Toperas de la realidad

Cuarta y última entrega de la serie navideña «Figuritas de Navidad»:

Por LUIS GRAU LOBO

Luis Grau Lobo.

AYER. ¿Qué cosa sino un topo podría haber excavado esas galerías, esas oquedades bajo el suelo de la antigua catedral, entorpeciendo tanto la cimentación del nuevo edificio que, a cada paso, se veía casi suspendido, tambaleante en el aire, por –¡cómo llamarlas si no!– esas ‘toperas’? ¿Qué criatura sino un topo, siniestro y necio animal que habita la oscuridad y el inframundo, podría haber excavado tales trampas y peligros para confundir ese santo empeño? ¿Habrían de ser construcciones antiguas, de tiempos paganos, como afirman unos pocos? o, más bien, si acaso lo fueran ¿no serían también tales las madrigueras de un demonio aún más peligroso, el del paganismo y la herejía de aquellos tiempos desprovistos de fe? ¿Qué más da que la encarnadura del diablo sea una bestia ciega o la ceguera de un pasado abominable? ¿No es preferible matar a esta alimaña ya que no puede matarse a aquél?

HOY. Me avisaron con poco tiempo, pero no era cosa de poner reparos a la invitación: bajar el topo de la Catedral. Gracias a un andamio provisorio subimos al cancel, al cajón de la puerta, y, sosteniéndonos en precario equilibrio sobre un manto de polvo con capas que quizás se remontaran al barroco temprano, caminamos hasta la masa informe con aspecto de pellejo que desde abajo se identificaba como el topo de la leyenda, aunque podría parecer casi cualquier cosa. Al levantarlo nos percatamos de su fragilidad y ligereza. Estaba tupido por una espesa costra de suciedad que lo hacía irreconocible, pero aquello era flexible y hueco. ¿Una piel curtida, el casco ya podrido de un barco, como el exvoto de la iglesia del Camino, un escudo ceremonial…? Alguien dijo que parecía un caparazón y se hizo el silencio de los asentimientos, roto por un escéptico «demasiado grande». Lo bajamos lenta, delicadamente, cubiertos de polvo y cierta ansiedad y lo llevaron a restaurar a Simancas (Valladolid). Tiempo después regresó y lo colocaron en el mismo lugar, reluciente y despojado de la incertidumbre y, creímos, de la leyenda. El dictamen había sido claro, se trataba del caparazón de una tortuga laúd, llamado así por su forma similar a la caja de ese instrumento, de un tejido blando armado por siete quillas. Antaño no eran extrañas en las costas españolas. ¿Quién lo habría colgado allí y por qué? Tal vez, como se acostumbraba, algún viajero agradeciendo algo o, quizás, alguien que buscase intencionadamente una confusión con la leyenda que al final logró. No es rara la presencia de animales insólitos en los templos (famosa la del caimán del Corpus Christi valenciano), ni leyendas como estas en toda Europa. Este era, pese a toda evidencia, el topo.

La realidad siempre es más imprevisible y extraña que la leyenda. Esta hace lo que puede por no quedarse atrás e intenta ajustarse a lo que se espera de ella, a lo que esperan quienes entienden que la realidad no da la talla en comparación.

(Publicado en La Nueva Crónica de León el 9 de enero de 2022)

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