‘Banderas, cuchillos’, de Jean-Yves Bériou

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Traducción de MIGUEL CASADO

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I.

La bandera negra del día sobre el cráneo del mar.

En el pasillo, un roce de alas y el verano.

El trigo, el avión, la noche casi noche, la piedra que canta.

En la espada del ocaso, las manos serradas, el deseo.

Animales tendidos a la sombra de una boca.

Nudo de tela en torno a una garganta, aorta en llamas.

Los caballos, a toda avena, la infancia sitiada.

La sal del gozo, puente de sombras, una oca salvaje.

Si no es el camino que se hunde, será el cielo.

Dimitir, someterme al sonido de tus pasos, cantar.

Después del mundo, su ausencia, remolino del corazón.

Todas las imágenes, como un puñado de hojas.

En pedazos el día, y también todos estos años.

El grito, sus plumas, fuego de lágrimas blancas.

El mesón donde se sientan los fantasmas, tus gestos.

Tres ríos de ceniza, aliento de una garganta, hueso.

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II.

Avenidas que recorren los fantasmas, tan cerca.

Una cantera abierta en el mármol de la tarde: un fósil.

El mar tragado por el mar, su risa cruel, sus banderas.

Nos han dejado su sueño, sus cuchillos, la nieve.

No cedas, agárrate a la tormenta, siéntate a la mesa.

El vino con sus lazos azules de alegría, el día y sus estrellas.

Antes de las estaciones que no vendrán, el invierno da vueltas en su jaula.

Chica y chico, un invierno para dos; los escorpiones del amor eterno.

Levantadas antes del día nuestras caricias, más crueles que látigo.

En mi cuerpo un esqueleto de murmullos, cantante maligno.

Las ovejas, sombras del futuro, bajan juntas la colina; llueve.

Hay que poner atención, no poner atención, ya vale.

Los cuervos, el reloj, el ferry manchado de lágrimas, la miel.

Las manos en la balaustrada del tiempo, para siempre.

Alto, los predadores se aburren, sus armas cuelgan del cielo.

La fuerza de una nube, el grito de la arena, arena de las nubes.

— — —

III.

Tinta blanca de ventrículo, en la mesa, a medianoche.

El alba que desciende por la escalera del miedo, flores desnudas.

Viento en el viento, pero está el pesar, está el muerto.

En pie el muerto, en pie su alegría, sus ojos endurecidos.

Y la espuma, el pájaro en la palma del cielo.

Vete, vuelve, es medianoche luego en el reloj del cráneo.

Es el mar, su aliento de animal, mirada de armiño.

Es el mar, sus crímenes olvidados, y sus marinos de llama.

Lo sé, puedes dormir en la orilla del viejo río.

No queda más que un fantasma, conserva todos los dientes.

Ya sabes, yo anudo el fuego, una piedra en el corazón.

La hoja de palma de los planetas, pero el cardo de pastor, el rayo.

Acuérdate, árboles de la gran evasión y, sardónico, el apio.

El día es una mina donde los besos se sublevan aún.

Tenemos hambre, tendremos sed, los animales se duermen.

Alelados, dos amantes, un solo grito, tres vagabundos.

— — —

IV.

Y el barranco: sueña en él la víbora, está lejos la noche.

Lejos de los juncos, lejos de las charcas: algún día dormirás.

Mira venir a lo lejos la tropa amarga de los planetas.

En el cuadrante de las tormentas, duermes en el vacío y cavas.

La piedra chorreante donde se sostiene la garza, la infancia.

El imperio, gaviotas con los ojos de rosas desaparecidas.

Cristales, pupilas, un manantial de pulmones.

La orilla de un mundo, el cadáver de una cascada, voces.

Vamos a pararnos aquí, y qué frescas las sábanas del mundo.

Es la otra orilla, la cara ennegrecida de la luz.

La luz y sus dientes, su cantinela de perros viejos.

El amante de la amante, la amante del amante, los desollados.

Y los aparecidos, corriendo, el hombro frío del corazón.

Los diminutos hijos de la ira, las estelas del olvido.

Atraviesan la pradera barrida por una antigua marea.

Un amigo, cabeza de carbón al viento, branquias.

— — —

V.

El canto de una vértebra de oro, alto, a medianoche.

Vértebra que habla, pájaro de los osarios, mis plantas enloquecidas.

El vientre de un hechicero de boca estrecha, vientre que ríe.

En mi pulmón más bello, un muerto roe, dice no.

Un niño soñador, su cráneo olvidado, sus galas de domingo.

Violetas, cristal abierto en los calveros de sangre fresca.

Enigma de los mapamundis, marea por encima de las tumbas.

Siglos de ceniza volando por encima de la hoguera: el infierno.

La dulzura de un muerto que nos reúne, su piel: el infierno.

La frágil, la tenebrosa, la insatisfecha, la enamorada; el infierno.

Sigue esperando la llegada de la sangre en lo profundo del cielo.

No esperes más, iza la vela de nunca, la de las abejas.

Flota un mar de acero bajo velos de luto, un siglo pasará.

Escribir poemas, espiar al animal de los días festivos.

El pecho nos arde, se ausenta, sin órganos: el infierno.

A la estación, a la alegría, la gran música de las penínsulas.

— — —

VI.

Nuestro compañero, el antiguo animal, respiración de niño.

Deslumbrado, sus pezuñas de rayo golpean en la puerta del siempre.

Lo sabes, sin órganos, cubiertos con la sal de lo imposible: tórax.

Y ahí está el cielo con su barco negro, sus ciervas desolladas.

Desde ayer, las aves de presa, las brasas, la verdad.

