Naufragio de una ilusión

Por LUIS GRAU LOBO

De la primera vez que visité Venecia recuerdo que, cuando deambulábamos por el Campo de Santi Giovanni e Paolo, bajo la estatua ecuestre del condotiero Colleoni, se acercó a nuestro grupo un anciano tambaleante que olía a alcohol. En medio del fárrago de su discurso en el arduo dialecto local alguien de nosotros que algo hablaba italiano le entendió referirse al triste destino de la ciudad y a lo afortunado que él sería de morir antes de verlo cumplirse. En aquel momento, en medio del típico viaje acelerado de fin de bachillerato a Italia, apenas le prestamos atención, incluso hubo quien se mofó de su fachoso estado. Sin embargo, siempre que después he regresado allí, no he dejado de acordarme de su advertencia y del alivio personal de quien estaba seguro de no llegar a contemplar el final de su amada ciudad.

Venecia ha sido siempre un sueño de la civilización hecho realidad, una realidad incorpórea, tornadiza, hermosa como la imagen trémula que devuelve una superficie líquida: una ciudad de agua. Un espejismo. Estos días el acqua alta alcanza récords por encima de un metro setenta, y la marea anega plazas, calles, campi y fondamente, palacios huecos, casas escondidas y comercios abigarrados del más bizarro de los ensueños urbanos de Occidente. Cierto es que Venecia se hunde desde que fue construida. De hecho, que se desmorone lánguidamente en su laguna forma parte de su extenuada belleza, tan decadente desde el primer día como el espectáculo que revela siempre una marea cuando desciende. Incluso que se ahogue de pronto, merced a las pleamares más intensas, también. Pero la urgencia con que lo hace ahora, y definitivamente, ya no estimula las melancolías de una muerte en Venecia, sino que supone la muerte de Venecia. Muchos problemas explican el desastre, desde la remoción del limo por los petroleros y los cruceros al pudrimiento de las estructuras de la madera hincada en barro que sustenta los mármoles exquisitos y los coloristas murales de los palacios que tiemblan sobre la superficie del agua. Hoy sabemos que su destino está sellado por un enemigo mayor, un enemigo a escala mundial: el ascenso del nivel del mar. Ni las enormes esclusas del controvertido proyecto MOSE (Moisés en italiano) lograrán salvarlo de las aguas desatadas por la misma civilización que irguió esa ambición en medio del paludismo y la ciénaga.

Venecia siempre fue una metáfora y un presagio del mundo; ahora también. Entre la lista enorme de avisos que nos lanza el planeta entero, este es el más palmario, el más estético, una sugestiva y penosa premonición. Aquel anciano ebrio tenía razón, solo hacía falta que pasara el tiempo para poder entenderle y dársela. Quizás debamos hacernos a la idea de no volver a verla. Mientras tanto, las ratas ahogadas y las botellas de plástico flotan bajo la arquería del Palacio Ducal.

(Publicado en La Nueva Crónica de León el 24 de noviembre de 2019,
en una serie llamada “Las razones del polizón”)

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