Envío 32 (danzantes, Bar Benito, cuerpo transparente…)

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En esta nueva entrega de su peculiar álbum de la ciudad, el músico y poeta leonés Ildefonso Rodríguez posa su mirada en el espectáculo titulado ‘Contradanza para un cuerpo transparente’ que el poeta Víctor M. Díez, el bailarín Ángel Zotes y el músico Rodrigo Martínez dedicaron a la casi desconocida obra poética del autor rumano Max Blecher el pasado 5 de mayo, en la centenaria taberna Casa Benito (León), dentro del programa Le Pasquín Poético. Las fotos son de Vicente García.

Por ILDEFONSO RODRÍGUEZ

Despierto creía yo estar aquella tarde del martes 5 de junio cuando me dirigía hacia el Bar Benito. Iba por la calle, pero llevaba un destino, la atención atenuada, la imaginación ya jugando con sus cosas, las que siempre (y esa es la gran ley de lo imaginario) quedan metamorfoseadas por lo real.

Iba recordando el primer encuentro con un poeta, esa primera vez que es propia del amor y de la amistad. En un Bucarest acosado por los especuladores, ennegrecido, cruzado por cables, con jaurías de perros sueltos, la ciudad que fuera uno de los centros culturales de Europa en los años treinta, allí, después de tocar en un Auditorio donde cabrían miles y sólo fueron unos pocos (de las masas a las minorías, de la dictadura al capitalismo salvaje), en los postres de la cena recibimos el regalo de manos de su traductor, Joaquín Garrigós: un librito delgado, con un título que de inmediato lo ponía en contacto con la poesía española del pasado siglo. Era Cuerpo transparente, de Max Blecher. Bilingüe, editado con esmero por la Rosa Cúbica, la revista catalana.

Desde el primer poema nos ganó aquel desconocido. La excelente traducción, las miradas al original, el rumano que a ratos uno cree comprender, todo hacía presentir que se trataba de un verdadero descubrimiento, lo que en poesía, como en la vida, es la sal, lo que el lector busca siempre.

Vuelto a casa, buscar y leer todos los libros de Max Blecher, el muchacho de origen pequeño burgués (una familia hebrea), con una inteligencia y un talento grandes, que viaja a París, se encuentra en la salsa del surrealismo y las vanguardias, escribe sin parar. Y no le para la terrible enfermedad que se le diagnostica un poco después, tuberculosis ósea, el mal de Pott, y que le llevara por hospitales alucinados, Montañas Mágicas del dolor, con el cuerpo enyesado – entonces se pensaba que era un medio para detener el avance del mal- en una tortura de años, hasta morir en 1938, sin haber cumplido los treinta. En tres libros absolutos, únicos, Acontecimientos de la irrealidad inmediata, Corazones cicatrizados y La guarida iluminada se cuenta todo, todo lo que a él le toco vivir, y eso significa que, como sucede con los grandes escritores, parece que nada ha quedado fuera, sin contar.

Max Blecher es de la familia de aquellos escritores para los que las palabras siempre propician una metamorfosis, la aparición de lo inesperado.

‘Contradanza para un cuerpo transparente’. Foto: Vicente García.

En esos alrededores iba yo pensando, mientras miraba al cielo, a ver si despeja, a ver si no cae la tormenta. Ya en el Benito, las previsiones siguieron, los augurios, hasta que por fin los protagonistas del espectáculo que veníamos a ver decidieron arriesgarse y hacerlo en la terraza, para donde había sido pensado.

Los artistas eran tres, el poeta Víctor M. Díez, el bailarín Ángel Zotes y el músico Rodrigo Martínez. Su espectáculo: Contradanza para un cuerpo transparente, integrado en el ciclo Le Pasquín Poético que organiza la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento.

