no es solo un libro de poesía

Portada del libro.

Museo de la clase obrera
MESTRE
Madrid. Calambur Poesía, nº 164, 112 páginas, 2018.

Este no es solo un libro de poesía

[Desde Chile, María Nieves Alonso Martínez, profesora titular de Literatura en la Universidad de Concepción, nos envía una reseña, con su lectura personal, de uno de los últimos libros de poemas de Juan Carlos Mestre: “Museo de la clase obrera”]

Por MARÍA NIEVES ALONSO MARTÍNEZ

“Estar vivo es exclusivamente estar consciente.
Esta conciencia es el fundamento de todo lo humano,
en las formulaciones del espíritu,
en la moral o en la ciencia”.
J. M. G. Le Clézio

“Nadie puede escribir si no tiene el corazón puro
si no está lo bastante desprendido
de sí.[…]. La escritura, si pretende ser más que un juego,
o una apuesta, no es sino un largo camino de ascesis, una
manera de desprenderse de sí, comprometiéndose: convirtiéndose
en sí mismo por haber reconocido, traído al mundo al otro
que siempre es uno”.
Claude–Edmonde Magny

Juan Carlos Mestre.

El último libro publicado por Juan Carlos Mestre, como un buen texto épico que fuese, programa desde su título la materia de su contenido; desde su epígrafe expresa su talante, al tiempo que determina el destinatario y/o lugar de su presentación: Museo de la clase obrera, “Tristeza ilegal”, la asamblea. Estamos, pues ante unos textos, parlamentos, proposiciones que, como todo museo (“Del latín musëum: lugar dedicado a las Musas […]; 4-m. edificio o lugar destinado a las ciencias, letras humanas o artes liberales), incluye elementos dignos de ser parte de un lugar que salvaguarda los principios de una identidad específica. En este libro, se constituye un espacio de (para) la clase obrera entendida aquí como equivalente a trabajadora; es decir eminentemente y transversalmente creadora, útil e inclusiva. Así, las artes, las ciencias, las manualidades, la técnica, ingresan a un territorio en el cual la tristeza es ilegal, en cuanto pertenezca a la tribu de la melancolía metafísica, pues aquí se está para combatir las trampas de ésta y se alza la voz contra el dolor improductivo que no permite encuentros entre el tiempo, las cosas y los seres.

Los personajes, sucesos, artefactos, sustancias, artes, empresas, reinos, que habitan y cruzan esta forma poética viven un tiempo compartido: el del presente de la poesía y su condición sintáctica y formal es la de un continuum discursivo marcado por una notable ausencia de títulos, puntuación normativa, marcas gráficas (excepto en ciertas y escasas citas).

Este flujo de la escritura, sin estrofas ni mayúsculas, parece consecuencia de un proceso, en el que el autor se ha ido liberando del predominio –no ausencia– de la belleza, en favor de una fulgurante atención a la ética de la duda o, al menos, a la del principio de la incertidumbre (aplicable hoy a tantos mitos). De este modo y paulatinamente, el yo va dejando de ser sujeto poder para devenir y ser sujeto corriente.

Desde Siete poemas escritos junto bajo la lluvia (1981), La visita de Safo (1583) y Antífona del otoño en el Valle del Bierzo (1985); La Poesía ha caído en desgracia (1999), La Tumba de Keats (1993); La Casa Roja (2008), La bicicleta del panadero (2014); las antologías: Las Estrellas, para quien las Trabaja (2007), Historia natural de la Felicidad (2014) y otros libros, pero con especial énfasis y un carácter explícito en el poemario de 2014, Mestre ha ido forzándose un alfabeto, unas tablas, una poética, que en Museo de la clase obrera encuentra plenitud y evidencia . Esta delicada obra ejerce de talismán que ilumina toda su escritura, y es como una puerta para volver desde el otro lado, después de un viaje poético cuyo transitar por una genealogía poética y familiar, con paisanos y amigos; animales e historia: víctimas y verdugos, nutre una obra en la que se muestra un mundo en el que todo vale y se acepta todo lo que daña y arrebata: se cobra dos ojos por uno y dos dientes por diente, aunque con esto el mundo quede ciego.

Se ha elegido, como cifra del otro, como ser para herir; como cuerpo lacerado y eliminable, entre todos, el del caso judío, por su carácter paradigmático en cuanto es transterritorial y transhistórico –incluso trasatlántico– en nuestro occidente judeo cristiano en que el holocausto del pueblo hebreo, sin olvidar a gitanos, comunistas, armenios, negros, mujeres… es cifra del horror y la aniquilación del ser humano por otro con fórmulas de violencia aún inéditas.

