Querido diario (113)

© Ilustración: Avelino Fierro.

DÍAS EN PARÍS / y 5

Con esta quinta entrega finaliza el relato del viaje que realiza el autor a París, tras leer el diario de Ramón Gaya. Pla y Boris Vian le ayudan a redibujar algunos barrios y rincones de la ciudad, antes de cenar en casa de J.

Por AVELINO FIERRO

Sobre la mesa están los libros elegidos para este viaje. Desayunamos tostadas, café y fruta mientras suena la música con las arias de la cantante callejera de la plaza de los Vosgos.

He leído muy poco: cuando hemos vuelto al apartamento lo hemos hecho cansados, con los ojos aguanosos y las pestañas rizadas de tanto mirar. El libro de C. H. Bobin tiene la belleza serena de las imágenes de los barcos sobre el agua del Sena que veíamos ayer al anochecer. Voy por la página treinta y cuatro.

No he ojeado el libro de Pla y sí he leído algunos poemas de Verlaine. ¡Qué poco me agrada que entre las líneas de sus poemas se cruce el recuerdo de algunas notas sobre el poeta que están en los diarios de Jules Renard! Como esa anotación del 9 de marzo de 1892: “Ayer, cena en La Plume. Raros son los hombres inteligentes que tienen cara de inteligentes. Fealdades estudiadas como pomos de bastón. El horrendo Verlaine: un Sócrates taciturno y un Diógenes sucio; con algo de perro y de hiena. Se deja caer tembloroso sobre la silla que alguien le acerca cuidadosamente. ¡Oh! ¡Esa risa de nariz, una nariz precisa como la trompa de un elefante, y las cejas, y la frente!”. Tengo que apartar esas palabras como se espantan las moscas molestas en verano; nada craquela más la estatua de una mujer hermosa que sorprenderla en un gesto de ordinariez. Aquí hablamos de la inteligencia de un Dios borracho sobre un traje andrajoso, como diría Renard.

Vamos al mercado a comprar flores para J. y vino blanco para la cena, y luego a la librería que está frente a la casa, en el 189 del Faubourg Saint-Antoine. Compro una edición especial de los poemas de René Char. Es una librería con estanterías y paredes blancas y vigas de madera en el techo. Hay fotos de escritores en blanco y negro: Beckett –que siempre queda estupendamente, con esa pinta de ave rapaz–, Camus, Sagan… Los libros no están grabados con altos impuestos como en España; de nuevo siento un poco de malestar y complejo de idiota en representación de todos nuestros nacionales; uno se encoge y encorajina a la vez.

Vamos al bar griego. Nuestro camarero ya preferido –por su atención exquisita, por su amabilidad y discreción, por su complicidad mediterránea, por sus camisas de vivos colores perfectamente planchadas– nos recomienda el ouzo, una bebida anisada, de alta graduación y que se mezcla con agua, como el pastís. Hace calor, pero corre cierta brisa cada vez que pasa alguna mujer del barrio, con esos vestidos leves que no han cambiado desde la época de la Liberación, y que nos abanican desde sus pliegues. Yo hago también lo posible por mostrarme, como ellas, indiferente.

Dejamos los libros sobre la mesa: dos de Julio traducidos al francés, otro de Bobin y un atlas de regalo para los niños de Arnaud y Lola. Hablamos de la traducción. Recomiendo a C. ese librito editado por el Círculo de Bellas Artes compilado por Jordi Doce. Hay en él algunos poemas de Char en versión de Jorge Riechmann. Dice el traductor que hay que comportarse en esa tarea como modestos camareros, cuyo compromiso estriba en servir a la mesa el poema traducido de la mejor manera posible.

C. cacharrea unos instantes con su teléfono móvil y dice: “Lo acabo de comprar”. No me acostumbro a esa inmediatez. No es que uno sea partidario acérrimo de las telarañas y las librerías de viejo, pero no me parece que eso sean maneras…

Comemos en casa: revuelto de champiñones, salchichas alsacianas, queso y un vino bordelés extraordinario. Descansamos para tomar luego el bus 76 y después el 96 hasta Boulevard Raspail y caminamos hasta Rue Vaugiraud, 180, domicilio de J. G. Dejamos allí a C. y vamos a pasear por el Boulevard de Montparnasse, “hacia los estudios de los artistas y pintores”, nos dice C. Es una avenida larga y aburrida, no hay nada que merezca la pena. Vemos a un hombre con el pelo alborotado y vestimenta informal. “Ese debe de ser el pintor de guardia”, le digo a M. Giramos hacia la izquierda para entrar en un pequeño parque. Detrás, un enorme verdor: los jardines de Luxemburgo. Están abarrotados de personas, miles sobre la hierba celebrando la llegada del buen tiempo.

