“La mirada que escribe”, de Julián Alonso, o la “quemazón de lo mínimo”

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La mirada que escribe
JULIÁN ALONSO

Universidad de León. Colección Caligramas (6). Marzo 2020.
158 páginas a todo color. P.V.P.: 19 €

ISBN: 978-84-9773-985-6

“La mirada que escribe”, de Julián Alonso, reúne una amplia selección de obras del poeta palentino, intentando resumir en 150 páginas la estética personal y el mundo entrañable de este veterano de la poesía visual en España. La introducción, que reproducimos, es del escritor y poeta zamorano Tomás Sánchez Santiago.

Hemos escogido algunas piezas gráficas representativas de las distintas series y etapas de la trayectoria de Julian Alonso. El volumen, recién salido de imprenta, forma parte de las últimas novedades del Servicio de Publicaciones de la Universidad de León.

QUEMAZÓN DE LO MÍNIMO

Por TOMÁS SÁNCHEZ SANTIAGO

Poesía visual: ese territorio que aún se recibe en ciertos ámbitos con estupor por atreverse a colocar sin permiso un adjetivo impropio tras aquel nombre intocable. Y, sin embargo, forma parte sustancial de la tradición en la escritura poética histórica. Es sabido, por ejemplo, que en nuestras tierras fue gestándose a través del siglo XX un itinerario audaz y luminoso a partir de los primeros nombres propios de poetas de una heterodoxia fulminante y radical (Francisco Pino, Justo Alejo, Felipe Boso, Antonio L. Bouza), que dejaron muestras suficientes de un quehacer extremo; un quehacer que, más adelante, encontró su estela en otros poetas que asumieron esa misma herencia y han reivindicado hasta hoy el estallido poético de aquellos que exploraron los límites de la palabra hasta más allá de ella misma, allí donde parecía que el lenguaje había dado paso a algo que lo negaba.

Uno de estos autores, considerado ya como parte indiscutible de la tribu, es Julián Alonso (Palencia, 1955), quien a estas alturas del siglo XXI ha de considerarse ya como el gran agitador de la poesía en su ciudad natal. Ha formado parte desde el último cuarto del siglo XX de sucesivas iniciativas poéticas de signo colectivo (El Agujero, Astrolabio, Sociedad Limitada…) siempre apostando por no salir de la borrosidad de los márgenes, allá donde el fulgor repentino de lo poético escamotea el bramido de la cultura impuesta y, por tanto, no conoce ningún tipo de contaminación que pueda domesticarlo.

Poema visual de Julián Alonso.

En esa misma línea, en 1978 Julián Alonso funda la revista “La Cueva” y unos años después está presente, junto a Paco Aliseda, en la andadura inicial de la mítica revista “Veneno”, que en un primer momento surge precisamente en Palencia. Desde entonces, Julián Alonso es el impulsor de deliciosas publicaciones más o menos volanderas (“Cero a la izquierda”, “Al margen”, “Papeles de Humo”, “Laurus”, “Las islas sin mar”…) y siempre de una exquisita factura que ya se ha convertido en él en un hábito previsible. Asimismo, lleva desde muy pronto sus propuestas a la vida civil de la ciudad, provocando con intervenciones estimulantes de todo tipo una recepción para el acontecimiento poético que no se conformaba con los habituales ceremoniales anodinos.

La convicción de Julián Alonso de que la poesía es la misma vida anula cualquier otro modo de aceptarla, incluyendo esa supuesta obligación reverencial para con el género poético considerado por antonomasia cercano a la sublimidad. La labor transgresora de Julián Alonso en sus sucesivas entregas de poesía visual comporta justamente una reflexión al sesgo, bienhumorada pero incisiva, acerca de la naturaleza del hecho poético. No hay poeta visual que no tome en cuenta el peso de la palabra en carne viva a la hora de trazar sus propias piezas poéticas. Frente a la poesía discursiva, que a menudo acepta respetar el aura del género y pone en juego todos sus protocolos estilísticos, la poesía llamada expansiva sabe que hay que sacar del perímetro previsto los ingredientes que configuran el poema; volverlos del revés, atravesarlos con las jabalinas de la irreverencia, suscitar en quien lee la sospecha de que hay en el lenguaje otra dimensión imposible de rozar siquiera si no asiste al poeta una voluntad de desconfiguración, una resistencia a admitir la inviolabilidad del poema como unidad poética cerrada que acepta el merodeo pero nunca el mordisco. Todo ha de caber en el canto del poeta. Como dijo Vicente Huidobro: “Cantemos nuestra vida y nuestra muerte / Nuestro tal vez y nuestros pasos seguros”. De eso trata la poesía visual. De escribir contra lo pre-visible; de escribir contra el sentido.

