“Todo el tiempo del mundo”, la primera novela de Manuel OIveira, se presenta en Galicia y en León

Portada del libro.

Portada del libro.

La librería Cronopios de Santiago de Compostela acoge este viernes, 6 de febrero, la presentación de “Todo el tiempo del mundo”, la primera novela de Manuel Olveira, actual director del MUSAC (León). En el acto, que comenzará a las 18.30 horas, el autor estará acompañado por la diseñadora gráfica Uqui Permui.
Al día siguiente, sábado 7 de febrero, la novela se presentará en la librería Formatos de A Coruña, también a las 18.30 horas, y en esta ocasión el autor estará acompañado por la analista social Fernanda (Rita Caoba).

En León habrá que esperar al día 3 de marzo, donde el autor presentará su ópera prima en la librería Artemis, pasadas las ocho de la tarde, acompañado por el poeta Jorge Pascual.
Avanzamos algunas reflexiones de Manuel Olveira en torno esta obra que él mismo define como “una novela de construcción” y, más abajo, en primicia, un fragmento correspondiente a la parte final del libro.

Por ELOÍSA OTERO

Diez años ha tardado Manuel Olveira en escribir su primera novela, Todo el tiempo del mundo, editada por Los libros de Rocamadour. Un libro que, según el autor, entronca con el modelo de Bildungsroman o novela de formación que apareció con Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister de Goethe.Todo el tiempo del mundo narra la educación emocional que le permitirá al protagonista ir entendiendo la/su vida a través de la/su relación con otros hombres. Cada capítulo del libro se corresponde con cada uno de ellos (mi padre, el padre, el mensajero, el vaquero, el indio y el héroe) y es a través de ellos cómo el protagonista va contando y recontando su historia. Con cada uno descubre un perfil del mundo, una etapa de la vida y un estado de sí mismo”, señala Olveira.

En el primer capítulo, por ejemplo, su padre le cuenta una fábula de Esopo en la que Zeus, cuando creó al hombre, le otorgó un número limitado de años de vida, pero como era ingenioso construyó una casa para resguardarse del frío y permitió que otros animales entrasen en ella con la condición de que cada uno le cediese parte de sus años de vida. Así, el hombre, cuando vive los años que Zeus le dio, se comporta como un niño, cuando vive los años del caballo es fuerte e impulsivo, cuando vive los de la zorra es sagaz, etc.

“Eso mismo es lo que cuenta la novela a lo largo de los siete capítulos (los seis mencionados más el último y el primero que no se sabe si son el final o el principio) en los que el protagonista comparte su vida con un hombre, aprende de y con él, entiende la vida (básicamente es un ser que no entiende el mundo en el que vive, un inadaptado o, como él mismo se califica, un mutante) y se entiende a sí mismo como si fuera desentrañando el sentido de la existencia”, apunta el autor.

En este viaje vital asociado a la vida de otros, el protagonista —cuyo nombre no llegaremos a conocer nunca— se pregunta si realmente existió y si la vida que cuenta ocurrió alguna vez. “En realidad el protagonista es como un merodeador de su propia vida: la cuenta y la recuenta una y otra vez —desde diferentes perspectivas, adoptando diferentes roles, cuestionando radicalmente su relación con la realidad y entregándose al mundo de los sueños y los cuentos—, pero siempre cayendo en la cuenta de que no conseguirá contarla. Es por ello que las metáforas del camino y de la caída se suceden continuamente, así como también las referencias al agua, que está presente en todo el libro, y a sus cambios de estado”.

El título de la novela, Todo el tiempo del mundo, “alude a la búsqueda del protagonista (ese niño que nunca deja de ser un niño fascinado por los cuentos) de una plenitud que le permita entenderse y entender el mundo; pero alude también a la circularidad de una historia que no comienza, y que por eso mismo nunca acaba porque se prolonga en la vida de los otros, en los hombres que le han acompañado, en las vidas de los otros que ha él vivido, en lo que los demás le han dado, incluso en el lector mismo a quien se interpela en singular y en plural en muchos momentos de la novela”.

