Limpieza étnica en Sudán del Sur (II)

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El fotógrafo leonés JM López inicia una nueva serie para Tam Tam Press. En esta ocasión, se desplaza a un territorio siempre conflictivo y poco explicado, Sudán del Sur.

Por JM LÓPEZ/AFP
(Texto & Fotografías)

La mecha ha prendido y poco a poco la guerra se va propagando por todo el país al mismo tiempo que llegan noticias de atrocidades cometidas por ambos bandos. En la ciudad de Bor dos cruces a la puerta de la iglesia de San Andrés señalan el lugar donde fueron enterradas en una fosa común 27 mujeres dinka degolladas por milicianos nuer. Creyeron que refugiándose en el templo estarían a salvo pero no fue así. Los rebeldes permanecieron en Bor tan sólo seis días en los que asesinaron a más de 2.500 personas, el único requisito necesario era pertenecer a la etnia dinka, la predominante en el país.

En Malakal, capital de uno de los principales estados petrolíferos, el Ejército Blanco, como así se denomina a los rebeldes, no dejó piedra sobre piedra. Arrasó y saqueó la ciudad acabando con la vida de todos los dinka que encontró a su paso. Todos los que no pudieron huir murieron. Ni siquiera tuvieron piedad de los enfermos del hospital que fueron asesinados en sus camas.

Pero este odio entre las dos etnias mayoritarias de Sudan del Sur no es tan reciente como parece. Ambos ya se enfrentaron en el pasado, luego lucharon unidos durante cierto tiempo para conseguir la independencia y, una vez lograda, vuelven a luchar entre ellos por el poder. Los líderes militares durante la guerra pasaron sin transición a ser las figuras políticas del nuevo país. La misma historia se repite en África otra vez más, una población en su mayoría analfabeta es muy fácil de manipular por unos dirigentes sin escrúpulos que normalmente sólo buscan su interés personal.

Mientras tanto, los heridos abarrotan las habitaciones del hospital Teaching de Juba, que está al límite de su capacidad. Algunos presentan tremendas amputaciones y otros sufren estrés post-traumático. Todos huyen de la guerra. Nyayath estuvo escondida durante 5 días después de recibir un disparo de bala en la pierna durante el ataque a Malakal, se separó de su marido y sus hijos y ahora no sabe si están vivos o muertos. Abou Jok sólo tiene 12 años y la mirada perdida. Los combates estallaron de noche en Bor, hubo un fuerte tiroteo en el puerto y su padre murió abrazado a ella mientras trataba de ponerla a salvo en uno de los botes que salían de la ciudad. Desde entonces no pronuncia ninguna palabra. “Se acabará reponiendo gracias a la medicación y volverá a tener una vida normal, pero las secuelas quedarán para toda la vida”, asegura George Nazario, responsable del área de psiquiatría.

Cada historia que se escucha en este hospital habla de la crueldad de una guerra tribal y de un país que se desangra en silencio.

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