PATIOS (1) / Crónica / “Un verano de plenitud en los patios”

Patio (1). Casa particular en la Plaza de Santo Martino (León). © Fotografía: Sali.

Patio (1). Casa particular en la Plaza de Santo Martino (León). © Fotografía: Sali.

Crónica del primer encuentro celebrado dentro del proyecto PATIOS, organizado por el colectivo Producciones Infames (Pi), y que tuvo lugar el lunes 27 de julio en un patio particular aledaño al bar St Martino, en la Plaza de Santo Martino (León). Consistió en una pinchada de música electrónica (de cuatro horas de duración) a cargo de Genzo P. (de Fibonacci), Notone (de Fibonacci), JLK y The Black Cotton Beats On

Por GABRIEL QUINDÓS MARTÍN-GRANIZO

En la ciudad hay patios. Rincones ocultos que ignora la mirada del paseante, en sus íntimos espacios se esconde un remanso de verdor y silencio. Nacidos con vocación de ensimismamiento, evocan un recodo de la naturaleza que inclina al sosiego y la introspección. Los modelos más felices de estos caprichos arquitectónicos suelen aflorar en el casco viejo. La altura baja de las casas, los muros de mampostería y las molduras de madera de las ventanas conforman un entorno cercano y familiar. La ausencia de ruidos se conjura para acariciar el anhelo de templanza. Si los observáramos a través de unas ranuras en las tapias, imaginaríamos que nada podría quebrantar el prodigio de su quietud.

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En la plaza del Santo Martino, diáfana y aseada, la fachada de ladrillo de un edificio de estilizados volúmenes, armoniosas proporciones y distinción en los motivos ornamentales cercena la visión del patio que atesora al fondo. Al acceder al mismo, uno se encuentra con un porche que ofrece cobijo y sombra. La presencia de unas butacas aviva el propósito de lecturas cadenciosas; también, se ven unas sillas y una mesa de comedor en las que han de abundar las largas sobremesas de tertulias a media voz. Una galería de hortensias coloniza el pie del lienzo de ladrillo visto por el que reptan la yedra y la pasiflora. Corona la gracia del conjunto un jardín de hierba mimada donde se cultivan plantas aromáticas y medicinales: melisa, hierbabuena, jazmín, menta, peonía, celidonia, cúrcuma; su sola contemplación rezuma ya efectos curativos, calmantes.

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En este espacio reservado para la serenidad de unos pocos, el colectivo Producciones Infames (Pi) atisbó un lugar en el que escenificar una de sus insólitas propuestas creativas. Gracias a la generosidad de los vecinos, el lunes 27 de julio comenzaría la que sería la primera de las muchas intervenciones artísticas que, durante lo que queda de este verano de 2015, tendrán lugar en diversos patios de la ciudad de León. La convocatoria hablaba de unos conciertos de música electrónica y experimental. Despierta curiosidad ver cómo en un entorno con ecos de tañidos antiguos irrumpe una apuesta sonora de tecnología y vanguardia. A principio de la tarde se procede al montaje y la instalación de los equipos; la maraña de cables negros recuerda al modo en que la yedra y pasiflora enredan sus hebras en las alturas de la pared. Pasadas las siete y media, el frenesí de los preparativos menguó y todo quedó dispuesto para que comenzara el verano en los patios de Pi.

