Luz Pichel, en la frontera de dos lenguas

Luz Pichel. Foto: Eloy Rubio Carro.

ENTREVISTA / Luz Pichel, poeta

«La poesía va por delante de ti, dice cosas de ti que tú no sabías…»

La Biblioteca Municipal de Astorga acogía el domingo 25 de septiembre un coloquio sobre la ecopoesía y una ecolectura protagonizado por las escritoras Julia Barella y Luz Pichel, moderado por Javier Gómez Montero. Astorga Redacción entrevistaba a Luz Pichel, en la espera de poder hacerlo también con Julia Barella.

Por ELOY RUBIO CARRO
Desde astorgaredaccion.com

Luz Pichel nació en Alén, parroquia del concejo pontevedrés de Lalín. Su primera publicación es ‘El pájaro mudo’ en 1990, un poemario que supondría su única obra durante más de diez años. En 2004 ganó el prestigioso Premio Internacional de Poesía Juan Ramón Jiménez con su obra ‘La marca de los potros’. En 2006 lograba el Premio Esquío de poesía en lengua gallega. La obra premiada fue ‘Casa pechada’. En 2013 se publicó una personal reescritura de esa obra en castrapo, lengua de frontera y de contacto entre castellano y galego, con el título de ‘Cativa en su lughar’. En 2015 publica ‘Tra(n)shumancias’. ‘CO CO CO U’ (2017, está escrito originariamente en la variante del gallego que se habla en la aldea de la autora, y traducido al navero (habla local de Las Navas del Marqués) por Ángela Segovia. De 2021 es ‘Din din don y más Hortensias azuis’. Hasta el último libro ‘Alén Alén’ (2021)

Eloy Rubio Carro: En ‘Alén Alén’ a menudo las palabras se contraen, se dislocan, se multiplican, se deshacen y reconstruyen polisémicamente. En alguna ocasión, como ejemplo: “Los encap encap encapotados”, la palabra se balbuce hasta completarla. ¿Estos balbuceos, estas agramaticalidades que se preñan de sentidos pretenden acaso recuperar alguna forma de memoria originaria?  ¿Cuál?

Luz Pichel: El balbuceo reproduce en mi poesía en general el miedo a hablar, el dolor de hablar. Los “encap encap encapotados” eran para mí la Guardia Civil de la infancia. En ‘Alén Alén’ son los centauros, porque daban la imagen de un centauro, con aquellas capas que ocultaban sus cuerpos y dejaban lucir sus torsos y el cuerpo del caballo. Su aparición nos llevaba a los campos de maíz a escondernos. Entonces siempre que hay un balbuceo, hay un miedo a hablar y de alguna forma remite también al dolor de hablar una lengua, que era mi gallego rural por el que me ha tocado sufrir un poco.

¿Y ahora ese sufrimiento se ha desvanecido en Galicia?

Sí y no. Yo creo que todavía hay un autoconcepto muy negativo de la propia lengua. Yo diría además que doblemente negativo. Cuando era niña en la aldea, antes de ir a la ciudad había dos mundos que ahora no están tan separados: el mundo rural y el mundo urbano. El mundo urbano era el de habla en castellano y el mundo rural era el de habla en gallego. Con la inmigración del mundo rural a la ciudad y la revalorización del gallego después de la muerte de Franco, aunque se pudo hacer mejor, se ha conseguido que ese autoconcepto fuera más positivo. Un niño que hable gallego en una ciudad hoy no genera burlas, pero todavía algunos de los niños que estudian en la ciudad sienten esa vergüenza. Y en las aldeas se tiene la sensación de que ahora hablamos doblemente mal. Hablamos mal el castellano, como siempre lo hicimos —aunque bien mirado no es tan malo pues es nuestra segunda lengua— y hablamos mal el gallego porque no hablamos el gallego estándar. Esto a causa del intento de imposición de un gallego estándar a las hablas gallegas. Otra cosa es que el gallego estándar pueda ser útil para la lengua escrita. Pero en la lengua oral eso no tenía ningún valor simbólico para la gente y no se incorporó.