Yo canto sin saber, desfallezco, contemplo el mar.

El ave que levanta el vuelo regresa al puño, al umbral la nube.

La nube en la ventana, como un fucsia que tiembla; el infierno.

El alba nos degüella, cielo de sed, lección de eclipses.

El enemigo tirado en la cuneta entre la hierba doncella y el áspid.

El que habla mejor, el desollado del cielo, la anatomía en el espejo.

Escucho las baterías del amor, el jazz de siempre, la infancia.

Si no es el infierno, es que es el hueso, los vencejos volando.

Yo me consumo, soy la abeja, el vino, soy la tarde.

La tarde bebida y por beber, perdido el demonio, con demora la desesperanza.

— — —

VII.

Es el mar, sus planetas frágiles, color de insecto.

Es la ciudad, sus mataderos, sus nubes; su oscura yugular.

Los espectros, los ancestros, los lémures, las golondrinas de mar.

Ya ves, el cielo, su canto de hojarasca, de hogueras: el abismo.

En el fondo del espejo otro espejo, vieja adolescencia.

El abismo y tus canciones: tu aliento, el carguero del oeste.

Lujo, miseria, sal invisible que seca los tormentos.

Tras la gaviota triplemente mortal, el lujo de tu talle.

Antes de la muerte, ordenamos los papeles del azur; el arcoíris.

Se desvanece la juventud de los gatos y canta el brezo.

Vendrán los otoños en sus jaulas llameantes.

Se sostendrán los inviernos, centinelas a la puerta de los yacentes.

Los ramos de sangre, las velas desdeñosas, la ternura del fuego.

No, ni la estela de abril ni la ausencia de los reinos.

El olor de ciertas algas, la última vértebra, la del fondo del ojo.

Los océanos después del amor, los océanos antes del amor.

— — —

VIII.

El cielo es un cráneo, el cráneo es un cielo abierto sobre el cielo.

El cielo es un cráneo en el cráneo de los muertos; pero están las hadas.

La muerte es un cielo en el cráneo del que sueña; pero está la nutria.

El cráneo del cielo: pero la que sueña en el sueño del que sueña.

En el hombre, en su vena más gruesa, su enemigo excava.

En los ojos del enemigo veo todas las aves del mar.

Convoca, amor, las velas negras de los hookers de Carna.

Y la constelación de la foca, y los dientes, adagio.

El lujo del cráneo, maquinaciones, óperas, relámpagos.

Lo absoluto del amor, el ave de la abundancia; el infierno.

A la mesa de las mareas sentémonos, con lágrimas en los ojos.

Aquí, bajo el signo del tercer cielo de la melancolía.

El cráneo del cráneo, perdido en la luz, abril del invierno.

Como bebida fresca, empinemos el codo de los muertos entre las sábanas.

La voz de las piedras vivas, de los viejos insectos encerrados.

Tu veneno por beber, cielo mío, por beber en tu cráneo, hermosa mía.

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IX.

Los pájaros negros del mañana, de la dicha, del eclipse.

Una sombra roja, en el cadáver sueña una piedra, el vado.

La dicha, en jirones, visiones de polen sobre el mar.

El fotógrafo ciego: abiertas galerías, animal obligatorio.

Como la sombra que tiembla bajo el árbol de un huerto, y el espanto.

A lo lejos, allá donde los niños, sus vértigos, barcas de antaño.

El recorrido de una liebre en el mapa: arde la liebre, arde el mundo.

Volvamos a las noches del helecho, a sus maneras eternas.

La bandera negra del tiempo sobre la sombra de los amantes; el miedo.

El miedo, el granito y sus príncipes, juventud del vagabundo.

Vivíamos entonces en las ciudades por donde pasan los ríos.

Bajo los puentes de Lyon, la barcaza de los muertos, qué hastío.

Huesecillo que cruje entre los dientes del amor, en sordina.

Vestigios del día, bulevares del crimen, hacia el olvido.

Me asomo a medias al cielo, que todo lo niega, y olvido.

El olvido de las chiquillas, de los chicos, piel del mundo, el olvido.

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JEAN-YVES BÉRIOU. Del libro l’emportement des choses, L’Escampette Éditions, 2010.

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Jean-Yves Bériou (Jeumont, 1948). Ha vivido y trabajado a caballo entre Francia y España, aunque desde hace años tiene su casa en Barcelona. Entre sus libros de poemas destacan Le château périlleux y el más reciente L’emportement des choses (2010), al que pertenecen los poemas que se recogen aquí. Traductor del castellano, en colaboración con Martine Joulia, ha publicado en francés a poetas como Antonio Gamoneda (incluyendo una rigurosa versión del Libro de los venenos), Olvido García Valdés, Ildefonso Rodríguez o Miguel Suárez. Como traductor también del gaélico, a él se debe la versión al francés de un célebre texto medieval, Lamentaciones de la anciana de Beare.

Miguel Casado (Valladolid, 1954). Es autor de una amplia obra poética, crítica y de traducción. Como poeta ha publicado Inventario, Falso movimiento, La mujer automática y Tienda de fieltro. Su escritura crítica se recoge en volúmenes de ensayo como Del caminar sobre hielo, La poesía como pensamiento, Los artículos de la polémica y otros textos sobre poesía o Deseo de realidad. Más recientemente han aparecido El curso de la edad. Lecturas de Antonio Gamoneda —donde reúne todos sus trabajos sobre la obra del poeta leonés— y La experiencia de lo extranjero. Sus últimas traducciones publicadas son La soñadora materia, de Francis Ponge, y la Obra poética, de Arthur Rimbaud.

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