Al mismo tiempo de formular la denuncia de esta violación insoportable, en el texto se mantiene una actitud de espera del posible detente de este ominoso fluir hacia la pulverización del ser humano. “Los poetas, las putas, los mendigos, los que conocen el mester del alba y saben cosas inútiles que salvan, la línea del abismo, el gesto, las rayas de la mano. Caridad y simpatía…” (1992:25) ha escrito el poeta. Caridad y sabiduría, una misma limosna, un mismo dedal lleno de arañas. También ha dicho: “La belleza es un derecho mitológico esposa del trípode y del camaleón… ”hay que hablar de la necesidad como se habla en las aldeas, de todas las cosas pequeñas” (2008:20), porque son “las estrellas para el que las trabaja” y “nadie es nadie oyese en la cripta del corazón las espinas del pájaro de la barbarie, nadie es nadie. Nadie el senador de los tirantes clásicos. Usted es nadie… nadie en la multiplicación son hoy los felices…. Yo soy nadie. Tú, el novelista en la línea moderna del nadie”. (2008:26)

Esta desconstrucción desolada que marca el territorio humano, histórico y poético aparece en numerosos poemas –relatos de La Casa Roja (“La Mano Izquierda de Dios”, “La Noche de la Mandrágora”, “Calendario de Sísifo”, “Los Aprendices”, “Pupitre de Inocente” y varios más), construyendo una versión de la imposibilidad, lo grotesco y lo fútil de los anhelos del individuo. La desgracia decretada para la poesía, puro solipsismo y atrevimiento estéril, no augura otros discursos que el de la consumación descendente.

Sin embargo, La bicicleta del Panadero dirige la mirada hacia una asamblea, hacia otra clase de asamblea, asume el reto de la transformación del referente y del objeto y sujeto poético, cuyo corazón, aún en esas ruinas, en esos restos de la barbarie y la banalización del mal, late, espera. La dignidad del humilde que ya aparece en libros del 2014; la necesidad del represaliado, la voz de los silenciados se hace en Museo de la Clase Obrera, materia, obligación y poesía. “Se acabaron para ti las palabras bonitas”, se afirma. Pero ya sabemos que todas las palabras son bonitas y que el poeta ha de sacarlas de ese lugar de tráfico al que muchas de ellas han sido enviadas por la utilización de los usureros y mercaderes de la verdad, de la belleza, por esos que no tienen patria y menos aún hogar poético (pág. 52).

El libro, mucho más que un nuevo libro de poemas, es, en su metonimia de la realidad, un libro total. Nada es ajeno a esta escritura vinculante de lo diverso ni está ausente en cualquiera de los planos de este texto interpelativo, arbitrario frente a la norma y enigmático… en su selección de ejemplaridad. Personajes históricos, héroes literarios, políticos dignos del mayor reconocimiento y del mayor vituperio, músicos, apóstoles, ciudades, profetas, dios (no todopoderoso), millonarios, nombres robados, chamanes, filósofos, desconocidos, sin presencia en Wikipedia, trabajadores todos, van simultaneándose en estos escritos que precisan la destrucción tanto del significado como del significante, ya cáscaras vacías:

“…: la estela del cometa Halley hecha pavesas de los sonetos
de Shakespeare”
: vergüenza dame el nombre aproximado de las cosas
: la destrucción del significante la democracia sin libertad
/ el hueso húmero que usan los carcamales de pisapapeles….
una patria de una marca muy buena
: he
visto
a
los
mayores
zoquetes
de
mi
generación
atrincherados
tras
las
escribanías
con los bolsillos
llenos de tocino

las peores cabezas
de mi generación… (págs. 56 a 62)

Góngora se traduce al Morse. Hay dobles o impostores circulando por el mundo (señor Klein), ”un chancleta educado por los jesuitas” (p.38). Cómo escribir después de Auszwitz? Recuerdo a Adorno, a Steiner y sus lecciones sobre el silencio. También la pregunta de Hölderlin: ¿para qué poesía en tiempos de penuria? Aquí mismo, Mestre me recuerda que Kurt Walheim era el presidente de las Naciones Unidas, que en 1949 se concede el Nobel al neurólogo António Caetano de Abreu Freire Egas Moniz por “descerebrar a un chimpancé y proponer el método del picahielos a sucesivas promociones de criminales clínicos” (pág. 38). El Mundo al revés y la ironía.