Es además, a juicio del autor, una novela de construcción. “Está hecha de retazos de la cultura, de fragmentos del arte, de trozos de algo que alguna vez fue un todo, de referencias filosóficas más o menos explícitas. Algunas frases aparecen a modo de citas, pero otras alusiones no se explicitan con claridad. De hecho, todos los capítulos y las referencias de la novela están basados en libros, en películas o en obras de arte, aunque no se los cite explícitamente. La obra de Stern, Robert Gober, Bas Jan Ader, Felix Gonzalez-Torres, Francesc Ruiz o Dora García, por citar tan sólo algunos, aparece de una u otra forma en diversos lugares del relato”.

Y es que, en palabras de Olveira, “de la misma forma que el protagonista trata de entender su existencia contando y recontando los fragmentos de su vida y sus relaciones, con los fragmentos de nuestra cultura y con los trozos de los Grandes relatos modernos el escritor —con el mismo método con el que en su día Walter Benjamin construyó su Libro de los pasajes— trata de entender nuestro tiempo desde varios puntos de vista fragmentarios para, así, hacer un retrato furtivo del mundo en el que vivimos. Es verdaderamente una novela de construcción asentada en trozos, referencias y frases de otros, cascajos, materiales de derribo e innumerables restos de las mareas de todos los tiempos. Este magma de fragmentos y referencias hace que el tiempo en el que transcurre la novela sea un tiempo arcaico, mítico, fuera del propio tiempo, en el que se mezclan referencias a una aldea, trenes, leyes romanas, estatuas griegas, arte contemporáneo, la guerra de Irak, los incendios en Galicia en 2006, una gran cantidad de literatura y mucho arte”.

“Puesto que la historia que la novela anuncia que va a empezar realmente nunca empieza, lo que importa no es tanto lo que ocurre fuera cuanto lo que le ocurre al protagonista por dentro. La narración y las descripciones de lo que pasa en el mundo alrededor del protagonista y que a él tanto le afectan, en realidad narran lo que ocurre en su interior”.

“Si el protagonista es un error, una aberración o un mutante; si la narración o el cuento que se nos va a contar es una promesa insatisfecha que nunca se cumple ni se culmina; si la vida que vivimos es una existencia vicaria que ni elegimos ni nos pertenece; entonces Todo el tiempo del mundo es la historia de una pérdida (la de la plenitud moderna) y de un naufragio (el del sistema tal y como últimamente lo habíamos conocido). Es ciertamente la historia de los fracasados y los inadaptados de nuestro tiempo. Pero es también la historia de un empoderamiento (parafraseando de nuevo a Benjamin): el de los harapos y los desechos que alcanzan su derecho a existir y a ser empleados para hablar de la existencia imprevisible que, a la postre, es la verdadera existencia”.

Sobre el estilo de la novela, Olveira reconoce que “debe mucho a cierto tipo de literatura como El retrato del artista adolescente de Joyce, En busca del tiempo perdido de Proust, El guardián entre el centeno de Salinger, El viejo y el mar de Hemingway e Historias de Cronopios y de Famas de Cortázar; pero sobre todo bebe de los libros de algunas escritoras, como Ancho mar de los Sargazos de Rhys, Aprendizaje o el libro de los placeres de Lispector o Extracción de la piedra de la locura de Pizarnik“.

    Manuel Olveira posa ante los fotógrafos Casares y Campillo a la entrada del Musac (León). © Fotografía: Eloísa Otero.

Manuel Olveira posa ante los fotógrafos Casares y Campillo, a la entrada del Musac (León), el día de su presentación como nuevo director del museo, en junio de 2013. © Fotografía: Eloísa Otero.

