La rebelión de los pijos (y 2)

Por LUIS GRAU LOBO

Luis Grau Lobo.

Junto a los negocios, el pijo ha descubierto las satisfacciones de la política. Concretamente las de los negocios gracias a la política. Todos tenemos familia pero ellos tienen familiares. Familiares con empresas que, como aquel dinosaurio, ya estaban ahí. Casualmente.

El pijo en política hincha el pecho y se le sale de la camisa de marca, el gimnasio (yim, pronuncia) se ha convertido en un hábitat más, como tantos. Viste de campo en la ciudad y de ciudad en el campo: cree que la distinción es distinguirse y, en efecto, de lejos se le diferencia. En ocasiones, lleva aves rapaces a una manifa, componiendo admirables alegorías sin pretenderlo. Su diáfano patriotismo ha rescatado el exhibicionismo banderillero y rojigüaldo que ahora llaman cayetanismo por modernizar los términos, aunque la intención sea tan rancia como solía. Una banderita en un ‘chino’ sale mejor que pagar impuestos.

Para enredar, montan partidos como quien monta una empresa. O se meten en uno de los de antes, profiriendo enormes burradas con carita inocente, de no saber muy bien qué está diciendo, mientras líderes posjubilados de antes apagan fuegos. Jueces y fiscales pueden decir misa (o que son una banda delincuente), porque da la casualidad de que son todos de izquierdas.

Se ha inventado el pijerío una expresión cool, híbrida y ‘no rules’ con que faltar a sus antagonistas. Pijoprogre hermana calificativos y convierte al aludido en un compendio de cuantas vilezas pueden tenerse en la vida. Lo de ‘progre’ deriva de la costumbre muy española de desautorizar con apócope o diminutivo. El español golpea bajo. Progresista parece serio; progre es risible. Cabe añadir que ‘pijo’ funciona aquí —qué curiosidad— como rasgo despectivo. No quisiera que se entendiera como tal en estas líneas, no estamos a ofender.

La conjura de los pijos marca el pulso de los días. Sin los complejos del franquismo, que integró al pijerío como una parte cuché del régimen, el pijo del siglo XXI es capaz de llamar nazi a cualquier hípster o dudar de lo establecido, incluidas las leyes de la termodinámica. Igual tacha de etarra al gobierno de su país que confunde la libertad con la barra libre y grita «socialismo free» como si fuera el himno del Betis. Ejerce una agitación graciosísima si no fuera porque existe gente (mucha) que oye sus barbaridades y las da por buenas. Alguno de sus avecinados hasta alardea de estar con Putin, contra las vacunas y luchar con arrojo contra los acomodadísimos parapetos de la progresía para componer una especie de Droite-divine desquiciada y chic.

¿Es facha el pijo? No exactamente. Ideología no trabaja, por lo que le falta la sistemática aunque tenga todo lo demás. Su maniqueísmo es outlet. O él (léase siempre un genérico él/ella) o el comunismo, el caos, la muerte y los menús sin vino de la casa. Se considera rebelde y líder de opinión. Siempre que sea su opinión y una rebelión de sport.

(Publicado en La Nueva Crónica de León el 1 de mayo de 2022)

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