Ya en Cinco miradas (2009), libro editado también por la Universidad de León para dar cuenta de nuevos nombres en la poesía visual reciente, Julián Alonso deslizaba una poética personal cuyos vectores centrales eran la búsqueda de lo poético a partir de elementos presuntamente ajenos al mundo convencional de la poesía y la apuesta por un territorio fronterizo (“ese lugar donde aún es posible la transgresión”) como último baluarte desde el que negar la validez del cuestionable sistema de valores del mundo. Ambos ejes persisten en La mirada que escribe, el libro que trata de recopilar a modo de resumen de su estética personal el mundo entrañable y lleno de elementalidad necesaria que es la poesía de Julián Alonso.

Poema visual de Julián Alonso.

Cualquier lector que se preste a leer con la mirada lo que encierra esta obra caerá enseguida en la cuenta de que hay en ella una persistente inclinación a la negación. Negación a aceptar el curso pactado de la vida; negación a replicar una gestualidad gregaria; negación, en fin, a salir de la vibración especial que tienen las letras en su interior a la hora de desentrañar la raíz de los nombres. Así, los dos conceptos que rigen esta poesía, y que propician una poética personal que ya conocíamos de antes en las convicciones del poeta palentino, son la escasez y la retracción. Escasez del mundo léxico utilizado, que es en realidad un puñado de palabras que funcionan como matriz seminal suficiente, capaces de contener en su energía fónica y gráfica el sentido último e insobornable del poema. Palabras que flotan en este libro, como ‘olvidar’, ‘desescribir’, ‘nada’, ‘ilusión’, ‘apariencia’ ’vacío’… ¿No queda en la conciencia de quien se acerca a La mirada que escribe ese poso de melancolía, como un fulgor oscuro, que revelan estas palabras puestas de pronto en pie en medio de un solar desasistido?

Poema visual de Julián Alonso.

Fijémonos en esa pieza titulada “Animales sin memoria”. En ella, tres palabras cargadas de temporalidad (‘pasado’, ‘presente’ y ‘futuro’) se muestran mordisqueadas e incompletas como si su vigencia estuviese dañada desde un primer momento por la herida horrible de lo destinado a la pérdida. Recuerda aquel poema de Szymborska: “Cuando pronuncio la palabra Futuro, / la primera sílaba viaja ya al pasado (…)” pero tiene presente también la ideología del Barroco –hay mucho de ello en la poética del autor palentino–, que descansa en esa misma conciencia de evanescencia a la hora de sopesar la materia del mundo, fatalmente destinada a terminar en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.

Y ese mismo gesto, hacia la disipación irremediable, está presente en poemas como “Alzheimer”, “Desescribir” o “Juego de palabras”, en los que el lenguaje se va, junto a todo lo demás, hacia una evaporación definitiva. Es en ese sentido en el que destacábamos ese sistema de negaciones en que descansa la poética de Julián Alonso. Algunos de los ejes de este libro –titulados así: “No”, “Disidencias”, “Disolución”, “Negaacciones”– reafirman esa inclinación del libro hacia los territorios del vacío, hacia unas insinuaciones terminales que incluyen la relación del autor con su propia obra, como deja explícito ese poema inquietante y sin reservas con que se cierra el libro.