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Como si temieran violentar las confidencias que propicia el recogimiento del patio, las notas iniciales de Genzo P. asoman con el mismo sigilo que esas señales lejanas e intrigantes que nos instan a alzar los párpados en un duermevela. Son notas sostenidas que se prolongan como el ruido de un motor a baja revoluciones que tan pronto se acelera como se extingue. Estas piezas, todas ellas instrumentales, están tamizadas de ronroneos de procesos industriales; diríase que se asocian a ondas magnéticas, a relámpagos digitalizados, a atmósferas ingrávidas, a crujidos en el vacío. Uno escucha esos graves distorsionados y claustrofóbicos como si estuviera inmerso en las profundidades de un lago mientras en la superficie se despliega un ensayo de últimas horas del Apocalipsis, quizá el desenlace de una guerra de los mundos en el que la agonía de los láseres y del engranaje de la maquinaria pesada llegaría amortiguada por la densidad del agua. Suena a finales de julio, pero acaso en agosto sería el acompañamiento más afortunado para observar en el firmamento la lluvia de meteoros de las perseidas. Aunque los astrónomos nos advierten de que en el espacio exterior impera el silencio para el oído humano, que ningún sonido audible para nosotros se propaga en los gases interestelares, me atrevo a aventurar que las piezas de Genzo P. se asemejan al zumbido del paso de un cometa, al que produce la rotación de un planeta, al que genera la atracción de la materia en el campo gravitatorio de un agujero negro, al lento crepitar del choque de unas galaxias en expansión.

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Cuando cesa la música, vuelve a percibirse el tenue fluir del agua que emana de la fuente del jardín, agua que cae a un estanque en el que, desde hace años, viven unas carpas, tal vez hoy desconcertadas. Se toma conciencia del silencio cuando se escucha algún discreto rumor. Poco durará esta relajante pausa; se aprovecha el descanso para dejar en el patio comida y bebida. El bar del edificio, lugar de encuentro de gente que vale la pena conocer, surte la mesa con algunos de los ejemplos de su cocina. En unas cubetas, rellenadas con hielo y agua, se ponen a enfriar las cervezas. Hay un bote para que se deposite un euro por cada cerveza que se coja. No hay camarero, nadie vigila si se paga por consumir: queda a voluntad de cada uno hacerlo o no. La confianza en la buena fe de las personas es una de las virtudes más apreciables de Pi. En la gran mayoría de las ocasiones sale bien, pero aquellas en las que ha salido mal, esas en las que la realidad se obstinó en demoler quimeras, no han bastado para que renuncien a sus convicciones. Desconozco cuál será el balance de la jornada de hoy. Al fin y al cabo, sospecho que todos los artefactos multidisciplinares de Pi son deficitarios desde su mismo origen y concepción. La impresión es que los pocos que caben en el patio contribuyen, ya sea con sus buenas maneras, ya sea con el respeto al lugar y a los artistas, a que todo el esfuerzo sea vea recompensado, a que rebose de razón el sentido primigenio que irradian estos nobles afanes y desvelos. Hacer las cosas por el sumo placer de hacerlas; crear por la mera necesidad de crear; compartir obras y talento como divisa irrenunciable.

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Notone en vivo parece una extensión de sus instrumentos. O, si se prefiere, los ingenios electrónicos simulan ser una prolongación de su riego sanguíneo. Las bandas luminosas que alumbran la pantalla del ordenador reflejan los latidos de su corazón, la tecnología se rinde a los mandatos de sus impulsos vitales. Encorvado sobre la mesa de mezclas, sus dedos, a modo de batuta, dominan los volúmenes, las ecualizaciones, los efectos. Interpreta Sonor land, una especie de sinfonía carente de reposo entre cada uno de sus movimientos. Debido a su excelencia, esta composición, rica y compleja en armonías y estilos, induce a creer que se trata de un amalgama de los más selectos pasajes de otros. Causa asombro saber que la totalidad de este festín sonoro ha sido compuesto y ejecutado por Notone.

