“La canción del disidente”, por Tomás Sánchez Santiago / Pregón de la Feria del Libro de León 2016

El cartel de la Feria del Libro de León 2016 es obra del artista Pablo García (Pablo Je Je).

El cartel de la Feria del Libro de León 2016 es obra del artista Pablo García (Pablo Je Je).

Reproducimos el pregón leído por el escritor y poeta Tomás Sánchez Santiago este jueves 19 de mayo en la apertura oficial de la Feria del Libro de León 2016 e incluimos, abajo, un pdf con todo el programa de actividades. La feria se prolongará hasta el 22 de mayo en las inmediaciones de Botines.

PREGÓN FERIA DEL LIBRO LEÓN 2016

LA CANCIÓN DEL DISIDENTE

Por TOMÁS SÁNCHEZ SANTIAGO

El escritor Tomás Sánchez Santiago.

El escritor Tomás Sánchez Santiago.

OBERTURA A TIENTAS

Nada más lleno de responsabilidad y alegría para un escritor que la encomienda de iniciar con palabras propias el curso de unos días dedicados a los libros. Aunque ese escritor sea alguien bajo sospecha, que suele vivir de espaldas a los estruendos y masticando la penumbra, que en realidad es el espacio en que debería hallarse siempre al escritor. Una vez leí un verso de Gonzalo de Berceo que se me quedó clavado por su cuenta en el corazón; decía así: “escrivir en tiniebra es un mester pesado”. Comentándolo Jorge Guillén, advirtió que aquel verso respondía puramente a un contexto real, a lo costoso que era entonces escribir casi a oscuras y mal alumbrado. Podemos suponerlo bien en aquella Edad Media tenebrosa y sin demasiadas comodidades. Pero yo, con descaro juvenil, ya lo quise interpretar entonces de otra manera. El escritor es el que se dedica a sacar agua de la oscuridad. Si es que la saca. Escribir es algo incierto que exige apartamiento y penumbra. Tengo siempre a punto una respuesta prefabricada para esa pregunta que habitualmente se hace: “¿Qué es un escritor?”. Digo siempre –lo sigo diciendo porque creo en ello– que ante todo un escritor no es una figura social. No es alguien que deba intervenir en los jaleos públicos que iluminan –pero con luz de gas– el oleaje del mundo. No es hombre o mujer de tertulias, de concursos, de entrevistas atadas a la banalidad… El escritor es otra cosa: un medio monje, un medio ladrón, un medio mendigo. Eso creo. Escribe en una soledad conventual; entra a saco en palabras de otros para llevarse algo entre las uñas; se encuentra a menudo como un menesteroso, suplicando una palabra que llevarse a la boca para seguir comprendiendo un poco más al mundo.

Pero hoy y aquí, en esta pequeña ceremonia catacumbal, el escritor añade por primera vez a ese repertorio de funciones poco lustrosas otro cometido: el de pregonero. Y tampoco me parece mal oficio. Quiero agradecer a quienes confiaron en mí para esta labor vocinglera su actitud generosa; también su sentido del riesgo. Porque encomendar abrir la función a un modesto poeta que acostumbra a hacer juicios temerarios, nada complacientes, cuando se trata de poner en cuestión el manto invisible del rey tiene, de partida, ese mérito de no desear contar con una figura decorativa e inocua que salve el primer número del circo. Yo lo agradezco de veras.

La labor de pregonero está muy presente en la literatura, sobre todo en la que trata de plasmar la vida popular. De ese modo, este pregonero puede considerarse, si a ustedes les parece, también como personaje figurante de la gran narración viva que es todo cuanto sucede en una Feria del Libro como la que hoy se inaugura.

Porque ¿qué significa ser pregonero? Mucho me temo que nada que ennoblezca demasiado los oficios sombríos de monje, ladrón y mendigo con los que antes me he identificado.