En cuanto a la retracción, no es más que una variante de lo anterior. El poeta ratifica su obstinada permanencia en quedarse en la energía germinal de las letras. Con esa actitud, tan habitual en su travesía poética, Julián Alonso consolida su fe en la autonomía de la letra, en su suficiencia gráfica, en la última pureza del lenguaje, representada por esa falta deliberada de carga significativa que puede contener la letra como unidad mínima, independiente de los amasijos que pueden llevar al lenguaje al cuerpo de desconfianza de los discursos, de las teorías, de las enunciaciones sangrientas. Mejor quedarse en la amorosa indefensión de las letras, en su identificación con la imagen o con el grito –nunca con la articulación ni con el significado– en la estela de lo que fue aquel letrismo que brotó de la mano de Isou en la inmediata posguerra europea de los años 40 como reacción ante la crisis de los sistemas estéticos e ideológicos ya fracasados, “un catastrófico y provechoso revoltijo, en el que cada repetición tiene sus discípulos, cada regresión sus admiradores”, tal como expusieran afiladamente Guy Debord y Jil Wolman años después en un texto esclarecedor sobre el sentido de la aparición del movimiento letrista.

De ahí, y del respaldo dadaísta, proviene la forma de hacer de Julián Alonso. De una desacomodación y de una desconfianza en la profundidad dudosa de los discursos del mundo. Ante el riesgo de las connivencias, encerrado en su pequeña ciudad castellana, el poeta persiste oculto junto a otros artífices de este mester secreto (imposible no mencionar aquí a Fernando Zamora) para mantener los últimos hilos sutiles del lenguaje lejos de cualquier broza espuria. Se trata de una pasión miniada: “el amor por un trabajo no maleado, alejado de las corrientes del mercado, deja al descubierto unos valores naturales, espontáneos y sin estrategias”, como alguna vez la definió Antonio Gómez.

Por eso, esta dedicación, representada en este libro en poemas donde la grafía mantiene una soberanía que se superpone al concepto evocado, supone una declaración de resistencia silenciosa y sin el vigor visible que reclaman las hazañas de los héroes colectivos. Otro ha sido el sentido de este trajín menudo y lleno de delicadeza: como quien sabe que, por propia voluntad, está tomando el rábano por las hojas como única posibilidad de no ingresar en el dominio de los acaparamientos, Julián Alonso se mantiene así fiel al territorio de la escasez, una fértil escasez que tiene que ver con la retracción transgresora a la que nos estamos refiriendo aquí.

Poema visual de Julián Alonso.

Y lo que no es retracción en este álbum híbrido y lleno de alegre desobediencia que es La mirada que escribe es ya sugerencia bienhumorada, propuesta bajo sospecha a favor de una extralimitación necesaria o lealtad mantenida a unos nombres (Cortázar, Brecht, Brossa, Pino, Duchamp, Castillejo, Poe, Bouza) que bien pueden servir de pista certera para dar con la última identidad de este hombre discreto, ejemplar y escabullido, capaz de poner en cuarentena cuanto roza con la gracia de la lengua poética. Una lengua que revuelve los sentidos de quien se acerca a ella y deja deshuesada la capacidad de nombrar lo previsible, que aquí es ya otra cosa, otro compás, otro idioma que huye –y sin mirar atrás– hacia el interior del corazón por salvarse de las llamas seguras de toda certidumbre externa.

Poema visual de Julián Alonso. (Poema final del libro).

:: Sobre Julián Alonso

Julián Alonso.

Julián Alonso (Palencia, 1955) es escritor, poeta, fotógrafo y especialista en poesía visual. Su actividad se dispersa en diversos ámbitos: literatura, creación artística, edición, crítica, conferencias, jurado de premios literarios y de pintura, promoción, organización y comisariado de exposiciones y eventos culturales y artísticos, radio, etc.

Diseña plaquettes, carteles, folletos, libros de autor y objetos poéticos, destacando entre otros los realizados para la Colección Astrolabio, grupo poético del que formó parte desde 1992 hasta 1996, y para “Ediciones Cero a la Izquierda”.

