«No hay consuelo» / Adiós a José Miguel Marinas

José Miguel Marinas. Fotografía: Rafa Murciego.

Decimos adiós al entrañable, querido y polifacético amigo José Miguel Marinas Herrera —que se nos fue de repente el pasado viernes 7 de enero de 2022, al caer la noche—, con este texto de su gran amigo Ildefonso Rodríguez y algunos poemas escogidos:

NO HAY CONSUELO

Por ILDEFONSO RODRÍGUEZ

(para Cristina, para Rafa)

(Sábado, 8 de enero)

Deja la mano muerta, dala contra la puerta, nos cantaba mi abuela (y una abuela italiana, sin saberlo ellas: Mano, mano morta che batte sulla porta. ¡Buum!). 

Anoche otra mano llamó a nuestra puerta para comunicarnos la muerte súbita, inesperada, de un gran amigo, José Miguel Marinas.

Qué excepcionales son, han sido, algunas y algunos, aunque nos gustaría decirlo de todas y todos.

Leonés de toda la vida, nacido en el País Vasco, habitante de Madrid, catedrático de Ética y Filosofía Política en la Universidad Complutense, cofundador de la revista El rapto de Europa. Disfrutador, reidor, ingenioso, políglota. Cantaba, desde canción asturiana hasta corridos (era muy apreciado en México, a donde viajaba con mucha frecuencia como profesor y conferenciante), chanson française, flamenco, fue a clase con Rafael Jiménez, Falo.

Su último libro (vendrán inéditos) es una novela, la única que escribió y que había perseguido durante media vida y aplazado entre dos docenas de libros y montones de artículos. Por fin, en el confinamiento, se metió por completo en ella y la logró. Y por fin ha sido publicada, para gran alegría suya y nuestra, hace muy poco. Mano de santo (Joaquín Gallego Editor), es el título. Más manos.

Si la pérdida de un amigo significa siempre, además de un todo para el que no hay nombre, la pérdida de esa palabra que venía a ser el contacto íntimo con él, esa palabra entre los dos, en el caso de José-Miguel Marinas, Miguelín Marinas, Marinas, José-Miguel, son muchas las palabras perdidas pues todo reencuentro significaba poner en marcha un dispositivo verbal donde lo amistoso estaba entreverado con un territorio mayor: fulguraciones de recuerdos, claves, lo instantáneo venido a la lengua, una lengua única y propia que él compartía generosamente con todos, la palabra alegre, del entusiasmo, contraseña, shibolet del encuentro, para convocar siempre los mejores momentos reídos, vividos. El verbo, lo verbal, incluía tanto los acentos cantados de medio mundo (qué buen asturianín, qué porteño fino, ¿viste?); y por medio venían los nombres, de vivos y muertos, de los maestros y los aprendices, los últimos y los más antiguos entre nosotros, aquellos que guardábamos en la memoria desde nuestros tiempos comunes en la Facultad Lírica, como la llamó el poeta Méndez Ferrín, allá en Oviedo; tantos venían al encuentro nuestro, ese era el prodigio.

La pérdida inconsolable de José-Miguel Marinas, Miguelín Marinas, Marinas, José-Miguel deja más empobrecido mi pequeño mundo, y el de tantos, en dos continentes. El mundo grande de los afectos hablados, del habla humana.

Pero ahí están y seguirán sus palabras escritas, como el enorme ensayista que fue, profesor, sabio en tantos campos. Y también la palabra poética, la poesía suya que él escribió.

José Miguel Marinas (2008). Foto de Leila Jacue. Haz un click para leer una entrevista con el profesor Marinas…

En antología de inéditos Todos de etiqueta que seleccionó Tomás Salvador González para la colección Barrio de maravillas en el año 1986, aparecía este poema de su libro Guía de trashumantes:

Yo era un niño temeroso (F. K.)

la edad del frío
es nuestra tierra original

nos levantábamos
como un aire dormido se adelgaza
en las agujas de los chopos

sin manjares ni playas
íbamos juntos del coro de las faltas musitadas
al caño de agua cruda
con las manos como herramientas
fatigando
las calles del viento y la mordaza
como alamedas de domingo
entre casas tan tristes
que ni el sol tonto despertaba en gritos

así pasábamos
desgastando los zapatos,
calendarios,
visillos
como un sudario de cristal hecho a medida

con la caligrafía
nos abrieron el pecho uno por uno
para implantarnos un fetiche milenario
con los ojos en blanco
y el consejo de llamarlo por nuestro propio nombre
solo los cuentos con niños que se salvan de los ogros
las canciones del amor torpe
daban la cuenta justa
del fuego ausente
y las palabras robadas

:: Poemas del libro Ejido de las ciudades, publicado por Varasek en el 2014:

el mar vela, se dice,
y tú te estás durmiendo:
nos moriremos juntos una tarde
solos, felices, en silencio
y en la mano tendré yo el corazón
de tu secreto, y tú del mío

LEÓN

pérdida y búsqueda de ciudad en ciudad,
un destino:
beberse el aire de las calles,
acomodar los ojos a los horrores nudos en los portales,
a la vida en los balcones

vuelvo a la rúa
y los pasos marcan el límite del cuadro
de la piel capital
que aún me tiene

el soportal que era mi barco
sigue con las columnas de árbol
y los poyos de piedra
conteniéndome
como una caja de papel de arroz
guarda las flores y las cartas

vuelta a la ciudad originaria:
pasar del laberinto
al lugar vacío

— — —

En la editorial virtual que hacía Eloísa Otero, Traviesas de Poesía, Marinas publicó en 2014 Razón de duelo, con prólogo de Víctor M. Díez:

 

(Lunes, 10 de enero)

Qué tarde la de ayer. Le dio un esquinazo al invierno. De pronto, ya parecíamos estar en marzo. Primavera caminando entre las tumbas, por el cementerio. Y me acordé de la canción de Brel: C’est dur de mourir en printemps, tu sais.

Había una luz que nos gusta llamar leonesa, y que siempre celebramos con los amigos que vienen de afuera, tomando unos vinos por el Barrio Húmedo, por la Plaza del Grano, que José-Miguel dibujó en más de una ocasión.

Nos juntamos al cortejo de los amigos leoneses, acompañando a los familiares. El cementerio sin un alma, solo el guía que nos llevaba hacia el nicho de los padres (abuelos, bisabuelos de algunos presentes). Y allí asistimos a esa ceremonia escalofriante y fría de ver cómo el albañil fúnebre, vestido de albañil, sin más pompas, retira la placa y abre un huequín en la placa de escayola y ladrillo para meter la urna. Por el agujero se veía algo, Rafa, su hermano, me señaló: es el ataúd de mi madre, al fondo. Oscuridad y vacío.

Después el cortejo se fue disgregando hacia los coches, carretera de vuelta a la ciudad de los dolientes o el así llamado valle de lágrimas, entre los dos ríos, el Bernesga y el Porma.

Todo fue de una tristeza calmada. Algún llanto. Y esos reencuentros con amigos de antes, el consuelo de los vivos.

Mano viva, puerta abierta, hacia donde nos conduzca.

Información complementaria:

Miguel Marinas. Fotografía de Beatriz Ruibal. Haz un click para entrar…

4 Comments

  1. Una lástima que se haya ido el señor Josemi, ¡D.E.P!
    ¿Alguien me puede decir de que va el libro publicado que lo habéis anunciado en este artículo? («Mano de Santo») – quisiera saber si es sobre su vida.

    Me gusta

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