Todos conocemos sin duda la historia de Lázaro, aquel muchacho que protagoniza esa novela admonitoria que desvela por primera vez en nuestra literatura lo difícil que iba a ser –y eso hasta hoy en día– prosperar socialmente. Lázaro, como sabemos, acaba siendo, precisamente, pregonero. Es decir, acaba viviendo de su voz. Acaba pregonando eso que en castizo se define como “las cuatro verdades”; y, encima, lo suelta a los cuatro vientos. Lo dice de viva voz. Se ha convertido en un tipo socialmente sospechoso porque todo lo hace público. “No dar un cuarto al pregonero”, solemos decir para indicar que no conviene difundir cuestiones que no deben exceder el espacio de la discreción. Lázaro muestra su contento por haber conseguido “un oficio real” mediante “favores de amigos y señores”, pues –dice él– “no hay nadie que medre sino los que lo tienen”, algo bien alejado de las expectativas de un escritor, de un verdadero escritor de aquellos que antes señalábamos. Por cierto: hay que saber también que al pregonero se le pedía una estimable fianza de entrada para dejarle ejercer su cargo; como si se desconfiara de su función. La verdad publicada debía estar sujeta a norma. Por no decir a censura. Devolverle ese adelanto debía compaginarse con haber desempeñado su función al gusto de quienes le habían permitido llegar a ella. Seiscientos años después, de pronto se pretende hacer lo mismo con escritores, con creadores, con pensadores e investigadores: retirarlos del mundo de la palabra si es que quieren seguir cobrando cada mes su pensión. Una mordaza sutil. El pensamiento y la imaginación también se jubilan, parece proclamarse en esa medida ominosa y absurda que ya han padecido en sus carnes entre otros Caballero Bonald, Luis Landero, Antonio Colinas o Antonio Gamoneda, por hablar de dos poetas bien cercanos a nosotros. El uso de la palabra, pues, tiene límites. La edad activa implica también al espíritu. El escritor debe cumplir con las ordenanzas del escalafón. Una vez pasado a la reserva, como en el gremio militar, ya no está autorizado a usar el arma, y debe entregarla: en este caso, la palabra.

Ya ven ustedes, el pregonero es el que lo acaba contando todo. El que podría convertir en palabra, en voz, lo que estaba destinado a pasar inadvertido sobre las brasas menudas de la difusión; el que hace distinción entre esas dos categorías que casi nunca entran en coincidencia: la exactitud y la verdad. Así tomo también mi labor preliminar en esta Feria del Libro: un pregonero incómodo, crítico, lenguaraz. No un incauto enredado en un discurso de circunstancias, tan pomposo como inocuo.

ANDANTE VIVACE, EFERVESCENTE Y ALGO AGITATO

Este es un país de gestos y de ruido. Un país desde siempre sobreexcitado socialmente en espacios donde reinan la estridencia y el desconcierto: en bares y en cafés, en estadios, en plazas de toros, en reuniones de las comunidades de vecinos (de donde vendrá, sin duda, la tercera guerra mundial), en tertulias y debates de gallinero… Tener razón, para los españoles, siempre se ha identificado con la altisonancia. Así, se escucha habitualmente decir, con algo parecido a la jactancia, como conclusión definitiva de una discusión: “Te lo puedo decir más alto pero no más claro”. Más alto; no más claro. O sea, aún puedo vocear más aunque no lo sepa explicar mejor. Lo deseable sería lo contrario: intentar ser más claro mitigando el tono. Otra vez el predominio violento de la voz, que entre nosotros es materia de volumen, no de persuasión. Parece que no lo hemos entendido todavía: para convencer, no se trata de subir de volumen la radio sino de cambiar de frecuencia la emisora. Ya lo ven ustedes: este es un país de pregoneros. A la hora de actuar nos quedamos en eso: en una galería de gestos y en ese dominio bruto de la altisonancia. No sabemos vivir en otra alegría que no provenga del aturdimiento. “Nosotros tan gesteros pero tan poco alegres”, dice Claudio Rodríguez en un poema titulado precisamente así, “Gestos”.

