Gabriel Quindós: “Mi comprensión del mundo es deudora de un sinfín de fabulaciones”

Gabriel Quindós. © Fotografía: José Ramón Vega.

El nuevo libro del narrador y guionista leonés Gabriel Quindós, Caminos desiertos, cielos cercanos, un grueso volumen de relatos ambientados en un país tan fascinante y desconocido como Bolivia —e ilustrado con fotografías tomadas por el autor—, ya se encuentra en preventa en la página del exquisito sello Mr. Griffin. El libro se presentará, si las circunstancias sanitarias actuales lo permiten, el próximo jueves 24 de septiembre en la nueva librería leonesa Tula Varona (C/Ruiz de Salazar, 18), y el autor estará acompañado por el librero y editor Héctor Escobar (quien cubrirá la ausencia de Mr. Griffin, el editor invisible).

Por ELOÍSA OTERO

En ocasiones busca en sus escritos acercarse a otras tierras y culturas a través de las historias de ficción. Gabriel Quindós Martín–Granizo (León, 1965) estudió Dirección de Cine y Escritura de Guión Cinematográfico en Madrid. Es autor de varios guiones de cine y ha publicado, con el sello Mr. Griffin, Otras nubes, otras lluvias (2015) y No me acuerdo (2016), este último junto al escritor y editor Yago Ferreiro. 

Caminos desiertos, cielos cercanos, el segundo libro que publicas en solitario en el sello Mr. Griffin, transcurre en Bolivia. ¿Cuándo estuviste allí y qué te llevó a escribir estos relatos?

El viaje a Bolivia forma parte del proyecto de una trilogía en la que he pretendido acercarme a tres rincones desfavorecidos del mundo a través de la ficción. Mi comprensión del mundo es deudora de un sinfín de fabulaciones. La idea primigenia era que si podía contar una historia sobre un lugar supondría que habría dado los primeros pasos para empezar a conocerlo. Por ser un viaje literario, quise enmarcar los relatos que nacieran en Bolivia con una evocación postrera de mi estancia, alejada de los lugares comunes de los diarios de viaje. El viaje fue hace diez años. Durante el mismo, esbocé los relatos y dejé cerrada su estructura. La escritura definitiva, en la que ya nada de peso invento referido a los sucesos narrados, la acometo a mi regreso a España. Sin urgencia alguna, sabiendo que nadie espera mis libros, me demoro en lenta redacción. Una vez acabados los relatos, abordo la memoria del viaje, confiando en que el tiempo y la distancia me ayuden a desechar todo aquello que no valga la pena compartir con el lector.

¿Qué tipo de cosas hay, en lo que uno escribe, que no valga la pena compartir con el lector o lectora?

Se acaba por eliminar todo aquello que se imagina aburrido, si la pregunta se refiere a la ficción. Pero si hablamos de memorias, evocaciones o diario íntimo, la cuestión se torna más compleja. Uno diría que aspira a ser honesto, y cree serlo, pero también sabe que quiere ser querido, y ambos anhelos pueden chocar entre sí si se saca fuera lo oscuro o afeado que uno pudiera llevar dentro. Sobre lo que nunca se debe compartir con el lector, si no se quiere que hasta los más cercanos lo miren a uno mal, hicimos Yago Ferreiro y yo todo un doctorado en No me acuerdo: en este libro un escritor de memorias novel puede aprender mucho acerca de lo que siempre hay que callar.

Vía de tren, en Bolivia. © Fotografía: Gabriel Quindós.

Eres un escritor cuidadoso, que trabaja lento, puliendo las frases y las palabras… ¿Cómo ha sido el proceso de gestación de este libro?

Este libro ha estado amenazado en todo momento por alcanzar una extensión demasiado larga que lo alejara en demasía de su propósito inicial. En la mayoría de los cuentos se avivó una vocación de novela corta, y nunca sabré si hubiese sido su más venturoso destino. Aunque todos mis libros han exigido labores de documentación, en este debía poner freno a tanto y tanto que en Bolivia me sedujo. La escritura supuso un constante debatirme entre ceñirme a las convenciones del relato corto, por mí no solo aceptadas sino incluso celebradas, o dejarme llevar cubriendo páginas y páginas sin cortapisas. La labor de poda me ha ocupado tanto esfuerzo como lo que se encontrará plasmado por escrito. De todo esto también tiene buena parte de culpa la inmensa suma de hallazgos que aviva la fascinante y muy desconocida Bolivia.

¿Hay algún nexo entre los relatos que lo conforman?

Antes siquiera de viajar e imaginarlos, me impongo unos mandatos que muy bien pudieran servir de nexo entre ellos. Todos los concibo en sus líneas maestras durante el viaje, todos, incluso aquellos que hablan del pasado de sus personajes, han de estar asidos al presente, todos reflejarán el entorno que se desplegara ante mi pensamiento y mis sentidos.