Allí está la estatua del poema de A. T. rumiando su soledad, su gloria. Jugadores de petanca y nobles abuelas de mármol que nunca pensaron en traspasarse a este siglo. Parejas de jóvenes y gorriones tranquilos que vuelan sobre el agua que rodea el palacio construido para María de Médici. Y la Orangerie, que –tonto de mí– confundo con el museo del mismo nombre que está al otro lado del río. Pero su sola evocación me sirve para pensar en Modigliani, Sisley, Utrillo

Vamos a Saint Sulpice. En su libro escribe Pla, refiriéndose a este barrio: “Una de las gracias más sutiles de París es esa alternancia de centros o zonas de agitación con estos giros de silencio y calma”. Es cierto, en la plaza de la iglesia se respira un aire provinciano. Una mujer mulata cuida de unos niños que juegan a la pelota. Un matrimonio mayor parece sestear en uno de los bancos. Cruzando la calzada hay un café de toldo rojo con todas sus mesas ocupadas del que no se desprende griterío alguno, sólo un murmullo de enjambre. Al lado hay aparcado un deportivo rojo de los 70. Y más a la izquierda un hombre de pantalón rojo fuma apoyado en una farola; el humo sube tranquilo, denso. Le pido a M. que haga una foto de esos colores en sosiego.

Entramos en la iglesia para ver los frescos de Delacroix. Fue el pintor preferido de Baudelaire, que le dedica altísimos elogios, le nombra el gran pintor del XIX. A mí me gusta que señale como una de sus cualidades –la más notable de todas, escribe– “esa melancolía singular y obstinada que emana de todas sus obras, y que se expresa a través de los temas, en la expresión de las figuras, en el gesto y en el estilo del color. Delacroix tiene afecto a Dante y a Shakespeare, otros dos grandes pintores del dolor humano; los conoce a fondo y sabe traducirlos libremente”.

La iglesia es enorme y tiene también un gran órgano, no sé si mayor que el de Notre Dame. Al salir, desde la escalinata, parecen estar esperándonos en la plaza las esculturas de las que tanto habla Pla en su libro. Es el monumento al episcopado francés. Es cierto que es un armatoste, pero no molesta demasiado. Llevan allí sentados demasiado tiempo viendo caer la lluvia y cómo pierden sus hojas infinitas los árboles de la plaza. Son, a escala pétrea, como nuestro hombre de pantalón rojo que fuma. Si cobraran vida –dos de los representados son Bossuet y Fénelon– creo que preferirían seguir allí, sin ir a un mausoleo ni panteón de hombres ilustres.

Al lado está el barrio de Saint-Germain-des-Près. La iglesia de la antigua abadía está empaquetada por dentro, con grandes plásticos y telas blancas sobre los que oscilan las luces de las velas. Por las vidrieras llega la última, amoratada luz. A nuestro lado comienza a cantar un coro de hombres. Sin duda, obras de Sermisy o Janequin.

Por aquí vivieron jóvenes demacrados vestidos con camisas de cuadros arrastrando su desmoralización, los trogloditas –como les llama Boris Vian en su libro sobre el barrio, encargo del editor Henri Pelletier, y que no fue publicado hasta mucho después, en los años ochenta– y multitud de escritores, filósofos, músicos de jazz… en las cuevas y cafés de la zona: Gabriel Arnaud, Georges Auric, Simone de Beauvoir, Pierre Bost, Camus, Cocteau, Hot d’Déé y Suzanne –los mejores bailarines que ha visto una cueva–, Jacques Douai –que es el primero en hacer triunfar una balada que se convirtió en un himno: Les feuilles mortes–, Marcel Duhamel y su señora, Germaine –“su cinturita es el atractivo primordial de los cócteles de verano de Gaston Gallimard”–, Genet, Giacometti, Juliette Gréco, el clarinetista Claude Luter, Merleau-Ponty, Marcello, Queneau, Prévert, Sartre, Tarzán, Tzara, el saxofonista Michel de Villers… Más tarde acamparon por allí los de la “nouvelle vague”.