En la vida nacional, los dos gestos históricos que lo presiden todo son la retórica verbal y el exceso de rituales. Ambos son modos habituales de exageración, que empañan secularmente las formas de relación entre nosotros. Lo traigo a colación porque estas apuestas por lo altisonante ponen muy difícil en nuestra sociedad ibérica el microclima necesario para todo lo que tiene que ver con la lectura a solas, con el mundo interior de un libro. Un mundo que tiene su propio murmullo, más allá del que se impone en el exterior. Quizás también más allá del que produce una feria del libro cuando solo se concibe como una oportunidad comercial. Una Feria del Libro no es una mera exposición de productos embutidos y a la venta, por cuenta de los libreros, esos seres ya heroicos. No debería serlo. Los libros se venden; las palabras, no. Y en estos días debería haber actos de exaltación de las palabras, propiciados y sostenidos desde las instituciones que cuidan del espíritu ciudadano. Por eso, su gestación y su alcance debería corresponder a la res publica. Perder, como sucede en León este año, la posibilidad de detener un poco más la vida de la ciudad en torno al libro es un acto de irresponsabilidad municipal. La agonía ya viene de hace años. Vedettes de televisión, terapeutas, gurús, cocineros, políticos en entredicho… han ocupado a menudo el sitio del verdadero peleón de las palabras: el escritor. Hace algún tiempo se hablaba de manera hiperbólica de hacer de León un referente del libro, semejante a otras ciudades europeas. Como tantas veces ocurre en España, se pusieron impetuosos primeros cimientos, se gastaron dineros en padrinazgos, se urdieron discursos llenos de luces ilusorias… Todo fueron fuegos fatuos hasta hoy, hasta estas jornadas escuálidas. En la ciudad, hoy en día el amor a la poesía, el periodismo crítico o las nuevas propuestas de difusión lectora están en manos de un coro de audaces convencidos de la necesidad de mantener por su cuenta (y riesgo) el pulso vivaz de las palabras. Son los ciclos de lecturas poéticas en cafés donde la gente detiene una copa en alto para escuchar; son las aventuras abisales y al margen de Vinalia Trippers o de la cofradía ultramarina de “La Galerna”; son las democráticas reuniones de “Ágora” a cara descubierta; es el tráfico cultural de Tam-Tam Press, que distingue lo que pasa de lo que hay, que no es lo mismo; son los sobreesfuerzos editoriales, las presentaciones de novedades en pequeñas librerías desordenadas y rebosantes, los maravillosos clubs de lectura: hombres y mujeres que no caben en el mundo y se refugian con aliento casi secreto entre lecturas compartidas… A todos ellos debemos la sustancia verdadera de una resistencia cultural en esta ciudad, más allá de otros gestos programados para la inanidad, de las rondas poéticas de lágrimas subvencionadas a la extravagancia, investida de aura académica, de un Santo Grial de rendimiento turístico.

Más allá de todo ello, y a pesar de todo, ahora entramos en los engranajes de la Feria del Libro. ¿Y de qué libros se ha acabado nutriendo este cantón especial que es una feria, una Feria del Libro’? Nunca aprecié demasiado esa palabra, ‘feria’, que evoca de nuevo el ruido y la estridencia de sirenas, bocinas y altavoces de tómbola desmandada. Claro que el paisaje es parecido: hay también casetas, animales exóticos –los escritores– que permanecen impertérritos en sus jaulas, las colas de ávido público y hasta, a veces, ese espacio denominado así –la carpa– que lo acerca todo al mundo fantástico del circo. Pero no es ese el territorio natural en que debe residir el libro que yo quiero exaltar hoy aquí. Ese lugar ha sido usurpado por libros que tratan de colonizar industrialmente el alma y la conciencia. Uno viene a la feria a encontrar palabras radicales y lo que se encuentra son obras de reclamo que los medios han aireado ubicuamente por tecla, mar y aire para que las deseemos de antemano… De nuevo el ruido; la altisonancia. Fijémonos, por ejemplo, en la abundancia de esos libros llamados de autoayuda, manuales en pos de la felicidad que unos profetas más o menos titulados nos prometen.

Pero ¿qué otra autoayuda mejor que la que nos dictan sin querer autores que no se agotan, que siguen a nuestro lado sacándonos de apuros en los que nos pone la oscuridad de la existencia algunas veces? Por ejemplo, la voz de Constantino Cavafis en este poema:

CUANTO PUEDAS

Si imposible es hacer tu vida como quieres,
por lo menos esfuérzate
cuanto puedas en esto: no la envilezcas nunca
por contacto excesivo
con las palabras manejadas por el mundo trivial.
No la envilezcas nunca
en el tráfago inútil
o en el vacío
de las necedades diarias
y, al cabo, te resulte un huésped importuno.