Ha publicado, entre otros, el libro de relatos “República de los Sueños” (1991), los de poesía, “Diario de Abril” (1992) “Arquitextura” (Premio Provincia de Guadalajara 1993), “…Y no estabas tú” (1995, en colaboración con Jesús Aparicio), “Trampas de la memoria” (premio Ciudad de Benicarló 1999 –con prólogo de L. E. Aute–), “Pasos en la arena” (Palencia, 2008), “Como un lento veneno” (prólogo e ilustración de L. E. Aute) (2013), “Poesía en derribo” (2014), las plaquettes “Campo de ruinas” (1992, en colaboración con Manuel Bores), “CAFÉ” (1995, en colaboración con L. E. Aute), “Cuando soy el otro” (1996),  “Arena” (1998), “Veranos” (2001),  “El tiempo es un pájaro amarillo” (con Pablo Guerrero) 2002, “Calle Mayor” (2002) y “Blues del recuerdo” (2011) (con ilustraciones de Ángel Cuesta), “Puntos de Sutura” (2003) (con ilustraciones de Óscar González) “Aunque me veas” (con ilustraciones de Javier Arribas) 2011, “En la memoria canta un pájaro” (con ilustraciones de Narciso Maisterra), 2012, “Veintirés haikus” (con ilustraciones de Francisco Aliseda) 2012, “Esta ciudad de arena” (con ilustraciones de Luis Rodríguez), 2012; “Gestos” (con ilustraciones de Fernando Palacios) 2013, “Instantáneas” (con fotografías de Rubén del Valle) 2013, “Ja y Qs”, 2013, “Días y nubes” (con fotografías de Edu Barbero), 2014, “Tras la pared” (con Lola López-Cózar), 2014, “De las cosas pequeñas” (con María Sánchez), etc. Algunos de sus poemas han sido traducidos al inglés, francés, alemán, italiano, japonés y árabe.

Haz un click para entrar en la web de Julián Alonso.

En el campo de la poesía visual cabe destacar, “Collage Poemas” (1993), “Disolución” (1994), “Diez Poemas Banales” (1997), “Disidencias” (1998), “Fuegos Fatuos” (1999), “Solidarismos” y “Grupo de Cuerda” (1999), “Pentagramas” (2000), “Luz en los ojos” (2002) “Lengua de máquina” (2004), el CD-Rom “Golpes de Viento”, que reúne su obra gráfica (excepto la fotografía) entre 1990 y 2004, o las obras colectivas “Nicotina” y “Señales de Humo”. Con la pieza “Ciudad”, obtuvo  una “Mención Especial del Jurado” del “Premio Caruso de Poesía Visual” (Vitoria).

Ha coordinado y editado los CD-ROM “TOD@S… O CASI TOD@S (Poesía Visual, Experimental y Mail Art en España)”. Ed. Cero a la Izquierda. Palencia, marzo, 2004; “Cosas que ya no están”, colección de plumillas y sepias del pintor Ángel Cuesta. Palencia, 2004; “Monstruos”, Palencia, 2006. Es autor del libro virtual “ÁNGEL CUESTA. Medio siglo de pintura” (2011), en el que narra la trayectoria vital y artística de este gran pintor palentino.

Ha participado en numerosas exposiciones colectivas y realizado algunas individuales, tanto de fotografía como de poesía visual, en España y en más de treinta países de todos los continentes, figurando, entre otras antologías en “Poesía Experimental Española ante el nuevo milenio” (Art-Eragin – Vitoria, 1999); “PHAYUM Poéticas Visuales”, Benicarló, 2000; “El color en la Poesía Visual (Antología consultada)”, Madrid, 2001; “Antología de Poesia Experimental española” 1963-2004 (Antólogo: Felix Morales Prado / Editorial Mare Nostrum) Madrid, 2004; “Poesía Visual Española (Antología Incompleta” Ed. Calambur, Madrid 2007); “Cinco miradas” (Universidad de León 2009), y en los especiales dedicados a poesía visual española de las revistas “Ínsula”, “Zurgai”, “Ánfora Nova” y “Cuadernos del Matemático”.

Es el responsable de la colección de poesía palentina “Cuatro Cantones”, que edita la Fundación Díaz Caneja de Palencia y en la actualidad dirige la revista virtual de Literatura y Arte “Papeles de Humo”.

Acerca de Eloísa Otero

Periodista y escritora leonesa.

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