: : Un fragmento (final) de “Todo el tiempo del mundo”, la primera novela de Manuel Olveira:

Esta historia es un viaje largo, de toda una vida, un periplo por lugares y edades, pero sobre todo por personas. Es un éxodo, una migración, un exilio, una huida, una expedición… para descubrir ¿qué? Es como si el protagonista de este relato tuviera que tomar una decisión: ser monje o actuar como un guerrero. A lo largo 
de la historia se ha debatido entre la disyuntiva de ser una cosa 
u otra, de enfrentarse o de huir. Por eso lo hemos acompañado hasta aquí y transitamos con él por el camino de la experiencia para conocer, para saber, para resolver, para tomar una decisión. Y por eso al final le hacemos al protagonista la pregunta decisiva: ¿Qué has decidido? ¿Monje o guerrero? ¿Qué has explorado? ¿Qué has encontrado? Y él nos muestra que la pregunta es retórica y nos responde de una forma verdaderamente decisiva: He encontrado más, he encontrado… la nieve. Para verla he necesitado todo el tiempo del mundo. En su busca he visto más allá, más adentro, más lejos y, quizás, con eso basta para una sola vida.

Con este relato hemos querido ver, pero la historia en sí no nos ha mostrado más que lo que ha querido revelar. Hemos deseado ver lo que retóricamente ya habíamos visto, y ella nos ha mostrado solo lo inesperado y lo decisivo de la vida. Ella ha descubierto lo que ha querido y nos ha mantenido a la espera de acontecimientos que generalmente no se han producido. Entre sus párrafos hemos imaginado lo que se podría ver cuando una puerta se llegue a abrir. Al final de cada uno de los capítulos de este relato se anuncia que la historia va a comenzar, y al acabar el siguiente la historia no ha avanzado, a pesar de que de nuevo se nos promete que el relato empieza. Se nos anuncia que una puerta o una ventana en algún momento van a abrirse para dejarnos ver el interior de la quimera o el desarrollo del cuento. Conjeturamos sobre lo que habrá de pasar cuando esta historia comience, pero nada de lo que esperamos será lo que se verá o lo que acontecerá cuando la puerta se abra y la historia empiece.

Es por eso que difícilmente sé de este relato mucho más que lo que confusamente he escrito. Ni siquiera tengo un conocimiento exacto de mi persona porque las experiencias o las diferentes versiones de un hecho que he relatado forman parte de mí como de los otros. A día de hoy no estoy seguro de que lo que he relatado y escrito haya ocurrido, ni siquiera estoy seguro de que yo mismo haya existido alguna vez. Cada hombre que se ha colocado frente a mí ha sido como un espejo que ha multiplicado infinitamente lo que yo mismo también como espejo he irradiado. Ese complejo mundo surgido del encuentro enfrentado de dos espejos es también un laberinto en el que me he perdido y en el que he intentado encontrarme.

Esta historia está llena de fronteras y precipicios a los que irremediablemente me he asomado, pero es que sólo en los precipicios es posible aprender, cambiar y desarrollarse. No puedo asegurar que lo haya conseguido.

No estoy seguro de que lo que ha ocurrido a mi alrededor pertenezca a mi exterior ni lo que he relatado como propio o he descrito como un proceso interno haya sido verdaderamente mío. Si en algún momento describí el dolor no estoy seguro de que haya sido mi dolor o el dolor ajeno. Quizás el dolor en el fondo le haya pertenecido al dolor mismo. No sé tampoco si los asesinados de esta historia han sido en realidad asesinos o viceversa. Los espejos son atrayentes, pero encierran muchos peligros. Más incluso que los caminos desconocidos. Sea como sea, sólo por el placer de este relato vale la pena haberlo intentado, vale la pena haber nacido.