O la lección antigua, aún vigente, del poeta latino Marcial cuando exponía esto:

EL ÚNICO BENEFICIO

Podrá el ladrón arramplar con tus riquezas,
devorar el fuego tu patrimonio,
no pagarte un moroso ni siquiera intereses
y hasta, estéril, la tierra acaso no devuelva las semillas que un día le echaste.
Una amante traidora embaucará a tu administrador
y una tempestad terminará por hundir tus naves
cargadas de mercancías…

Sólo quedará a salvo de la Fortuna
lo que hayas entregado a los amigos.
Sólo lo que hayas dado,
eso será lo que al fin tengas.

O el modelo de dignidad que dejó sentado Luis Cernuda cuando se le invitó con desesperación a regresar a una España desolada y carente de guías y de ejemplos. Su respuesta negativa está contenida en este poema admirable, que todos deberíamos saber de memoria. El poema se titula “Peregrino”:

¿Volver? Vuelva el que tenga,
Tras largos años, tras un largo viaje,
Cansancio del camino y la codicia
De su tierra, su casa, sus amigos,
Del amor que al regreso fiel le espere.
Mas ¿tú? ¿Volver? Regresar no piensas,
Sino seguir libre adelante,
Disponible por siempre, mozo o viejo,
Sin hijo que te busque, como a Ulises,
Sin Itaca que aguarde y sin Penélope.
Sigue, sigue adelante y no regreses,
Fiel hasta el fin del camino y tu vida,
No eches de menos un destino más fácil,
Tus pies sobre la tierra antes no hollada
Tus ojos frente a lo antes nunca visto.

Esos son los verdaderos textos de autoayuda que todos necesitamos. No están en los manuales de los autores más vendidos (qué irónica verdad contiene, por cierto, esta expresión). Están en la memoria colectiva de la literatura. Son universales. Han llovido años sobre ellos pero no se han secado. Sus palabras mantienen todo el jugo. Trascienden el tiempo. Y hacen falta, tal vez más falta que nunca, en un momento desdichado en el que Europa toma esa actitud vergonzante que hace del continente un hortus conclusus y se niega a poner en práctica el reclamo de entereza de Cavafis, la fraternidad de Marcial, la dignidad de Cernuda. Sirven estos textos para vadear “las mesmas aguas de la vida”, como decía Teresa de Jesús. No nos hacen falta otras formulaciones de pretendido alcance terapéutico ni instrucciones para saber vivir –como no sean, naturalmente, las de Perec en aquel libro impagable: La vida. Instrucciones de uso– ni modelos de manual prescriptivo. Todo ello es, al cabo, hojarasca. No necesitamos libros de órdenes: de órdenes menores. “Donde hay obligación no hay alegría”, decía un personaje de Julio Verne en una de sus novelas. Y es verdad.

Cuando yo era un pequeño lector, feliz e indocumentado, leí repetidas veces La isla del tesoro suponiendo que solamente estaba leyendo una historia de piratas que me cautivaba. Tiempo después –yo seguía leyendo cada año la novela de Stevenson– caí en la cuenta de que bajo la apariencia de una obra de entretenimiento estaba expuesta una galería de personajes que invitaban a conocer, como verdaderos arquetipos de Shakespeare, la naturaleza humana: el coraje del audaz Jim, la magnanimidad del doctor, la codicia insaciable de Silver, la lealtad. No eran solo criaturas de ficción del novelista: eran bocetos seguros de la condición universal de los hombres. En el desastre de la corrupción instituida que nos sigue enfureciendo a todos casi diariamente, yo no dejo de ver algunos de esos mismos comportamientos que, según parece, Stevenson fue alzando para conseguir dormir cada noche a su hijastro, que esperaba con avidez un capítulo más de aquella aventura excitante. ¿Se dan cuenta ustedes? Esa es la gloriosa incertidumbre de la gran literatura: un texto hecho para adormecer a un niño ha terminado por alertar a un lector, doscientos años después, y mantenerlo despierto sobre la formidable anestesia que se asperja de manera indiscriminada sobre la memoria colectiva para hacernos creer que podemos tocar algo parecido a la felicidad, ese fantasma invertebrado de cola escurridiza que no existe.

