«Mano de santo», de Miguel Marinas, se presenta en el Gran Café de León

Este miércoles 9 de marzo de 2022 se presentará en el Gran Café de León, a las 20:30 horas, «Mano de santo. Crónica» (Joaquín Gallego Editor), la novela que Miguel Marinas vio publicada a finales de 2021, poco antes de su repentino fallecimiento, y en la que trabajó durante los últimos años de su vida, a partir de sus recuerdos de infancia y juventud.

Participarán los escritores Víctor M. Díez, Ildefonso Rodríguez y Tomás Sánchez Santiago.

[El siguiente texto fue leído por Rodríguez en la presentación de esta novela que tuvo lugar el pasado 9 de febrero en la Biblioteca Pública Municipal Iván de Vargas, en Madrid, y en la que también participaron los escritores Ada del Moral y Luis Mateo Díez:]

SOBRE «MANO DE SANTO»

Por ILDEFONSO RODRÍGUEZ

Qué fuerza hacen las pequeñas multitudes, los pocos felices o tristes, hermanados, o los muchos en la inmensa minoría. Qué presencia la de Miguel aquí esta tarde.

Hace muchos años, un amigo común, Antonio de las Moras, le encargó a Miguel un eslogan para un bar que acababa de abrir, el Lola Lola. Le entregó esto:

TE ENCUENTRAS DONDE NOS ENCONTRAMOS.

Pues aquí te encuentras, Miguel, donde nos encontramos.

Y yo muy honrado y en tan buena compañía. En esta mesa concelebrada.

Voy a repartir mi intervención en tres breves apartados, con insertos de una carta que le mandé cuando conocí el manuscrito, en pleno Confinamiento.

1. LA ORALIDAD ESCRITA

Le escribía entonces yo a Miguel:

Al principio me pareció que la animación de las imágenes era un MacGuffin, el señuelo de Hitchcock. Pues las imágenes verdaderamente animadas del libro son las palabras y los recuerdos atraídos por las palabras. Memoria y habla. Una guía del León desaparecido. Una antropología (o latría) fantástica. Un lexicón de hablas cazurras. Una onomástica feroz. Una extensión de monólogo aquel de la paisana y la su gallina…

En la segunda lectura de la novela me sigue pareciendo un poco así, pero menos, por lo que diré al final.

Protagonista, el lenguaje. Cumplir con los maestros antiguos Gabriel Miró, Ramón Pérez de Ayala, y otro gran Ramón, el de la Serna.

Es el placer de escribir diálogos, poner a hablar a los personajes; diálogos que dejen entrar desde chistes a recetas de cocina (nos enteramos de cómo se hace un queso).

El gusto que da el estilo directo.

En los diálogos se le oye hablar a Miguel, diminutivos y aumentativos, una jerga leonesa que casi parece lunfardo: chiri = botón.

Lo más sazonado del palabreo leonés (sin ser lliunés); la cocina oral de Miguel.

Y se le oye cantar, palabras que vienen con su música, de continuo. Hay insertos de frases musicales desplazadas: “valiente y leal legionario”.

Es un libro audible. Cada poco, letras de canciones, de coplas.

Uno lee y escucha por dentro: Doce cascabeles lleva mi caballo / Por la carretera

O el propio Rosario del Dainos.

Seguía yo en mi carta:

Todas las falas de las que eres capaz, que son muchas, ahí van. Modismos ya en desuso (“Isabelita, hija, ¿tú crees que esto es plan?”). Insertos traídos de allá y de acullá (“bajo la luz de la luna amiga”, “Aunque es de noche”), giros de cuando traducíamos a Homero: Así habló y se sentó, o parecido. En expresión de Bernhard, un imitador de voces.

Y los personajes: Manolo Siboney, Nino, el acharlotado de la cortinilla, sus apodos sabrosos: Chorrohumo.

Y las cosas tremendas que uno lee: “Cantar por bulerías por que le partan la boca”.

Los diferentes registros, las parodias (de Heidegger, por boca del profesor José Olmeda y Granell –Apunto aquí, para futuros estudiosos de la novela, el paralelismo con una escena memorable en Tiempo de Silencio), los debates. Meter poesías en la novela, como Cervantes. Siendo capaz de rimar sin ripios, como lo era Miguel. (Una de ellas, que es para ser cantada a coro, tiene como estribillo el título de la novela).

Y seguía yo:

Tu mano (de santo o no) para la parodia, como Cervantes o como Joyce, para cambiar de registro estilístico, da mucho juego. Esos epígrafes introductorios (Llueve sobre la tierra de Campos…), esa Meditación de la corteza. La maravillosa carta collage: Pues por la capital todo va bien, no hay queja. / Tiene bandurria y todo. / Ya tengo el calendario y la pomada. / Se ha puesto gordo como un jato. / Este que los quiere.

Qué bien se lo debió pasar Miguel escribiendo esta novela, qué bien nos lo hace pasar a los lectores. El auténtico placer del texto.