Bus en pontón Pando, Bolivia. © Fotografía: Gabriel Quindós.

Por las páginas de este grueso volumen desfilan contrabandistas, cocaleros, buscadores de oro, traficantes de especies protegidas, mineros, anticuarios, hacendados… ¿Te inspiraste en personajes reales o son personajes de ficción?

En lo que ocupa una cuarta parte del libro, antes y después de cada relato, dedico unas páginas a tratar de vislumbrar cómo nacieron las historias de ficción. En ocasiones se verá que mucho de lo fabulado guarda relación con lo que me sucedió, en otras se adivinará el entorno que las propiciaron, pero mi inspiración, claramente, fue siempre lo vivido. He recorrido los paisajes que describo en las ficciones, he conocido los ambientes que retrato, he tratado a personas que sirvieron de espejo para perfilar algún personaje. En imposible cálculo, alguien como yo, si sumo el tiempo consagrado a la lectura y a ver películas, habré pasado unos cuantos años atendiendo a historias inventadas. Además de crearlas, hoy me interesa sobremanera tratar de desentrañar el a veces inescrutable proceso de la invención.

Comentabas que el libro es el segundo de una trilogía, después de Otras nubes, otras lluvias (publicado hace cinco años)… ¿Qué has aprendido (desde el punto de vista de la escritura) entre el primer libro y este?

Quizá lo que uno aprende de la escritura es lo bajo que vuelan las páginas respecto a la altura imaginada antes de dejarlas fijadas con palabras, lo mucho que a uno le queda por aprender y cierta certeza de que la vida es demasiado corta como para coronar con complaciente fortuna dicho camino de aprendizaje. Por razones que se me escapan a la comprensión, la escritura de algunos relatos fluye arrastrada por una corriente ágil y plácida, mientras que en otros pareciera emponzoñarse en tortuosos meandros. Sin visos de hallar algún día algo parecido a una receta mágica, poco puedo hacer para forzar la aparición de un estado de gracia.

Barca en el río, Bolivia. © Fotografía: Gabriel Quindós.

¿En qué país se desarrollará el tercer libro? ¿Ya lo tienes escrito o está en proceso de escritura?

El libro que cerrará la trilogía se ambienta en Etiopía. Ya está escrito y, a diferencia de los dos anteriores, es fruto de dos largos viajes en vez de uno. Pese a ello, solo alcancé a imaginar ocho relatos, y no los nueve que figuran en los dos anteriores. Tal vez esto anterior sirva como ejemplo ilustrativo de que ganar en oficio no otorga ni mayor confianza ni mayor surtido de recursos, al menos si uno acrecienta la exigencia consigo mismo. He dedicado a estos tres libros unos diez años, colándose entre medias algún otro escrito.

¿Siempre escribes mientras viajas?

Mentiría si dijera que no he disfrutado en los viajes en los que he ido a escribir, pero mentiría aún más si dijera que fueron unas vacaciones. Por bello y placentero que sea un paraje, solo me encuentro a gusto cuando aflora la simiente de una historia, y antes de que esto suceda pueden pasar días y días. Todo afán conlleva un látigo. Es en olvido de mi tarea cuando me visitan esos soplos de alegría tan frecuentes en los viajes. Terminada la trilogía, viajé a Asia y nada me satisfizo más que no escribir nada de nada sobre los sitios, no tomar un solo apunte, redescubrir que podía contemplar gentes y lugares liberado del mandamiento de fabular en torno a ellos.

Camino desierto, Bolivia. © Fotografía: Gabriel Quindós.

¿Cuántos libros guardas en el cajón?

Además del libro de Etiopía, guardo una novela que surgió, sin haberla ido a buscar, durante una larga estancia en un rincón un tanto perdido, salvaje y desventurado de Centroamérica. Ojalá fuera fiel a la imagen sugerida y ambos manuscritos durmieran de verdad arrumbados en un cajón: lo cierto es que cada poco regreso a ellos y uno nunca sabe si los estropea de tanto manosearlos o si en ese continuo rehacer acaricia alguna mejoría.

¿Qué es lo que hace o puede hacer que esos libros salgan de ahí?

Si se encuentran sin publicar se debe a que desde hace unas cuantas décadas me estoy especializando en tomar decisiones equivocadas en mi vida. Cualquier repaso a mis últimos pasos me revela que todavía sigo abundando en la tendencia antes descrita.

Bus en el entorno de Cerro Rico, Potosí, Bolivia. © Fotografía: Gabriel Quindós.

¿Puedes contarnos algunas de tus rutinas de escritor?