ANDANTE Y CON MOTO [¿en qué quedamos?]

El territorio del lector es el de la libertad. No sé si lo he llegado a decir con claridad. Leer es un acto de amor. Y no hay nada más exento de reglas, de obligaciones, que el amor. Por eso, en un mundo en que nos asfixian los dictámenes, los avisos y las ortopedias mentales hay que considerar más que nunca al lector, en paralelo con el escritor, como un disidente. Ninguno de los dos se conforma con que la vida sea ‘eso’ que le han servido otros delante de los ojos. Y buscan en los libros lo que falta, lo que sospechan que otros les han arrebatado. Y entonces salen del mundo a buscarlo, dejan atrás su ruido, su altisonancia. Eso es leer: sentir otra llamada. Di-sentir. El nada conocido ensayista español José Ricardo Morales, una de esas figuras colosales cuya obra es bien conocida en Chile, donde tuvo que exiliarse, y que acaba de fallecer a los cien años sin que en España apenas se advirtiese el hecho, explicaba en uno de sus ensayos cómo la palabra “sede”, asiento estable de algo, es lo contrario a ese di-sidente encarnado en las figuras del lector, del escritor. Disidente: el que no tiene sede, el que conoce el destino de su pensamiento como una perpetua conmoción, una continua errancia lúcida. En un texto reciente, el poeta Elías Moro vuelve a esa consideración de la lectura como un hecho necesariamente transgresor, no ratificante, un acto rebelde que no supone pasividad ni aceptación sino búsqueda, y por tanto –dice el escritor extremeño– puede llegar a sacudir, “a veces de manera casi violenta, las convicciones que uno pueda tener con respecto a algo, a alguien, incluso hacia sí mismo”. Y así es: el lector no busca soluciones que lo lleven a una vida asertiva y estanca; busca maneras de poner en cuestión lo que se le dio por sentado. Por dentro, está en ebullición. Su serenidad es engañosa; su alejamiento de los demás solo trata de tomar impulso interior para evaluar lo inaceptable.

Decía Stevenson que los críos habitan una época mitológica que hace que no sean contemporáneos de sus padres. Tampoco el lector es contemporáneo por entero de esa dictadura del presente que es la actualidad, y sale de su sede –disidente él por siempre– a buscar “lo otro”, a reconocerse en ello para, ya desensimismado, completarse. Publiqué hace tiempo un libro de poesía titulado El que desordena. Así llamaba yo al poeta y así lo sigo considerando: un ser incomodado por quienes tratan la vida como una suma inapelable de resultados y no como un quehacer, como una aventura en perpetuo juego vivo de modulaciones. El poeta es el más alto de los disidentes. Por eso, su lenguaje se mira con recelo, incluso con incomprensión por el resto de la tribu hablante, como quien escucha un dialecto que no entiende del todo y lo pone bajo sospecha. También bajo sospecha está hoy el lector. Cuando en las escuelas, en los institutos, en las universidades se habla de lectores suele considerarse el ejercicio de la lectura mera habilidad que despoja al texto de su verdadera densidad medular: la existencia en él de una conciencia verbal. De una conciencia crítica. Los libros dejan así de ser amigos para convertirse en artefactos. He conocido colegas que utilizaban fragmentos de La Celestina o de El Quijote para hacer análisis sintácticos. Y qué decir de quienes se acercan a los libros con prevención profesional para medrar -como el pregonero de El Lazarillo– con tesis, masters o cursos de alto voltaje académico (y económico, por cierto) pero sin emoción ni riesgo vital. Son actos de interés. O de intereses. No hay en ellos amor. Por eso, el aliado natural del escritor es el lector, no es el erudito ni el crítico que pontifica y descubre las suturas de una novela o de un poema como si se sintiera por encima del prestidigitador por el mero hecho de descubrir el truco. Es entonces el momento en que el lector, el verdadero lector, el disidente, abandona ese territorio usurpado, alzado en nombre de un poder, de un propósito comercial o de la adquisición de un crédito. El único espacio en que cabe la alegría lectora –y volvamos al viejo Verne: “donde hay obligación no hay alegría”– es ese espacio de complicidad en la voluntad de salir del mundo agarrado a unas cuantas palabras luminosas. Frente a la tristeza de las militancias, la del lector es una elección plena de libertad en el jardín revuelto de unas páginas, de unos papeles que nos llevan a cualquier sitio menos a Panamá; de esas tramas de narraciones desasosegantes, bien distintas a las tramas que pudren la vida política de un país calcinado por la vergüenza. Frente a la cultura como comercialización, como superstición o como espectáculo, está la aventura radical de leer un libro desde esa disidencia para mostrar al mundo la luz oscura del descontento.