Tres artistas que conozco bien, con los que he colaborado en más de una ocasión. Y sin embargo, capaces todavía de ponerme en mi papel de espectador, del que puede todavía quedarse ahí enfrente y con la boca abierta, como si no acabara de creerse del todo lo que está viendo, como si fuera (y es) ilusionismo puro.

La terraza del Benito está en los recuerdos de tantos, ha sido lugar de epifanías y rituales. Los propicia.

Allí nos habíamos reunido los pocos, los escogidos, los que no quisieron desaprovechar la ocasión. La minoría que había llenado el Auditorio de Bucarest el día del encuentro primero con el poeta y ahora llenaba la terraza. No tan pocos, más casi no cabían.

Y comenzó aquello, la hermandad con un poeta lejano y muerto, desconocido para casi todos; escuchábamos la lectura de Víctor y asistíamos a esa resurrección que sucede cuando se leen como si fueran propias las palabras ajenas. Muy emocionante, sentirlo, pensarlo, la alegría y la extrañeza que Max Blecher debería sentir esa tarde, ¿en dónde?, ¿en León?, ¿dónde?

La voz de recitador calló. Entonces se empezó a escuchar una música que venía de lejos, parecía venir de la calle Tarifa (donde siguen suspendidas en el aire las habitaciones de la otra vida). Nos asomamos a la barandilla de la terraza. Por la calle curva, que desciende como un sendero, vacía, bajaba una niña con un capazo. Nadie más. Después hubo un reflejo en una ventana, la primera aparición de lo que acabó por asomarse, venir hacia nosotros. Un músico con chifla y tamboril, tocando una melodía extática, a pasitos muy cortos. Y un danzante colgando sus saltos como si no hubiera peso ni gravedad, vestido con puntillas blancas, y repicando las castañuelas. Lo inesperado había hecho su aparición.

Ángel Zotes es un bailarín que ha sacado el mayor provecho de sus raíces, la procesión del Corpus en su pueblo, Laguna de Negrillos. Pero su poder para las metamorfosis nos lleva a imaginar animales y seres, un Golem, una mantis. En el resto del espectáculo le vimos, ya en la terraza, convertirse en un artrópodo o bailar teniendo como centro, corazón de autómata, una caja de madera. Tan aéreo y tan arraigado, como si bailase sobre un terrón que no se le deshace entre los pies.

Rodrigo Martínez es un músico de parecidas raíces y con el mismo poder de improvisación, articular con sonidos lo inanimado. Puede crear, como si no hubiera esfuerzo, una atmósfera, el aura de la música, lo que más le toca al oyente. Esa tarde lo hizo con largueza, nos sorprendió incluso con un acordeón que no le conocíamos.

Víctor M. Díez ha escrito su poesía o leído la ajena siempre desde la facultad de alcanzar lo que Lezama Lima llamaba el súbito y la sobrenaturaleza. Y eso es lo que los tres nos regalaron sin perder nada de esa tensión relajada que tiene el arte cuando es espectáculo compartido, escuchado y visto por muchos.

Todos los que aquella tarde nos transformamos en los danzantes de lo severo que invoca André Breton al inicio de El amor loco, portadores de claves, las claves de las situaciones que merecen la pena ser vividas.

(Un añadido: Despierto y por las calles de Bucarest. Notas de un viaje. Va por todos los cuerpos transparentes)

Allí se oscurece la palabra más negra es
más entintada
y es aún
palabra de las arenas mediterráneas

escombros y en medio
una ermita
una villa de fantasmas
por allí anduvimos

los perros mendigos
las calles en medio de una nada
que una vez floreció
las calle de las tiendas muertas
(y la tienda del sombrerero judío)

en aquel aire gris
de repente una noche de verano
y nos vimos en el interior de un sueño
una tiniebla perfumada

una caja de música
un jirón al viento
en la ventana deshabitada
cascotes

y una nueva amistad: sartén caliente y cerveza Ursus

(ver fotos).

‘Contradanza para un cuerpo transparente’. Parte del público en Casa Benito. Foto: Vicente García.

 

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