La música de “La estancia vacía”

María José Cordero, a la izquierda, el día del estreno de su cantata en Astorga. © Fotografía: astorgaredaccion.com
María José Cordero, a la izquierda, el día del estreno de su cantata en Astorga. © Fotografía: astorgaredaccion.com

Todavía suenan los ecos del estreno de la cantata ‘La estancia vacía’, de la compositora y cantante María José Cordero, el pasado 25 de julio en la catedral de Astorga. La autora de este texto se recrea en el sonido del poema de Leopoldo Panero buscado por la compositora maragata.

Por MARIFÉ SANTIAGO BOLAÑOS
Desde astorgaredaccion.com

Podría empezar esta crónica alabando la delicadeza de las voces de Lourdes Calderón de la Barca (exquisita, regalando buen gusto), Susana Peón (sorprendente en su cadencia inasible e inquietante), Carlos Silva (capaz de convertir la fuerza de la raíz popular en trascendente) o Juan Manuel Muruaga (llevándonos hasta la profundidad del alma desde donde es posible elevarnos porque el peso de existir desaparece). Podría empezar con la emoción y la maestría de Mariano Alises reviviendo la sabia experiencia de su viola de gamba, o refiriéndome a Javier Cañete, que llegó a convertirse en guía de la jornada con su extraordinario atino en la percusión. Podría, y quizás tendría que ser así, dirigir la atención lectora a Javier Vecino, recordando lo que supone oír, en voz alta, los versos de Panero y que Panero  tome asiento a este lado del mundo…

Sin embargo, cualquier descripción en tales términos arrastraría las preguntas fértiles que se despiertan en el centro del corazón: ¿cómo suena el silencio que envuelve la memoria?, ¿cómo suena el tiempo suspendido entre las cosas?, ¿cómo suena un poema?

No es solo un oxímoron recurrir, una vez más en la historia de la Belleza, a la ‘música callada’. La tarde del 25 de julio de 2015 entregó a los asistentes al concierto en la Catedral de Astorga la vivencia de esa figura retórica con tanta tradición como los propios versos de la necesidad a la que hemos llamado ‘mística’. Porque Leopoldo Panero escribió las palabras-oración trayéndolas de ese espacio intermedio donde el ser humano siente el vínculo que lo une al misterio. Y María José Cordero ha escuchado su Música, la música de ‘La estancia vacía’, y la ha entregado como sonoridades del alma. La ha entregado como quien da un ovillo con el que no perdernos en el laberinto de las moradas, de las estancias, de la secreta escala ascendente que conduce hacia la montaña espiritual donde, como en la hermosa leyenda sufí, nos aguarda el pájaro cuyo canto dio comienzo a nuestro viaje. Eso es vivir, acaso, y crecer, y recordar…

Viendo a María José Cordero tocar el piano, siguiendo el movimiento de sus manos en la danza de la interpretación –me ocurre siempre que asisto a sus conciertos– pensaba en aquellos antepasados constructores de catedrales que conocían un secreto capaz de levantar una casa –humana, divina– allá donde solo la nada parecía tener poder. De esa nada matérica, cuyo latido hay que saber acompañar, nace también la experiencia de la creatividad, el proceso arduo de convertir lo invisible en luz porque se ha respetado la luminosidad oculta en lo oscuro. Nacía la música ante quienes, absortos por la revelación, acompañábamos a Leopoldo Panero en su memoria de las soledades que el tiempo escribe con nosotros, frente a nosotros, por nosotros acaso; y estábamos menos solos, también, compartiendo nuestra propia soledad.

La inmovilidad de esas horas del recuerdo, en las que nos demora el recorrido por la primera de las estancias que no queremos abandonar, que no queremos perder (“Despacio van las horas”), da paso a la conciencia de que el viaje interior es un dia-pa-son, un “tener que pasar por todo” sin ayuda, en la indigencia de la orfandad metafísica (“Estoy solo”) que constituye la humana naturaleza. Levanta su vuelo, entonces,  la intuición de descubrirnos expulsados de un paraíso que, acaso en otro tiempo remoto, daba estabilidad a la incertidumbre y voluntad al miedo (“Lejos, cerca de mí Tu aliento”). En ese tránsito, en ese fragmento del camino, María José Cordero habla con Rachmaninov, le pregunta por el dolor, por la tristeza, por la decepción, por la inmensa carga que el pasado exige, aquello que el maestro ruso arrastró toda su vida y que se vuelca ya en su inolvidable ‘Concierto para piano número 2’.

Pero María José Cordero, desde el homenaje agradecido y sin evitar la reminiscencia insoslayable que evocar a Serguéi Rachmaninov significa, rompe el final de la melodía archiconocida y le da la oportunidad, como un don, de la esperanza. Momento conmovedor del concierto: cuando el oído atento espera la melancólica y doliente trama y nuestra autora cambia su destino. Un destino que, curiosamente, nos lleva, como le ocurrió al pianista y compositor ruso, fuera de su tierra, fuera de la tierra conocida. Así, el quinto movimiento de ‘La estancia  vacía’, en los dedos compositores de María José Cordero, invitan, por ejemplo, a George Gerswin –americano de origen judío– para que le muestre los sonidos de raíz que contiene un godspell, un blues. Pero ella, y he aquí el logro, no permite que los versos de Panero se pierdan en la tristeza del desarraigo o la claudicación, de modo que los abraza entre evocaciones de zarzuela, como estilo lírico genuinamente español, y aun se atreve a dar un paso más: quién no se vio envuelto, en ese momento, en los sonidos próximos del folklore maragato, quién no se supo habitante de pequeñas estancias jamás vacías en la medida en que seamos capaces de tener presentes a quienes, un día, las habitaron…

Sabemos que las últimas palabras del bajo –Juan Manuel Muruaga– o los versos de Panero –leídos con respeto y cortés discreción por Javier Vecino–, flotando en el vacío percutido de Javier Cañete, no son el final de ‘La estancia vacía’ en la recreación de María José Cordero. La obra ha de continuar; ha de seguir buscando una respuesta a la pregunta que da título al último (hasta el momento) movimiento: “¿Y Tú me escucharás?”.

Por ello, la ‘Misa para el tiempo presente’ de la segunda parte del concierto prolongaba el espíritu de la primera. Un ‘Kyrie’  y un ‘Padre Nuestro’ sobrecogedores en la voz de la propia compositora, que, ahora sí, me exigen concluir con el comienzo de este artículo: alabo la delicadeza de las voces de Lourdes Calderón de la Barca (exquisita, regalando buen gusto), Susana Peón (sorprendente en su cadencia inasible e inquietante), Carlos Silva (capaz de convertir la fuerza de la raíz popular en trascendente) o Juan Manuel Muruaga (llevándonos hasta la profundidad del alma desde donde es posible elevarnos porque el peso del mundo desaparece). Emocionante la maestría de Mariano Alises reviviendo su complejísima viola de gamba, y la intensidad de Javier Cañete, que llegó a convertirse en guía de la jornada con su extraordinario atino en la percusión.

Mas, insisto, cualquier descripción en tales términos ocultaría las preguntas fértiles que despertaron en el centro del corazón: el silencio que envuelve la memoria, el tiempo suspendido entre las cosas, un poema, tras el concierto memorable del 25 de julio de 2015 –en la catedral de Astorga, celebrando el 20 aniversario de Don Camilo Lorenzo, obispo de la ciudad–, suenan dirigidos por el talento de María José Cordero ‘en estado de gracia’. Inmensa enhorabuena…

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