2. ALGO SOBRE LA TRAMA

La novela está escrita desde la Nostalgia, la Gran Nostalgia Creativa, no la Paralizadora (Miguel, estudioso de R. G. de la Serna, al que le ha dedicado un libro excelente, El bazar de Ramón Gómez de la Serna. Seducción de las masas y cultura del consumo, recordaría aquí aquella greguería: “La nostalgia es la neuralgia de los recuerdos”). Con el verso de Eielson: “ya no sé qué hacer para calmar mi infancia”.

Novela de la memoria. Para calmar la infancia.

La fascinación y miedo del niño a las imágenes. Viendo Marcelino pan y vino. Lo tengo hablado con él. La imagen de la calle Ancha, en León, la Capilla del Santo Cristo de la Victoria, que parece agigantada, los pies duros del Cristo; o un cajón de los que se llevaban de casa en casa con el santo o la virgen, capillas portátiles; se encendía mariposas de aceite, lamparillas luminosas (comentábamos la imagen verbal: “mariposas encendidas”): LA VIRGEN VISITA TU CASA, así se sigue anunciando. Veíamos, allá en mi Mansilla desaparecida, a una paisana por la calle (nunca viera a un paisano) cargando con el cajón cerrado.

Era la juguetería de la devoción cultual.

Sin pretender interpretaciones psicoanalíticas, en el niño (y sigue en el niño adulto) hay una relación crítica entre lo grande y lo pequeño, el crecimiento de las cosas y su reducción. Alucinar, pegando la nariz al cristal del cajón, querer entrar, pasar al otro lado.

La animación de las imágenes es la animación de un imaginario muy concreto que esta novela despliega como una fiesta, el carnaval de las imágenes.

(Como las paisanas de Louredo, allá en la Galicia profunda, el día de la fiesta, en la iglesia, los santiños y santiñas descendidas de las hornacinas, puestas en fila, hablando de cerca con ellas, musitando favores, besándolas y pasando después el pañuelo para quitar la huella del beso, dejar sitio a otros besos).

Pero, en lo explícito, es una novela de costumbres, de un barrio de la ciudad, el Barrio Húmedo, la plaza de las tiendas (“Droguería La Fe”); y de un pueblo en Tierra de Campos. En la Semana Santa leonesa, de la que Miguel fue cofrade. De cuando los santos estaban vivos. (Un testigo: Rafa, a quien le está dedicada la novela. El hermano, el plasuco).

De “cuando nuestras ciudades se ponen santeras”, citando a Miguel. Porque a sus recuerdos suma el gran saber que sobre santos y santería poseía y puede leerse en su libro El poder de los santos. Valor político de las imágenes religiosas. Lo he ido releyendo a la vez que la novela. Un libro fascinante incluso para lectores poco santorales. Sobre el culto chochimilco al Niñopan, se lee: “lo más decisivo es constatar que se trata de una creencia y de unos rituales en los que la gente lleva la voz cantante”. Y al final del libro, una Calcomanía Oliverio Girondo referida a la Semana Santa sevillana: “Con todas las características del criminal nato lambrosiano, los apóstoles se evaden de sus nichos, ante las Vírgenes atónitas, que rompen a llorar, porque no viene el peluquero a ondularles las crenchas”. Dos ejes sobre los que gravita ahora la novela.

En aquel libro se expresa la posición desde la que se estudia y trata el material relativo a imágenes y santos:

“No hay un punto de vista de superior o sobrado. Todo lo más hay una profunda decepción ante la sumisión de los débiles, desesperada en tantas ocasiones, y ante el abuso y manipulación, más o menos bien intencionada o interesada, de los fuertes”.

(El estudio e investigación que es el libro, no le impide al autor cerrarlo así: “El caso es negar la vida. Qué pena”).

En la novela la empatía se desborda, se hace humor y ternura; la rebelión se concentra.

La Semana Santa y el Carnaval, reunidos. Época de simulacros, y escenificaciones (mi padre, de mozo, fue el Nazareno –“ir de Cristo es mucho”, se lee en la novela– en una Pasión muy celebrada; siendo niño, encontré en un baúl una libreta con los parlamentos de la función, y ponía (invento ahora los nombres): Hermógenes, Pilatos; Tinina, la Magdalena; a casi todos los conocía yo en la vida real del pueblo, ya adultos; pero no era capaz de reunirlos con sus personajes).

Y acaba siendo como si en Comala se hubiera decidido una jarana pachanguera ácrata, en el fondo iconoclasta, a base de querer que las imágenes sean todas carnales (hasta de una etiqueta de Quina Santa Catalina sale la Santa viva). Protagonistas, las alegres comadres del secano, los artesanos de la ciudad casi medieval, aunque ya en pleno desarrollismo franquista. En una celebración del sí a la vida acorde con la gran energía vital y entusiasmo de Miguel.

Seguía aquella carta:

León, una ciudad del siglo XI, como la que describió Menéndez Pidal. Haces un verdadero alzado de la ruina (por citar a Aníbal Núñez, en Salamanca). El callejeo preciso, sin equivocar una dirección. Tu gran capacidad para orientarte y orientar al lector espacialmente en el texto, la mejor señal del buen narrador.

