Perspectiva histórica

Por LUIS GRAU LOBO

Una de las mejores cosas que nos ha traído la globalización (no todas son malas, por supuesto) es la obligación de observar los fenómenos desde un punto de vista lo más amplio posible, calculando las causas remotas y los efectos mariposa. Desde esa perspectiva, el continente europeo no es sino un pequeño apéndice en la enorme extensión euroasiática, un rincón de la geografía del planeta, y nuestra disputas particulares, las de un patio de colegio. Sin embargo, resulta complicado abstraerse de las circunstancias de uno mismo para juzgar con ecuanimidad, desde fuera, pues apenas somos capaces de ver más allá de las apariencias que abarcamos con un ordenador, un viaje vacacional o las lecturas a nuestro alcance. Solo existe una forma de enfocar ese objetivo, de observarnos sin esa subjetividad deformante, de vernos a nosotros mismos sin ser nosotros mismos: el foco de la historia. Gracias a ese gran angular que al mismo tiempo es teleobjetivo podemos contemplarnos con la indulgencia crítica que empleamos con nuestra propia infancia. Y cuanto más lejos mejor. De ahí que nos sintamos más implicados y equitativos cuanto más remoto sea el episodio que repasamos, que nadie se sienta ajeno cuando se habla del origen del ser humano o de las etapas arcaicas de la prehistoria.

Hacia el final de la Edad del Cobre, hace más de cuatro mil años, recorrió el continente, del Estrecho a Jutlandia y de las islas británicas al Danubio, un fenómeno cultural que unificó (con versiones regionales) las prácticas funerarias y rituales de tierras muy alejadas entre sí y cuyo indicador material común consistió en el uso de un característico vaso decorado de forma acampanada. La llamada cultura del Vaso Campaniforme, pese a ese nombre tan aparentemente técnico, supuso una de las primeras ‘unificaciones’ de lo que llamamos Europa y la traslación a la vida de sus gentes de lo que sabemos una unidad física y cultural a gran escala.

En tiempos del franquismo, el mapa de la ‘Europa campaniforme’ sirvió a ciertos relatos históricos que lo hicieron coincidir con el imperio ‘hispánico’ de Carlos V, una especie de anticipo o presagio de tres milenios y medio. Absurdos de este tipo frecuentan, en mayor o menor medida, las arengas identitarias hoy día, empeñadas en saquear del arcón de la historia el momento y las interpretaciones que supuestamente se ajustan a los intereses de quienes lo revuelven sin escrúpulos. Milenarismos romanos, el reyezuelo asturiano Pelayo y sus gallardos sucesores o las armónicas tres culturas pueden ejemplificar una lista sin fin. A pocos intereses suele servir el discurso histórico fiable, he ahí una de sus marcas de garantía.

Se repite mucho que somos lo que fuimos, pero no es cierto. Lo que fue ya no es, pero el último servicio de los que fueron consiste en regalarnos una sobria lección. Uno de esos regalos se exhibe a conciencia y detalle en la exposición que habita el Museo de León durante los dos próximos meses.

(Publicado en La Nueva Crónica de León el 17 de noviembre de 2019,
en una serie llamada “Las razones del polizón”)

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