Al salir de la iglesia y tras cruzar un pequeño jardín están el Flore y el Deux Magots. En este redactaron en 1930 los disidentes surrealistas el panfleto “Un Cadavre” contra Breton. Yo no sé si siguen abiertos otros míticos cafés de la zona: el Lipp y el Tabou.

Seguimos caminando. No es esta la época –no es invierno– en que se recolecta, dice Vian, la bruma malva de Saint-Germaine. Pero ha cambiado la luz hacia un rosa mortecino: una nube se interpone ante el sol y comienza a llover: una lluvia fina, deliciosa, como los versos del poema, como las notas de una chanson: llueve en la ciudad como llora en mi corazón.

Llegamos a casa de J. con algo de retraso. Son las 20:12 horas. Están vacías las botellas de vino blanco y hay abierta una de champagne sobre la mesa. La luz de la casa es toda ella de una tonalidad cremosa, como de pastel de hojaldre; diríase que se puede coger suavemente, a puñados, tenerla en el cuenco de la mano como una luciérnaga o un pajarillo palpitante y volverla a soltar para que vaya a posarse y rellene otra vez cualquiera de las heridas leves que dejan sin remedio las horas en el aire. En las zonas menos claras viene a ser una luz siena como la de las paredes de un caserón de la Toscana que está secándose tras la lluvia. Es una luz que aparece de forma razonable, como destilada de un silogismo.

Es así porque aquí vive J. G. Perdió en la guerra a toda su familia; sus padres y hermanos fueron ametrallados en el agua del Atlántico tras hundir su barco los alemanes; ella fue rescatada por un marinero. Tiene más de noventa años y lee ya con mucha dificultad, ayudándose de una lupa. Estudió Derecho, se hizo juez y estuvo en tribunales que decidían sobre las demandas de los exiliados.

Hay una lámpara desparramada en el techo, retorcida como una planta acuática, con racimos de cristal, que contribuye a esta luz terrosa y palpitante.

Han llegado también Martine y Lolette. Son de cultura judía. Intensas. Hablan y hablan. Su conversación me hace recordar las palabras de Gaya en su diario de 1952, sobre lo hebraico: “Es como un… espesor de la sangre… el ser judío no tiene… interrupción alguna, vacaciones, descansos, entreactos, respiros, ocios”. Y son mujeres de enormes saberes, que sin duda han cumplido los requisitos de los que habla Steiner para los lectores: silencio, un espacio y una biblioteca privada. Y añade que es esencial leer lápiz en mano.

Hablan de los ministros de cultura franceses, proponen que a Kenneth Loach no se le otorgue un premio de no sé qué academia cinematográfica porque ha hecho unas declaraciones de antisemita “de izquierdas”, les gusta más el actual presidente que la alcaldesa de la ciudad… Llevamos consumidas varias botellas de champán. Yo musito pequeños brindis a cada descorche. Tras las cortinas se ven las luces de la torre Montparnasse. Cuenta Lolette que ella tuvo la idea de montar en el piso cuarenta y uno, en plena construcción, todavía sin tabicar, una oficina electoral para una de las campañas de F. Mitterand.

Martine habla de su vieja amistad con René Char. Yo me estaba preparando para recitar “Oisive jeunesse a tout a servie…”. Pero el alcohol hace que olvide el resto de los versos y ya sólo sé brindar por la República y las mujeres francesas. Lo repito varias veces y en ninguna dejan de secundarme. Me hundo en la marea, cantan las sirenas. Me siento un Proust redivivo en la tertulia de Madame Verdurin. Hay un brillo desmayado de luces y palabras. Como el centelleo mate de esa colcha que veo ahora en una foto del lecho de muerte del escritor francés en su habitación de la Rue Hamelin.

A las cuatro horas llega un taxi que ha pedido Martine. Nos deja en el apartamento. De madrugada me despierto y voy a orinar. Olvido el escalón anterior al baño y caigo. Me palpo y luego sonrío entre un ataque de hipo al ver que no me he roto nada.

También otra taxista de confianza, Marie Jo, amiga de Lolette, nos lleva al día siguiente al aeropuerto.

En el barrio, ya llegando a casa, nos saludan las hojas de los prunos y la luz triste de las farolas. Y parecen musitar “April in Paris… what have you done to my heart”. Sí, esa es la melodía de estas últimas horas hilvanadas con hilos de seda en el corazón.

 

Un Comentario

  1. Que interesante resultó tu blog.

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