“¡Caray! un pequeño adelanto para los cotillas no se caen los dientes se caen las palabras… (págs. 34 y 35) … ¡ay!..  ¡arre!… “repudiamos que el amor sea como el azúcar cada día más caro…” (pág. 39): amor y azúcar, todo, todo con minúscula, pues la trascendencia y la verticalidad oficial y aceptada, han permitido que el montañés del Kremlim grite a sus jardineros; ”Amontonad esos huesos” (pág.40). Sí, seguid, dos ojos por ojo y el mundo terminará ciego. Entonces, si no es posible arreglar esto, hay que demoler unos ritos, unos usos, unos tópicos. Cambiar de lugar las cosas, mover de lugar las palabras, hacer poesía para conservar la capacidad de espera(nza). Una buena aliada a tal propósito es la mencionada ironía y/ o el humor, presente en sintagmas como “Heidegger pichichi de la selección Alemana”, “Fernandillo de Aragón”; “Robin Hood príncipe de los hipócritas”. El cambio de lugar alcanza también a personajes menores como Hugo Boss, desvestido vestido como el gran modisto nazi. Los héroes carecen sustancia; la caverna platónica nos ha confundido y los museos al uso son cementerios. Hay reformistas con piel de cerdo, dios parece ser un imbunche: “como cada noche con los dedos cosidos a la lengua dios nuestro señor se quita las alpargatas y se calza los tacones de punta no por dinero si por piedad…”, “dios vuestro señor ha perdido la fe en las santas escrituras… tranquilidad camaradas no perdamos la confianza en paracelso! …” (págs. 69 y 70).

El sinsentido, la circularidad inocua, aparecen reiteradamente: “los maridos protegen sin éxito a sus maridos las esposas protegen sin éxito a sus esposas… los tontos se hacen a sí mismo los listos poco a poco. (…) las esposas protegen sin éxito a sus maridos los mandos protegen sin éxito a sus esposas. (…) el camaleón tiene dolores de parto el rey tiene dolores de parto. El santo padre se levanta temprano enciende la tostadora pone la cafetera extiende la mantequilla. los maridos protegen sin éxito a sus maridos las esposas protegen sin éxito a sus esposas”. (pág. 71).

En este mundo sin dios, sin héroes, sin filósofos, (ni santos), quedan, no obstante, voces y sonidos; hay mitines del círculo de trabajadores (pág. 62), hay que buscar, pues “un poema no es esto ni fue aquello ni será siquiera lo otro” (pág. 55), hay que encontrarlo. Hay nombres para reinventar el museo de los bienes, los valores de quienes se rinden al deber con el otro, no a empequeñecer al otro. Este nuevo museo, en el que estarán las palabras necesarias, debidas, es como su nombre lo anuncia esencialmente antiaristocrático. A diferencia del museo tradicional (nacido para la pompa de algunos), no solo porque es de los hechos de los trabajadores y sea para todo el que cumpla la antigua función del estamento de los laboratores, sino porque no hay altares consagratorios ni capillas exclusivas, sino una disposición horizontal de correspondencia. Como tal, es un museo anticapitalista, un contramuseo abierto, no acapara y vigila, sino que potencia la libre circulación, disemina y entrega, pone a disposición. Por lo mismo, este espacio creativo: verbal, físico y político es inclusivo y antianalógico, antibélico, antirracista. Este nuevo espacio museal se densifica y se constituye con todo tipo de los bienes de producción física y con los de valor inmaterial. En el caso del museo verbal de Mestre, el museo se enriquece con citas y expande su territorio entrando y circulando en lo que nombra, señala y dispone. Definitivamente contradiscurso, provocador y sorpresivo, instala a Gaspar Hauser, el niño salvaje alemán, también como cifra del misterio, la heterogeneidad, del significante que se desplaza e impide fijar un relato como único. El propio discurso poético anterior del autor y el de los otros aparecen en una continuidad discursiva que consigue esa cualidad a la que aspira Foucault para su escritura: que hubiese detrás de sí con la palabra tomada desde hace tiempo, mostrándole de antemano cuánto quisiere decir, siguiendo un discurso como un río. De este modo percibimos la lectura de la generación Beatnik antes y después de la lectura de Nicanor Parra; la presencia del surrealismo y la poesía social antes y después del amor a Antonio Gamoneda (por aquí suena El Aullido de Ginsberg).

Al tiempo, y consecuentemente, el yo va disolviéndose en la pluralidad intensificadora; los “fondos del museo”, abiertos en cantidad, época y tiempo, se multiplican, reúnen y niegan el fin del arte y de la historia. La puerta está abierta, hay un espacio que llama. Hay nuevas bodas posibles. Ahora recuerdo a Blanchot y su hermoso libro sobre el espacio literario, a León Felipe y su apelación: ¡Aquí estamos señor!

“Más seco y más árido, quema más que calienta, anota más que acaricia, reclama más que aclara” (Emilio Torné en Mestre, 2018) hay en el libro una reprogramación de su contenido, cada vez más sustantivo y menos adjetivo, más delgado, con esas cualidades de levedad, rapidez y visibilidad tan importantes en el arte del siglo XXI, según Italo Calvino (2000). De tal manera, percibo que no es el título el primer detalle de la exactitud que preside el texto, sino que éste (detalle precisorador) es la elección de una presencia nominal que antes que ocurra, el título y la propia poesía, dice Mestre. Solo Mestre.

