Breve historia de la piratería en la música

El fonógrafo y los cilindros de cera, comienzos del siglo XX, hicieron las primeras copias pirata.

Por CARLOS DEL RIEGO

La piratería de música tiene hoy menos relevancia que hace unos años, puesto que prácticamente cualquier canción está disponible gratuitamente en cualquier momento y en cualquier lugar; ya no hay que ‘poseerla’ para poder escucharla, como sucedía cuando la música exigía un soporte físico.

Actualmente la música, al igual que otras propiedades intelectuales, está protegida por los derechos de autor. Este concepto surge inicialmente en el año 1790, aunque sólo protegía a los escritores y sus libros y a los dibujantes de mapas y de gráficos. La música escrita (la partitura) comenzó a ser mínimamente protegida en 1831. Luego, cuando la música empieza a grabarse se produce un conflicto, puesto que hay discusión sobre quién tiene más derechos sobre la grabación, si el compositor o el intérprete. 

En el siglo XIX era común imprimir y vender canciones con letras y melodías populares, pero en poco tiempo se hacía lo mismo con las obras de los compositores del momento. Es decir, la piratería nacía aun antes de que fuera posible la grabación y reproducción de música. Thomas Edison inventó el fonógrafo en 1877 (aprovechando y desarrollando ideas de otros), el cual permitía registrar sonidos y luego escucharlos. Poco tardaron los más ‘emprendedores’ en darse cuenta de que podían tomar cualquier partitura, grabarla ellos mismos, hacer copias y venderlas sin que el autor percibiera ni un céntimo. Cuando la tecnología mejoró (del papel de aluminio sobre un cilindro se pasó al cilindro de cera) y se empezó a popularizar la grabación y reproducción de música, quienes escribían canciones, óperas, sinfonías, sonatas… se dieron cuenta de que cualquiera podía ganar dinero con sus obras, grabándolas y vendiéndolas sin siquiera pedirle permiso y sin ver ningún beneficio. Y así empezó el gremio de autores a exigir nuevas leyes que protegieran sus creaciones. Se sabe de un trabajador del Opera House de Nueva York que en 1900 compró un fonógrafo Edison por 30 dólares y empezó a grabar las actuaciones escondiendo el aparato en la caja del apuntador.

Curioso es el hecho de que Edison procurara que nadie pudiera aprovechar sus patentes para desarrollarlas y crear nuevos artilugios, es decir, él pretendía una especie de monopolio de todo aparato que pudiera tener relación con sus inventos. Pero a la vez, se atribuía obras ajenas, sobre todo cuando copiaba negativos de películas extranjeras y les estampaba su nombre con los consiguientes beneficios económicos. En fin, Edison también pirateó.

Por otro lado, en algún momento la piratería resultó muy beneficiosa. Cuando los músicos de jazz y de canción tradicional empezaron a grabar sus interpretaciones, muchos aficionados copiaron esas grabaciones en los cilindros de cera, con lo que las piezas musicales pervivieron, ya que los originales eran pronto descatalogados y los ejemplares que quedaban se deterioraban inevitablemente hasta volverse inaudibles; además, las empresas que grababan y producían no tenían ningún interés en archivar y conservar sus grabaciones, por lo que muchas habrían desaparecido para siempre de no haber sido por los piratas. No es atrevido decir que la piratería ha salvado muchas obras musicales.

En realidad, hasta el año 1972 no empezó la ley a considerar un crimen el pirateo de música, puesto que antes de la popularización del casete no existía la copia masiva, o sea, la piratería organizada; había quien compraba el vinilo y se lo grababa en cintas de casete para uso personal o para regalar a los amigos; “grábame este disco” o “hazme una cinta con música heavy” eran peticiones muy comunes entre colegas. Pero rápidamente se pasó de copiar para compartir con los amigos a copiar para vender. A finales de los setenta y principio de los ochenta la cosa se perfeccionó con las pletinas para dos cintas de casete (las recordadas C-60 o C-90), con lo que se podían hacer copias de copias; eso sí, perdiendo calidad con cada nueva grabación. Las cintas piratas (que copiaban incluso la portada original) eran cosa común en mercadillos. Entonces la industria lanzó aquel eslogan: “Las grabaciones caseras están matando la música y son ilegales”, pero el mensaje tuvo escasa eficacia; es más, en un guiño a las grandes compañías y a los consumidores, algunas independientes publicaron cintas con la cara B vacía, con lo que venían a decir a los compradores que ya que iban a copiar, que lo hicieran en una de sus casetes, mientras a las discográficas les sugería que no había solución.

Al llegar el CD la piratería vivió su gran apogeo, pues tenían los ‘manteros’ en sus mantas copias de los discos de más reciente publicación a una mínima parte de su precio y con calidad digital. Con la llegada del MP3 e internet la piratería rompió todas las barreras al no precisar ni siquiera soporte físico. A finales del siglo pasado surgieron las plataformas que permitían compartir música entre los usuarios a través de un servidor central (recuérdese Napster). Tras años de pelea en los juzgados el servidor fue cerrado y, aunque sus dueños no fueron acusados de piratas, sí lo fueron de facilitar la piratería. La cosa, hoy, no tiene nada que ver con los ‘años dorados de la copia pirata’. YouTube, Spotify y otras permiten escuchar lo que sea cuando sea, de modo que ya no merece la pena bajarse (copiar) música. Aun así sigue robándose música.

Sea como sea, el Lp y el single, los vinilos, no sólo conservan el encanto de lo añejo y (si están en buen esatdo) muy buen sonido, sino que son la forma de escuchar la música que realmente se posee, pues quien sólo la tiene en un dispositivo electrónico, en realidad no tiene nada. Además, cuando se coloca el disco en el giradiscos el oyente escucha lo que quiere, ya que con el ordenador, la tablet o el móvil, el oyente ni siquiera tiene que saber qué busca o qué quiere escuchar, puesto que los algoritmos se lo dicen. Y obedece.

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