Se me ocurre apuntar que la novela es:

Un Sindiós con raíces en el nacionalcatolicismo.

Un Amanece que no es poco compitiendo en ingenio y burla a cada ocasión propicia.

Una parusía de los santos pobres, democrática, contra alguien que sin haber subido a los altares puede más: el Señor Obispo.

Un movimiento de la Mano Negra y de la Mano Blanca, juntas para instaurar la libertad de la fiesta santa. La solución es Mano de santo. (Pero, dónde están las manos de los santos mancos. Imaginar la mano muerta de santa Teresa en la mesita de noche del Generalísimo, cuarenta años, junto al orinal).

Se ha montado un retablo casi ilimitado con proliferación de personajes, más que en una novela de Chandler, que se le llegó a perder alguno. (Hasta mi abuelo sale, don Eutimio, el maestro de Mansilla).

Vuelvo a la carta:

Te acuerdas de los que existieron, los que yo he conocido, Ramón el gitano o mi abuelo (me emocionó el encuentro, te doy las gracias). Y los imaginarios: Adela, Alfonso Gaona. La tríada de curas pedagogos de mi Instituto, fellinescos castizos.

Y la humorada de los académicos, señores profesores de Oviedo, otros tres, Alarcos, Ruano y Galmés.

3. PARA TERMINAR, SIN DEMASIADAS CONCLUSIONES

Semejante fruición, que incluye hasta una romería con sus romeros, tiene otra posible lectura.

Toda la cosa viene de más atrás. Sucede siempre cuando uno se pone a escribir. Esta novela Miguel la perseguía desde hace muchos años, de vez en cuando hablábamos de ella. Hasta llegamos a escribir juntos un relato que después él versionó como guión de cine. Relato germinal, que aparece en Mano de Santo casi como una clave: Me lo dijo Adela, lo titulamos, como el famoso chachachá. Era entre truculento y novela negra, salía el doctor Grey, el de Onetti, y hasta buscamos trama en la letra de un tango, A la luz del candil, donde se canta esta enormidad:

Las pruebas de mi infamia / las traigo en la maleta / las trenzas de mi china / y el corazón de él.

Podríamos considerar que estamos ante un divertimento muy serio.

Y ponernos a buscar las raíces de la santería de Miguel (como la de Fernando Urdiales, cuando montó su Pasión con el Teatro Corsario).

Las raíces, creo, están en Imaginario, precisamente.

En un texto de hace muchos años, escrito para un número de la revista Cuadernos leoneses de poesía dedicado a la escritura en los manicomios, citaba Miguel a Barthes, El placer del texto: “cuando escribir da miedo”. Y seguía Miguel:

“Escribir para no quedarse a solas con la imagen (…) porque quedarse a solas con el filo, con la silueta de las imágenes, que son siempre imágenes de amor y de muerte, quedarse a solas con la imagen, da miedo. El mismo miedo que da escribir cuando sorteando los estilos o los juegos, incluso atravesándolos, el que escribe se enfrenta con el rostro mismo y atemorizador de Narciso”.

Un poema de su libro Ejido de las ciudades me parece que acaba por decirlo del modo en que lo dicen los poemas, en “los límites del decir que llamamos poesía”, con palabras de Miguel: escribía allí:

vuelta a la ciudad originaria:

pasar del laberinto

al lugar vacío

Fragmento de «Mano de santo»:

Lo que sigue es el rumor de un tiempo que transcurría casi en blanco y negro, porque el tecnicolor era claramente otra cosa. Era cine. Los sábados de colegiales con babis atados al cuello como capas, persiguiéndose a carterazo limpio (igual valía de escudo que de cimitarra la cartera) eran los pocos momentos reales que abrían un boquete en la rutina y la convertían en episodio de colores imprevistos. A veces lo hacían las voces de los charlatanes que ponían una tortuga en la mesa mientras vendían ungüento de serpiente y se cortaban un poco el dedo gordo para hacer ver el rápido efecto curativo echando un pegote del producto sobre el tajo, y luego pasaban a ofrecer, con total dominio de sí, pares y más pares de calcetines de nailon que llamaban de capitán general con mando en plaza. Otras, venía una procesión con incienso y tomillo y pétalos de rosa por el suelo, o una exposición mayor del santísimo a la que iba la gente por devoción y los niños obligados y entraban como mares o se veían cosas al mirar a los santos a la cara por entre el humo.
El aluminio, la tele, las mesas de formicas se abrían paso y convivían con calendarios de papelera con recibos de la luz y con imágenes de san Pancracio en los bares, Sagrados Corazones en las salitas de las casas y estampas de toda la corte celestial en los vasares de la cocina…

El profesor José Miguel Marinas Herrera, en una imagen de 2008. Fotografía: Leila Jacue.

José Miguel Marinas Herrera, polifacético profesor, sociólogo, pensador, poeta y escritor, falleció de repente el pasado viernes 7 de enero de 2022, al caer la noche, a los 73 años de edad:

Más información:

 

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