«Quien pierde la mañana, pierde el día», decía el escritor y pintor leonés Luis Sáenz de la Calzada. Duermo poco, raro es que me despierte más tarde de las seis de la mañana. No siempre madrugué, diría que de viajar por países pobres, donde solían ser frecuentes los cortes de luz y la noche podía ser muy insegura, aprendí a aprovechar cada hora de luz solar. Aún de noche, con un café a mi vera, dedico más de una hora a hojear los diarios digitales haciendo siempre el mismo recorrido. Antes de las primeras luces del día, comienza la segunda, más corta y dichosa de mis rutinas: en silencio, soledad y oscuridad, fumo el tercer cigarro y trazo en el pensamiento un estricto y luminoso plan de trabajo para el día. Una vez puesto mi pequeño mundo en orden, a partir de ese mismo momento me sumerjo en la tercera y más larga y longeva de mis rutinas: incumplir siempre con lo que me he propuesto, flagelarme a todas horas por ello y, al caer la noche, creer que al día siguiente será distinto, olvidándome una vez más que soy un hombre de rutinas.

La Paz, Bolivia. © Fotografía: Gabriel Quindós.

¿Qué autores o qué libros son o han sido fundamentales para ti?

Como tantos de mi generación, el primer acercamiento a la literatura fue a través de los tebeos. De aquellas Joyas Literarias Juveniles me quedó para siempre una devoción por las buenas historias bien contadas. Ya entonces me inicié en la lectura de escritores ingleses del siglo XIX y XX, y con el tiempo no ha mermado mi admiración por ellos. Quizá nadie me ha vuelto a deslumbrar como lo hizo Borges al final de la adolescencia. Amén de hacerme las veces de consejero de lecturas y de abrirme puertas a otros campos del saber, creo que sería con él con quien comencé a preocuparme por la literatura en sí misma. Desde hace unos años, el ensayo o los libros de reflexiones o memorias ocupan cada vez más mi tiempo de lecturas. Y, aunque aún conservo la curiosidad por novedades reseñadas por personas dignas de confianza, cada vez abundo más en relecturas, no sé si buscando lo que mucho tiempo atrás me atrajo o buscando a ese para mí hoy desconocido que era yo cuando los leyó.

Este es tu segundo libro publicado (o el tercero, contando el que escribiste al alimón con Yago Ferreiro), todos en el mismo sello. ¿Qué supone para ti ser editado por Mr. Griffin?
El reto de la excelencia y de la búsqueda de la belleza. El mimo y la alta exigencia abarcan todas las facetas del libro, y en todas el editor se involucra personalmente. Con el más absoluto respeto a cada coma o palabra fijada por sus autores, el editor somete a multitud de revisiones el manuscrito original. En este enriquecedor proceso, el editor suma la figura de una tercera persona al cuidado de la edición, labor que en el libro de Bolivia recayó en el siempre atinado Carlos Ordás. Refinado el texto y hecha la criba de indeseables erratas, el editor se vuelca en elegir la fuente de letra, maquetar el texto, en diseñar las cubiertas o, en suma, darle el aspecto exquisito que le distingue. Tanta dedicación y tanto buen gusto saltan a la vista nada más contemplar sus libros de tapa dura, cosidos, con papel de buen gramaje, elegante fuente de letra, impecable maquetación y todos esos pequeños detalles apreciados por los amantes de las más bellas ediciones.

Gabriel Quindós en un selfie, durante su viaje por Bolivia.

:: Sobre “Caminos desiertos, cielos cercanos”

Nota de la editorial:

Tras sorprender con Otras nubes, otras lluvias (2015), su celebrado debut literario, Gabriel Quindós retoma en Caminos desiertos, cielos cercanos el desafío de la peculiar mezcla de géneros —cuento y literatura de viajes— que constituye su particular forma de narrar los lugares. Compuesto por nueve historias de ficción que transcurren en la Bolivia actual, este volumen refleja la diversidad natural y humana de este país, tan singular como poco conocido. Los parajes desolados del Altiplano, los frondosos bosques tropicales o los ríos de la Amazonía son algunos de los escenarios que enmarcan estos relatos, cuya profundidad y ambición los acercan a los territorios de la novela corta. Por ellos desfilan contrabandistas, cocaleros, buscadores de oro, artesanos de pueblos misionales, traficantes de especies protegidas, mineros del Cerro Rico, bodegueros de vinos de altura, anticuarios o ricos e ilustrados hacendados. Quindós despliega todo su talento como fabulador para sumergirnos en apasionantes historias de dignidad y derrota, de lucha por la vida o de amores imposibles, y posa su mirada sobre aquellos que, con el viento en contra, buscan su lugar en los márgenes del mundo.

El libro ya se encuentra en preventa (25€), en la página del sello leonés Mr. Griffin —hasta el próximo 22 de septiembre, momento en el que comenzará su envío por correo ordinario—. [Todos los libros adquiridos durante el período de preventa estarán dedicados por el autor —si el comprador así lo desea— y se enviarán junto con el librito Tanakujima de Ignacio Abad, como obsequio de la editorial.]

 

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