Este nombre sustantivo, propio y común, posee una “espesura” que aplica, adelanta y prefigura con sencillez lo postulado:

Mestre: maestro – trabaja con sus manos
Mestre: maestro – experto – profesor
Mestre: rabi, rabino (en portugués)
El maestro: Cristo
Mestre: Mester: oficio, trabajo, acción
Mestre: apellido
Mestre: poeta de León

Maestro y Discípulo: “estoy solo no estoy solo. … escucho todas las arenas que me han construido”. El que hace, dirige y guía, enseña –todas cualidades de un maestro–, adquiere un rostro y luego lo hace desaparecer en la multitud, lejos de la soberbia, la rostrificación y los sistemas de autoridad pues ha descubierto que apenas somos pa(i)saje. Que solo posee dos instrumentos: la intuición y el lenguaje, que vive y sabe que el que vive lleva en sí su propio peso y el peso del otro, que se es uno mismo por el otro.

Estamos ante esa idea del arte como aquello que pone a disposición algo que no estaba ahí, que señala, es decir, que muestra el mundo en toda su espesura, horror y belleza. No obstante, la incertidumbre, que está en la esencia del autor, cuya doble lealtad es con la belleza y la moral, con el silencio y el sermón, le hace pensar que sería un verdadero placer vivir en un tiempo en el que tienen lugar tantos acontecimientos siempre que se pudiera poner a resguardo en algún lugar para observar el espectáculo. Pero esta posibilidad de un quietismo propio de los estoicos, le envía asimismo a Zenón y su escuela la cual sostiene que el individuo debe intervenir en los sucesos de su época y amoldarlos al bien público. Forma máxima del estoicismo que indica salir del yo para actuar. Bien público equivale entonces a museo público a museo de la clase obrera.

En la poética de Mestre, poblada de otras voces, encuentro el afán de tranquilidad, la vena estoica más explícita, pero, esencialmente, percibo la fe inquebrantable en el poder del arte como mediador y posibilitador de algo. La pregunta es la de siempre:¿entregarse por completo al insistente silencio? ¿resistir o alzarse en armas? ¿ser tigre o caballo? Y dice Blake que los caballos de la ira son más sensatos que los caballos de la intuición.

Ciertos momentos del libro (de los libros) del autor de La Poesía ha caído en desgracia, parecen rendidos ante el vacío, pero allí mismo, próximos están los otros interpelando para buscar ese rostro que impida el olvido y permita la continuidad de la vida. Porque, qué es la vida sino dejar la puerta abierta para lograr identidades construidas de fragmentos, de restos, de memorias.

Este libro de Mestre, que es muchos libros, sabe acerca de la temporalidad, de la nada, y de cada nadie. Descubre para nosotros que la conciencia y la lucidez, como plantea Le Clezio, no son paisajes claros. No están (d)escritas en decálogos ni sistemas finales; tampoco están perdidas, sino que fluyen entre los saberes, deseos y poderes del ser humano.

Pastoral de lo perdido y/o destruido por la hoguera del progreso, la usura y la mentira; relato de/para otros, recuperación de lo que no destruye el relato del fin de la historia, eso es este libro. Posee el éxtasis material de las palabras, exhibe la necesidad de encontrar la fluidez de la escritura igualada a los ritmos de la vida. Cauce y receptáculo, mezcla y oxímoron: circular y abierta, descubre con levedad que, aunque todo se destruye, todo permanece en el légamo de una conciencia que se mantiene alerta y rigurosa al devenir, que es, esencialmente lo humano.

Casto y valiente viaje los infiernos; impureza estética para el giro ascensional y libre de la construcción de una escena diferente, veneno y antídoto, Museo de la clase obrera es denuncia de la usura y la malicia, de la guerra y la violencia, de la belleza y su gangrena; del héroe y su mentira; de la lengua ociosa y viperina, pero también, y sobretodo, canto de amanecida. Con estrellas en la madrugada, sin miedo a la guadaña, después de un túnel oscuro, oscuro, oscuro. ¿Quién vive y permanece en nuestra conciencia engendradora: Isabel de Padilla o sus ejecutores?

Dijimos antes que, en este libro, Mestre desplaza la belleza para dejar hablar a la conciencia; mas sin comprender la belleza como la coincidencia del propio ritmo con el de la naturaleza humana y con el de los otros reinos, este es el libro más hermoso de Mestre.

“Los ojos valientes golpean las puertas con nudillos de pan tierno mientras el mar sube mientras la mar baja… (,,,) las nodrizas regresan a su canción de infancia” (págs. 67-68). ¿Puede existir mayor levedad, visibilidad y espesura?

María Nieves Alonso Martínez.

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