Solo falta saber elegir libros. Una Feria podría ser una iniciativa responsable de respeto hacia las palabras y no la ocasión de vender bocadillos de humo. Vivimos rodeados de basura: programas basura, imágenes basura, comida basura, tiempo de la basura… También hay libros basura. En este año cervantino, no podía faltar aquí una alusión al autor de El Quijote. Si algún reproche puede hacerse a Cervantes, sería que sus dos excelsas criaturas han crecido tanto que han terminado por oscurecer a las demás. Rescatemos hoy a aquellos dos, el cura y el barbero, pidámosles que regresen a decidir qué libros deberían ir a las llamas. Sin duda, entre ellos estarían los complacientes, los enajenantes, los que no trasladan al lector al territorio de ‘lo otro’ para comprenderlo. 

CODA Y FINALE QUASI CONTRITO

Señoras y señores: creo que este pregonero se ha extralimitado en todos los sentidos. Solo quería hacer un elogio del lector en tiempos de confusión para casi todo. Y un canto al libro como depósito de la imaginación o de la conciencia de esos seres necesarios que son los verdaderos escritores. Un aviso modesto, excesivo tal vez, para que la lengua de los políticos y la de los economistas –las lenguas que dominan el pulso del mundo– no apaguen con su falaz altisonancia el idioma natural de toda persona: el que le llega al corazón. Ellos no lo ocupan todo. Hay una legión de hombres y mujeres que se retuercen para no dejarse domesticar por completo. Son los lectores. Cuídenlos. A muchos de ellos se les reconocerá porque no se acercan a reductos donde vedettes, cocineros, gurús y doctores tratan de vender el crecepelo de sus productos. Ojalá que estos juicios algo airados hagan recapacitar en nuestra ciudad sobre la necesidad de recobrar antes de que sea demasiado tarde el resplandor y la dignidad de las palabras.

Muchas gracias por su paciencia.

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  2. Carmen Pascual Sarmiento

    Fabuloso y completo pregón, eso si mas largo que la Feria del Libro de este año…

  3. Gonzalo Julián Carpintero

    Tomás. Tanto tiempo después, aún después de unos comienzos comunes de formación, comunes en las idas y, sobre todo, en las “vueltas” del colegio a casa…en las que cada uno iba quedando en la suya (tu en la ya inmortalizada “Calle Feria”), otros un poco más abajo…
    Tanto tiempo después, digo, sigues apareciendo, como antes en las “idas y venidas”…para desaparecer en el transcurrir de “nuestras vidas” que han dado tantas, tantas, vueltas.
    He celebrado tu primera “reaparición” en la mía.
    La siguiente, con forma de libro.
    Otra más con un amigo común, además de familiar tuyo…por desgracia ya desaparecido.

    Ahora con la lectura ya pasada, pero siempre vigente, de tu pregón de aquella Feria del Libro de tu León de acogida…a donde te ha llevado “tú vida”
    Comparto, tal vez un poco tarde, pero intensa y totalmente, tus sentimientos y opiniones sobre los “libros” y los “lectores”.
    Yo me siento uno de ellos, y disfruto y me “relaciono con ellos” como tú insinuas en tu pregón.
    Muchas gracias, de nuevo… pero, de seguro que no la última…y hasta siempre. Hasta pronto.

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