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A lo largo de cerca de una hora, una hora vibrante en que los pies no pueden quedarse quietos, se suceden sin interrupción absorbentes acordes metálicos, fraseos arrebatadores y melodías de influjo seductor. Cada una de las piezas que conforman la obra se fusionan y engarzan sin que el oído acierte a descubrir en qué preciso instante dejó de sonar una para así dejar paso a la siguiente: todo ello empuja a los oyentes a caer en un estado de trance en comunión con el músico. Hace décadas se cantó aquello de que el “el futuro ya está aquí”: ya bosteza el polvo sobre esa letra que era promesa de longeva modernidad y ahora ritmos como los de Notone vienen a revitalizar y actualizar esa proclama que tan solo perdió vigencia en su forma concreta, jamás en el siempre renovado deseo de explorar nuevas vías de expresión por las que transitan tantos artistas contemporáneos. Uno intuye que esta música emergente y experimental, como todo aquello que va unos pasos por delante de su tiempo, tardará en hacerse un hueco en el hoy de una manera generalizada. Además del goce que su escucha despierta en el presente, la obra de Notone presagia la música que nos envolverá en el mañana.

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Se oculta el sol. Sobreviven en la fachada de las casas circundantes los últimos rayos sesgados del atardecer. Ningún resplandor incide en el patio; horas antes se llegaba a elucubrar con que esas láminas de claridad que descansaban en el césped y las paredes permanecerían allí para siempre. Quizá sea que en todos los patios se prende un fenómeno mágico con la luz. Podría fabularse con una suerte de apropiación perpetua, como si fueran urnas de cristal que atrapasen y contuvieran la luz con independencia del curso de los astros o de la mecánica celeste. La ausencia de la luz natural se compensa con que, durante la caída de la tarde de este largo día de verano, se ha llenado el patio. Bailarines, fotógrafos, pintores, actores, músicos, escritores, poetas, DJs. Son solo una parte del público habitual de cualquier celebración de Pi. Todos tendrán en común que se lamentan poco de la vida cultural de la ciudad. Bien saben que es muy fecunda, que un jueves cualquiera cuesta decidirse por acudir a un evento o a otro. Si son tan conscientes de ello es porque forman parte activa de esta época de efervescencia creativa en múltiples campos. Ellos también suelen ofrecer su trabajo a todo el que quiera verlo, las más de las veces sin tributo económico alguno, casi siempre lejos del apoyo institucional. Raro es el que consigue vivir de sus creaciones. Una imperceptible cadena de ensueños y quebrantos los eslabona. Otros muchos como ellos, superiores en número, se congregan en la plaza del Santo Martino. Lo limitado del espacio imposibilita que acudan al patio todos los que querrían hacerlo, todos a los que se querría haber invitado; es el envés amargo de esta iniciativa. Hubo intención de retransmitir las actuaciones en directo a través de una pantalla gigante instalada en la plaza. Resultaría latoso pormenorizar por qué no pudo ser. Para aquellos que conocen la filosofía y entrega del colectivo Pi, la queja sería indecorosa y, agradecidos, siguen los conciertos en el bar y en la plaza igual que lo harían si hubieran tenido sitio en el patio.

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Aún quedan dos sesiones. JLK rememora una intervención que tuvo gran impacto en el pasado TESLA Festival. A lo largo de treinta temas, destaca su virtuosismo para jugar con los vinilos magnéticos. En el momento de mayor afluencia en el patio, The Black Cotton Beats ON culmina la noche al hilo de las ráfagas de luces de formas geométricas que desprende su Kaoss Pad. Me atrevo a afirmar que las propuestas del primero y del segundo eran radicalmente diferentes, pero arriesgarse a definir los complejos perfiles de cada una de ellas es una misión adecuada para quienes acumulen mayores conocimientos de la materia. Serán otros los que estén capacitados para registrar y destacar sus singularidades, hallazgos o momentos de gloria; sí dejaré constancia de la continuidad entre uno y otro que hallé en la respuesta de los oyentes. Puede que fuera por la preponderancia de la percusión, pero lo cierto es que se vivieron minutos cercanos a lo festivo. La gran mayoría se animaba a bailar, entremezclada con los que se deslizaban por risueñas conversaciones. Imperaba el buen humor. Han sido muy variadas las citas de Pi, pero siempre y cuando la naturaleza de la obra lo permite potencia y explota el carácter lúdico. Tengo la sensación, y nada saben los de Pi acerca de esto que escribo, que, al contrario de tantos programadores culturales de instituciones públicas o fundaciones, Pi no confunde lo serio y profundo con lo mustio o plúmbeo, tampoco la pomposidad con la grandeza, menos aún identifica la exigencia artística con el aburrimiento; con un grupo heterogéneo y abierto de seguidores, reniega de todo elitismo en sus muestras de creatividad, sabe que lo sublime no es territorio exclusivo de una minoría endogámica de actitud estirada y distante, y cree que la alta cultura y el respeto al artista no son por necesidad sinónimos de un silencio de iglesia. Solo los necios fruncen el ceño cuando el juego de la creación resulta divertido.

