PATIOS (2) / Crónica / “Diez lamas frías”

Patio (2). © Fotografía: Rafa Murciego.

Patio (2). © Fotografía: Rafa Murciego.

Crónica del segundo encuentro celebrado dentro del proyecto PATIOS, organizado por el colectivo Producciones Infames (Pi), y que tuvo lugar el miércoles 29 de julio en un patio de una casa particular en el barrio de El Egido (León). Consistió en un concierto de poesía y música a cargo del Trío Sonámbulo.

Por CARLOS ORDÁS

El pasado miércoles 29 de julio, dentro del ciclo “PATIOS” programado por Producciones Infames para este verano de 2015, tuvo lugar un acontecimiento muy especial, del que fuimos testigos los escasos espectadores que cupimos en el pequeño patio elegido para la ocasión: el estreno absoluto del Trío Sonámbulo, una formación de improvisación poética y musical compuesta por Víctor M. Díez, que escribe y declama todos los textos, con Fernando Lamas a la percusión y Jorge Frías al contrabajo. Intérpretes todos ellos conocidos entre sí —no es la primera vez que unos y otros comparten cartel o escenario—, pero que nunca antes se habían asomado al abismo de la improvisación con este peculiar formato de trío.

—Me he tomado la libertad de incluirme a mí mismo en el programa de este año.

—Pues ya venía siendo hora, ¿no?

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El origen de esta formación hay que buscarlo en el ciclo estival Roma en el espejo, una programación cultural ya de referencia que, por tercer año consecutivo, propone, diseña y coordina el propio Víctor M. Díez, auspiciado por el Ayuntamiento de León. Por si alguien todavía no lo sabe, Víctor M. Díez es el más importante agitador cultural y lubricante social de la ingente y difícilmente abarcable escena creativa de esta ciudad. Por ello, es una agradable sorpresa que este año, por fin, haya incluido una propuesta escénica propia en este programa pergeñado por él mismo. Y es que Víctor es un fantástico hacedor de poesía, sobre el papel y sobre el escenario, y su presencia en este ciclo como mero presentador o acompañante parecía dejarnos siempre con una cierta sensación de vacío. Una ausencia que, quiero pensar, tendría que ver con la coherencia e integridad profesional que exige operar en esta ciudad, donde la crítica, casi nunca constructiva, es constante, y donde impera un continuo e infundado lloriqueo ante el panorama cultural local —que, por otro lado, cualquier ciudad española ya querría para sí—. Más de uno de esos plañideros de cortas miras habrá encontrado cuestionable el hecho de que una figura de esta envergadura se incluya a sí misma en su propia programación. Ver para creer. El simple hecho de abrir las puertas al público para esta suerte de preestreno que aconteció en su patio —tan solo un día antes de la presentación en sociedad de este fantástico trío—, no puede sino responder a esa generosidad y honestidad artística que le caracterizan, y que, desde luego, no están al alcance de cualquier artista.

—El problema es que el patio es muy pequeño. No van a poder entrar más de trece o catorce personas.

—Pues cojonudo. En la mayoría de eventos que montamos en Pi no llegamos ni a eso.

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Desde el mismo momento en que la maravillosa Guadalupe nos recibía personalmente a la entrada de su casa, uno empezaba a cobrar consciencia de que este segundo programa de “PATIOS” iba a ser algo realmente especial. Aquellos asistentes que conseguimos una entrada teníamos unas directrices bien claras: el acceso era gratuito, pero deberíamos llevar comida y bebida para compartir, especialmente con los músicos. Así que, como era de esperar dado el perfil del espectador que acude habitualmente a los eventos de Producciones Infames, nos pegamos un buen banquete.

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Y de pronto el tiempo se detuvo. Calló la voz del presentador y, con ella, la de todos los presentes, que literalmente enmudecimos a lo largo de la siguiente media hora. Un arco de contrabajo comenzó a arrancar, de forma tan sutil como desgarrada, una serie de sonidos impropios del enorme instrumento cuyas cuerdas frotaba. Tímidamente fue cobrando vida el sonido de bordón de una caja, animada por dos escobillas que, ya de forma decidida pero irreverente, continuaron recorriendo los escasos componentes de un cuerpo de batería reducido a su mínima expresión. Durante varios minutos fuimos testigos de cómo estas dos bestias de la improvisación, vástagos de un free-jazz del que son claramente deudores, entablaban un diálogo en idiomas desconocidos, donde el contrabajo no cantaba melodías, ni la batería ejecutaba ritmos reconocibles. Como dos viejos amigos que se encontrasen después de muchos años, pero cuya relación emocional pareciera mantenerse aún intacta. Una auténtica delicia visual y sonora, suspendida en el tiempo. Hasta que, con un murmullo apenas susurrado a dos voces, el sonido se apagó.