¿Existe la vida? Quizás, pero en todo caso más que cerciorarnos 
de su existencia lo que verdaderamente importa es desear vivirla, de la forma que sea, a toda costa. La cuestión no es poseerla, sino dejarnos poseer por ella, vivirla plenamente. La plenitud, ese fuego secreto que mi padre buscaba en sí, que buscaba en mí, como luego buscaré yo en mí mismo, que buscaré en cada uno de mis hombres y que ahora busco en este final, es como una llama que consume y en la que acabaré por arder. Quise poseer el tiempo, pero sólo el tiempo es dueño de sí mismo y será él quien acabe por poseerme a mí. La muerte me ronda y la asfixia me golpea con sus febriles abrazos. Mis hombres muertos están ya seguros, están más allá de los peligros, más allá de las inundaciones de la vida. Pero yo no, yo estoy en medio de las aguas, flotando, nadando, buceando, sumergiéndome, hundiéndome, asfixiándome.

En estos quince días de espera en el hotel he escrito y revivido casi todo. Recordar y escribir han sido mis dos ocupaciones principales como si con ellas pudiera construir un nuevo presente con los residuos y hasta con los desechos de otros presentes anteriores, reuniendo los fragmentos y recombinándolos hasta darles sentido, otra vez, en presente. En estos días ha sido el recuerdo quien movió y removió los desechos del pasado y replegó las capas de los años hasta conectar diferentes hechos aislados o alejados en un ir y venir del tiempo y de los tiempos verbales. Los minutos, los segundos y las horas han bailado con los siglos y los eones y se han confundido hasta la locura. Esta acción sobre el tiempo hace que esta sea la historia de un tiempo trastornado, la historia de un trastorno, la de un hombre revuelto y desorientado.

A medida que escribía apaciguaba el dolor, buscaba un camino por el que andar con zapatos personales y volvía a ese lugar anónimo
 y desconocido de la escritura que me era propio, en el que medré como hombre y en el que de una forma oscura me reconozco.

Ese lugar podría ser el hogar que nunca tuve y que acabó por acogerme tanto a mí como a los hombres que amé.

Buceando en mi vida he salido a mar abierto, ese lugar indefinible sin puntos de referencia. Me mojé, perdí pie, perecí ahogado, … en el agua está todo el tiempo, en ella existe, en ella se queda. En ella espera suspendido el momento de precipitarse, de cambiar de estado o de excretarse. En el agua el tiempo está disuelto y disperso, tanto en los mares salobres como en las gotas del relente, esperando por siempre. En toda el agua de esta historia me pierdo y me diluyo para esperar eternamente que, de una vez, alguna vez, otra vez, esta historia empiece.

Invitación.

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Sobre el autor

Manuel Olveira nació en Xuño (Porto do Son, Galicia). Es licenciado en Historia del Arte (Santiago de Compostela, 1987) y Bellas Artes (Barcelona,1994). Siempre ha trabajado en el mundo de las artes visuales: fue director del Centro de Producción y Residencias Artísticas Hangar (Barcelona, 2001-2005), del Centro Gallego de Arte Contemporánea, CGAC (Santiago de Compostela, 2004-2009), del Ágora, Centro Cultural para el progreso social (A Coruña, 2010-2011), desde 2013 lo es del Museo de Arte Contemporánea de Castilla y León, MUSAC. Su relación con la literatura ha sido constante, pero hasta ahora sus publicaciones —el proyecto editorial Complot (Ayuntamiento de Terrassa y Hangar, 2004), los libros de entrevistas que llevan por título Entre-vista (CGAC, 2008) y Conferencia performativa (MUSAC, 2014), entre otras— estuvieron centradas en el arte contemporáneo. Todo el tiempo del mundo, que comenzó a escribir en 2005 y que ve la luz tras 10 años, es su primera novela.

Datos prácticos:

  • Librería Cronopios. Rúa Alfredo Brañas 24, Santiago de Compostela.
  • Librería Formatos. Rúa Santiago Rey Fernández Latorre, 5, A Coruña.
  • Librería Artemis. Calle Villa Benavente. León.

Acerca de Eloísa Otero

Periodista y escritora leonesa.

Un Comentario

  1. Pingback: Manuel Olveira se estrena en la poesía con “Muero todos los días” | Tam-Tam Press

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