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Ya es de noche cuando terminan los conciertos. Se adivina alguna constelación en un cielo enmarcado por aleros y tejados. Algunas estrellas asoman entre las ramas del abedul y del tilo que reinan en el patio. Son altos y señoriales, sublevándose así contra su condición de jóvenes. Ni siquiera tienen siete años, relata una mujer miembro de esta familia que con tanto amor y exquisito gusto restauró el edificio e ideó este patio primorosamente cuidado en todos sus detalles. Plantaron estos árboles quizá con la idea de contemplar su lento crecimiento, confiando en que se conformarían con alcanzar una escala acorde con la modestia que respiran estos patios. Sin embargo, han crecido mucho y más deprisa de lo esperado. Nada sé de la evolución natural de estos troncos y ramas, pero sí ha tenido uno la suerte de ver crecer a Pi desde sus raíces. Estas líneas, flacas y desdoradas, apenas harán justicia a todo lo que nos han regalado a los afortunados que les hemos acompañado y apoyado como público en su andadura, que somos aquellos que acudimos porque pusimos y ponemos interés en acudir, en vano se buscará otra explicación. Vulcanalia, Torreón Pi o el TESLA Festival son tan solo algunos de sus más significativos triunfos. En realidad, era fácil preveer que alcanzaran tan insospechados logros, pese a que el proyecto nació como un sueño con visos de ser otra ilusa utopía abocada al acopio de una cosecha de desengaños. Suplen la falta de holgura monetaria con ímpetu, tesón, ilusión, rigor, talento, calidad humana y las más benevolentes intenciones, camufladas estas últimas, el pudor obliga, con orgullosos gestos de insolencia, descaro y rebeldía. Son pocos miembros, pero en esta magna tarea que ya ha dado esplendorosos frutos nunca han estado ni estarán solos. En este lunes de finales de julio, brilla la labor de la amigable familia que cede el patio, el bar que se desvive por atender a los asistentes, los que se ocupan de la deslucida tarea de los permisos y montaje, los artistas plásticos que idearon y plasmaron la sobresaliente imagen gráfica, los medios como Tam Tam Press que anunciaron el acto, los fotógrafos y cámaras que cuidan la cobertura visual que luego nutrirá el archivo, los músicos que con desmesurada pasión se implican y, cómo no, la totalidad de los integrantes del colectivo Producciones Infames. Tamañas pruebas de generosidad han de alimentar en personas de bien una reconfortante alegría.

Patio (1). © Fotografía: Rafa Murciego.

Patio (1). © Fotografía: Rafa Murciego.

Hay muchos patios en la ciudad. En lo que resta del verano, algunos de ellos abrirán sus puertas, de natural cerradas, a los extraños. Por unas horas, la creatividad y el altruismo se adueñarán de aquellos afables refugios ajenos. Quedará memoria de los sortilegios que allí germinen. Uno suspira por ser testigo de una estación de luz retenida en los patios.

PATIOS. 27 de julio.

PATIOS. 27 de julio.

Información relacionada:

Patios (1). Gabriel Quindós, el cronista. © Fotografía: Eloísa Otero.

Patios (1). Gabriel Quindós, el cronista. © Fotografía: Eloísa Otero.

  1. Magnífica crónica la de Gabriel!!!!!
    Ole

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