“El peso del alma”. José María Espinar Mesa-Moles

El peso del alma
JOSÉ MARÍA ESPINAR MESA-MOLES
Grupo Edaf. 2016

Cuando acaban de celebrarse las primeras Jornadas de Negro en Astorga, y mientras se acerca la Semana Negra de Gijón (7 al 16 de julio de 2017), el escritor leonés Luis Artigue reseña algunas de las novedades más interesantes, a su juicio, del género negro. En esta ocasión se centra en la nueva obra del escritor, poeta y profesor granadino José María Espinar Mesa-Moles, “El peso del alma”, ganadora del XX certamen de novela negra Ciudad de Getafe y editada por Edaf.

Por LUIS ARTIGUE

El tremendismo es una técnica literaria narrativa que se desarrolló, fundamentalmente, en la novela española de los años 40 del siglo pasado. Se caracteriza por una especial crudeza en la presentación de la trama (recurriendo a situaciones violentas), el tratamiento de los personajes (habitualmente, seres marginados o con defectos físicos o psíquicos –prostitutas, criminales tarados, etc-.) y un lenguaje desgarrado y duro: todo como correlato del contexto social transtbélico.

Nunca creí que se pudiera fusionar el tremendismo (en versión posmoderna y casi indie) con la novela negra pura y dura de detective de turbiedad enfática, y que la cosa funcionara… Pero aquí está El peso del alma.

A la hora de comenzar a glosar esta novela, recordemos que el filósofo racionalista francés René Descartes nos aseguró que existe el alma, y que está en el cerebro, y que biológicamente a ésta se accede a través de la glándula pineal… Y recordemos que el guionista Guillermo Arriaga y el director de cine Alejandro González Iñarritu nos certificaron con pareja inspiración también que existe el alma, y, pásmense, hasta nos dijeron cuanto pesa (en su película a tal efecto titulada 21 gramos)…

Como aunando estos dos puntos aquí llega José María Espinar Mesa-Moles (Granada, 1974) con su detective sórdido y su lirismo y su sarcasmo como de un Raymond Chadler tremendista e hispánico, a alborotarnos toda certidumbre mediante El peso del alma (Ed. Edaf, XX Premio de Novela Getafe Negro).

Milton Vértebra (un tipo con una masculinidad saturada y arquetípica pero caduca y queremos creer que de otro tiempo –por estar ya tan pasada de moda como los sombreros y los cigarrillos sin filtro–) es, a la par que una mezcla en coctel de Philip Marlowe, Jules Maigret, Pepe Carvalho y algún personaje perdido de La Colmena de Camilo José Cela, un investigador descreído, gañán, justiciero, caótico, ingenioso, y sobre todo adicto al alcohol, las mujeres, el tabaco, las noches con sombras y el egoísmo cuartelero. Tras los estragos autoinflingidos de su vida, este excomisario de la policía nacional expulsado y devenido en detective, a causa de un pertinaz banquete de excesos, debe narrar en primera persona un caso que marcó su existencia para, así, saldar una copiosa deuda que dejó en un bar-restaurante (fue a causa de sus muchos vicios aquí descritos con demorado y truculento impudor confesional, a la par que glosados con multitud de argumentos justificativos muy emparentados con la postmoral y la postverdad de moda hoy).

Pasa a contarnos pues el narrador así, con lo que Lorenzo Silva ha calificado como “una voz provocadora, irreverente y aplastante”, que todo comenzó con la llamada de Luis del Corral, un viejo compañero de clase, ahora reputado neurocirujano, el cual acaba de culminar el que supone que será uno de los grandes descubrimientos de la historia de la neurología…

Ese neurocirujano necesita los servicios de Milton Vértebra: últimamente está recibiendo amenazas de muerte antes de que anunciae su gran hallazgo médico y, además, ha desaparecido su ayudante Tancin Cadman.

Milton acepta el caso. Y, mientras nos presenta a sus amigos y sus conquistas femeninas y sus parroquianos del bar Airiños do Miño, se topa con una serie de muertes rituales ejecutadas con demorado sadismo en las cuales las víctimas apareen con el cerebro ensangrentadamente extraído. Y todo se convierte en una desasosegante carrera contrarreloj para encontrar al asesino múltiple en la cual ni Milton ni el lector se pueden fiar de nadie porque el propio Milton, nuestro detective narrador, tampoco es de fiar…

Estamos ante uno de esos detectives de novela negra que funcionan, no por su realismo, sino por ser más reales que la vida.

Estamos ante una novela de personaje más que de mundo –una novela cuyo protagonista rezuma un reconocible clasicismo de género–, la cual contiene en sus páginas un ejercicio de estilo con vocación de autoría, y aforísticos chispazos introductorios de cada capítulo con textura de cita literaria, y hondura filosófica, y autoindagación casi psicoanalítica, culturalismo erudito, tensión, ingenio en los diálogos y una crítica tan sutil como contundente de esta mediocridad social nuestra en la que, como se prima el éxito a cualquier precio, el egoísmo disfrazado de individualismo es uno de los corceles amarillos del Apocalipsis.

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José María Espinar Mesa-Moles.

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