“Juan Rafael y su invitación al extravío”, un artículo de Tomás Sánchez Santiago

El suplemento de culturas “La sombra del ciprés”, del diario El Norte de Castilla, publicó el pasado viernes 15 de noviembre este artículo del poeta y escritor zamorano-leonés Tomás Sánchez Santiago (premio de la Crítica de Castilla y León en 2019 por su novela “Años de mayor cuantía”) sobre la exposición “Bosques, libretas y otros cuadros” del pintor leonés Juan Rafael. Reproducimos el artículo con el permiso de su autor.

JUAN RAFAEL Y SU INVITACIÓN AL EXTRAVÍO

Por TOMÁS SÁNCHEZ SANTIAGO

Dedica el artista Juan Rafael su última exposición en El Albéitar de León a quienes se han adentrado en el bosque y ya no han podido salir nunca de él. Y la dedicatoria no deja de ser una propuesta paradójica: el lamento contiene en sí mismo una invitación a imitar ese mismo extravío, a abandonar la insoportable facilidad de vivir en una abdicación continuada, sin emplear la mirada a fondo. Una invitación a entrar en el bosque.

Con una voluntad de reiteración tan admirable como necesaria, Juan Rafael (León, 1968) vuelve a asomarse al mundo público –él, habitante convocado por las sombras– para poblar de nuevo el espacio de un lenguaje personal que incluye, como un álbum de insinuaciones, todo lo que puede caber en lo entrevisto, esa realidad que no pertenece a la visibilidad. Como si huyera de esa expresión común (“a primera vista”, tan lijada ya por el uso), el artista insiste en su pintura en pos de esa orografía material tan suya en la que vetas, incisiones, signos reticulares, manchas, siluetas y raspaduras introducen a quien mira con calma en la ley embarullada de la profundidad, ese espacio vital donde la vulnerabilidad es el estado natural de cuanto existe. Entrar, así, en los cuadros de la serie “Bosques” es, efectivamente, penetrar con la mirada y con la conciencia en un interior espacio representado entre ocultaciones y desvelamientos.

El bosque, como sabemos, es en el imaginario universal el símbolo perpetuo de una perdición, de un extravío que envuelve con sus tramas a la criatura que se aventura a penetrar en él. Lugar de prueba; lugar de peligro y desafío. Así sucede en la mitología de los relatos infantiles espeluznantes, en los viajes a través de la espesura de sus marañas nocturnas, entre ojos acechantes que observan y ruidos meticulosos que no se sabrían hacer corresponder con la civilización que nos ampara ahí afuera, tal como ocurre en la memorable travesía de los niños de La noche del cazador, la inolvidable película de Laughton.

Lo mismo sucede cuando contemplamos estas pinturas de Juan Rafael que muestran los diversos estados de esa realidad natural en la que ya no sabemos implicarnos. En todas ellas, la llamada de lo abisal pone latido espeso y algo llega de ese interior a inquietar a quien osa colarse con la mirada en la clave incierta de la espesura, donde un desconocido mundo de formas y sustancias sale a hacernos perder pie, a engullirnos como una madre voraz con el apetito salvaje de la Naturaleza cruda, con una oscura energía que pretende recordarnos nuestra animalidad residual. Es aquello que oíamos decir a Marlow en El corazón de las tinieblas: “Estábamos aislados de la comprensión de todo aquello que nos rodeaba, pasábamos deslizándonos como fantasmas, asombrados y secretamente aterrados, como lo estarían hombres cuerdos ante un brote de entusiasmo en un manicomio”. Buscar en el interior de cada pintura de estos “Bosques”, sea cual sea el grado de luminosidad que tengan, acaba por remitir a algo más fuerte, al propio interior de uno mismo, ese pozo de oscuridad fosforescente donde existen también fósiles inquietantes y estigmas de cuya coloración no teníamos noción ninguna.

Así he querido ver estas semanas, una y otra vez, la exposición “Bosques, libretas y otros cuadros” de Juan Rafael. Aceptando ese orden envolvente que parecía conducirme a estratos ignotos cada vez más desorbitados, cada vez más entregados al magma hirviente y lleno de zozobra atávica que desmiente el espíritu atascado de racionalidad y de individualidad que se pretende hoy para la condición humana. Contemplé en soledad –casi siempre estuve así en la sala: indefenso, sin amarras– esta serie de cuadros de verticalidad inacabada que sube más allá de sí misma, troncos igual que filamentos con insinuaciones de jaula (“Hasta aquí puede llegarse sin perder seguridad; a partir de aquí tú sabrás dónde te metes”, eso podría entenderse) que dejan ver otro mundo detrás, aquel au-delà que Baudelaire reivindicaba para dar sentido verdadero al viaje radical, ahora a través del territorio provocador del bosque. Irremediablemente, se va uno de la sala con la mirada perturbada. Hay que pasar ya a otra donde esperan flotando cuadros de formato menor entre los que abundan, más allá del régimen de la línea, composiciones tomadas a menudo por lo vertiginoso, simple juego de resplandores que se sostienen a sí mismos en una ingravidez que tampoco tiene que ver con los hábitos de la conformidad visible. Y vuelve aquí a invadir a uno lo críptico, lo impenetrable, la desaparición del pacto que es todo significado. Son esas caligrafías del lado del signo únicamente; son esas nebulosas en la estela de Rothko o de de Kooning y en las que es imposible adivinar un anclaje seguro, una radicación cierta.

Por fin, en una tercera sala, aguardan las libretas. Diez libretas. Son de los amigos del artista, que completan sin norma previa la exposición. Su disposición circular obliga ya al visitante a dar vueltas en torno a ellas –una, dos… diez libretas– hasta volver al punto de partida. Es la propuesta de una responsabilidad compartida, la advertencia de la coincidencia entre horizontes y origen, el azar de los encontronazos entre registros distintos, la alegre complicidad comunal en libertad, la intromisión de otros lenguajes en uno solo que es de todos. El juego de intersecciones que conlleva para Juan Rafael el hecho artístico culminó en esta exposición llena de excepciones con intervenciones de músicos (Alfredo Vidal, Ildefonso Rodríguez, Rodrigo Martínez, Gonzalo Ordás, Guillermo Alonso) en directo mientras el pintor ejecutaba cada vez un cuadro nuevo. Y todos volvíamos a estar en aquel Cabaret Voltaire donde poetas, pintores, bailarines y músicos proponían, en una furiosa indiscriminación, otro orden para el arte y otro orden para el mundo. El mismo orden que reclama de nuevo este artista sigiloso y tranquilo, que nos lleva de la mano a todos, como sin querer hacerlo, hasta donde nos esperaban desde hace tiempo los vértices afilados de la extrañeza.

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* Nota: Parte de la exposición “Bosques, libretas y otros cuadros”, de Juan Rafael, se puede contemplar todavía (hasta el 4 de diciembre de 2019) en la galería Dosmilvacas de Ponferrada (Av. Astorga 7) y la contigua agencia de viajes La Maleta Viajera (Av. Astorga 5). La parte que se pudo ver durante el último mes en el campus de Ponferrada se clausuró el pasado 14 de noviembre.

Artículo de Tomás Sánchez Santiago sobre Juan Rafael, publicado el 15-XI-2019 en el diario El Norte de Castilla.

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