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Silencio. Ni un aplauso. Ni una voz. Ni un ruido. Parecía como si ninguno de los presentes nos atreviéramos a romper el encantamiento sonoro al que acabábamos de ser sometidos. O quizá no del todo.

Un coche acelera más allá del edifico amarillo que hay a nuestra espalda.

El viento mece las hojas de los árboles.

Un tenedor bate huevos en una cocina, dos casas más abajo.

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Acto seguido, los dedos de Jorge Frías pellizcaban con virtuosismo las cuerdas del contrabajo para arrancarle —ahora sí— una preciosa línea melódica, recibida inmediatamente por un paquete de Chester que parecía querer huir del bolsillo de la camisa del poeta. Y entonces unos versos dolientes, estampados sobre varios pliegos de papel, tomaron la palabra. Brutales. Pero qué negro es este tío. Y mientras el contrabajo abrazaba estos versos, y los acariciaba impúdicamente, y los hacía suyos hasta convertirse él mismo en recitador, el poeta se convertía a su vez en músico, produciéndose una escena de puro sexo, donde notas y palabras deambulaban, notas y palabras deambulaban. Notas y palabras. Y de, y de, y de. Y deambulaban libremente.

Y de nuevo el silencio. La batería, durante todo este tiempo, se había mantenido muda, como queriendo atrapar en una jaula todos los sonidos que inundaban el ambiente. Y tras el silencio, y aunque ya empezábamos a intuir una cierta estructura que, por lógica, debería dar paso a una nuevo dúo, esta vez de percusión y voz, nada parecía habernos preparado para lo que venía a continuación.

¡¡¡CRASSSH!!! ¡Pum pam pom… PAM PAM! Clin, clon, clin, clin.

RRRRRRSSSS… ¡¡¡CHASSS!!!

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La batería mínima de Fernando Lamas, acompañada ahora por un reducido arsenal de cencerros y percusiones, hizo su entrada de forma demoledora, aportando una base arrítmica y aparentemente incómoda, sobre la cual Víctor M. Díez desmenuzaba sus versos de forma decidida. Y así, el caos tomó forma y la cacofonía se fue convirtiendo, sin saber bien cómo, en un espléndido combinado donde cada golpe y cada verso parecían hacerse eco los unos en los otros. Increíble cómo la negritud de los textos y ese ritmo desaforado, a base de ruidos casi fuera de toda lógica, consiguieron un maridaje de formas inaprensibles, de una belleza que casi producía dolor.

Sin previo aviso ni solución de continuidad entró nuevamente en escena el contrabajo de Jorge Frías, para acometer junto a sus dos compañeros una larga pieza final, enigmática, que sabíamos única por su carácter improvisado, pero que parecía llevar escondida durante mucho tiempo hasta el momento en que este fantástico trío lo hubo por fin sacado a la luz. Lo que ocurrió ante nosotros a partir de ese momento fue, pura y simplemente, magia. Porque solo a través de la magia es posible explicar que este recital, que presenciamos con una atención propia de la devoción religiosa, estuviera teniendo lugar por primera vez en ese preciso momento. Y para no repetirse jamás. Absolutamente maravilloso.

—Joder, esta grabación suena como si estuviese hecha en un club, y no al aire libre.

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Pero eso es otra historia. Como la que nos vino a contar al final de la noche la princesa Guadalupe, recordándonos que más allá del arcoíris los sonidos más bellos también son entonados en yidis.

Como escarpias.

PATIOS (2) / 29 de julio.

PATIOS (2) / 29 de julio.

Información relacionada:

Patios (2). Carlos Ordás, el cronista. © Fotografía: Eloísa Otero.

Patios (2). Carlos Ordás, el cronista. © Fotografía: Eloísa Otero.

  1. Todo un privilegio haber podido asistir a este patio; la experiencia fue realmente tan maravillosa como la describe el cronista…

  2. Pingback: PATIOS (3) / Crónica / “Noise” en un patio tatuado | Tam-Tam Press

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