Por lo que sé hay mucha diversidad en el gallego oral. Cuando yo estudiaba el bachillerato en Vigo tuve por profesor al poeta Méndez Ferrín y mis compañeros hablaban gallego gegeando, más tarde en Compostela coincidí con gente principalmente de Lugo que hablaba de otra manera, por eso cualquier estandarización tiene que ser muy complicada.

Es muy complicada y empobrecedora. Entiendo que pueda ser útil una lengua estándar, pero hay que tener mucho cuidado a la hora de respetar las hablas, porque estás empobreciéndolas, se está perdiendo una riqueza dialectal impresionante y además de estar empobreciendo estás ofendiendo. Si tú dices que la geada es vulgar, ¿con qué criterio puedes afirmar eso? ¿Quién o qué te da esa autoridad? Si tú hablabas castellano hasta hace dos días y el que habla geada es el que conservó el gallego desde hace quinientos años o más. Y si el seseo es vulgar, ¿con qué criterio puedes decir eso? Cuando además resulta que luego los ‘neofalantes’ van a colocar mal los pronombres, porque eso es muy difícil entre lenguas próximas y se está destrozando el sistema de pronombres. Entonces, un poquito más de respeto, ¿no?

Ferrín en eso era muy respetuoso pues nos hizo comprender que no había nadie que hablara mal.

Qué bueno eso. Nadie habla mal. Cuando tú le dices a alguien que habla mal le estás diciendo que es malo.

No había nadie que hablara mal. Entonces nosotros seducidos porque Ferrín tenía mucho encanto en su argumenatación, y esas cosas dejan poso de por vida, salimos ‘contra académicos’, no sé qué pensara ahora después de haber sido presidente de la Real Academia Galega.

Pues es cierto, la gente no habla mal. La gente habla y se comunica, no habla mal. Tengo un poema que se titula  ‘As hortensias azuisque surgió al escuchar a mi padre frente al televisor que la presentadora que leía con acento de Valladolid, con un léxico estándar, decir: «Esa sí que fala ben». Ahí a mí me saltó la chispa… No, esto no puede ser. O sea que mi padre que murió con 98 años, un hombre que conservaba un léxico muy antiguo y muy rico me dijera que esa chica era frente a él la que hablaba bien, no podía ser.

Luz Pichel. Foto: Eloy Rubio Carro.

Lo primero que asombra en ‘Alén Alén’ es no el qué se dice, que también, pues a veces regresa cíclicamente, como queriendo reconstruir un lenguaje perdido; sino el cómo se dice. Algunos términos se desmembran buscando otro modo de decir, se corren hacia un decir rural, se transforman en modismos gallegos, tal vez de infancia: Echamos a correr para entre los maizales arruinando el sembrado. “A la hortensia le explota e nel aire un azul que le viene del hierro y convierte los confines en una fermosura     la hortensia.”

Sí, en esa cita se juntan varias intenciones. Por una parte los guiños al gallego. Lo que prevalece ahí es el ‘entrelenguas’, la frontera. Escribir en la frontera, escribir entre lenguas resulta bien interesante, pues puedes estar guiñándole el ojo a una y luego guiñarselo a la otra. Este texto de ‘Alén Alén’ está escrito en castellano pero en un castellano que solo podía haber escrito una persona que conozca el gallego. Está siempre entre las dos lenguas. Esas contracciones que yo aplico al castellano las puedo aplicar porque la oralidad me lo permite, pero no me lo permite la escritura… «nel…», pues en la escritura en castellano tenemos que escribir «en el…». Son juegos que permite el hecho de estar en esos límites de las lenguas. Es la libertad de la frontera. En la frontera una tiene todas las posibilidades de ser abiertas.

Sí, pero conserva el sentido del español y le añade el sentido del gallego.

Así es. Aquí puedo ser lo que yo quiera, puedo ser mucho más de lo que sería si solo escribiera en español o si solo escribiera en gallego. Me da más posibilidades. Eso es lo que hay ahí.

Es como una recuperación de una identidad que fue perseguida…

Ni siquiera. Aquí lo que hay es más una alusión a la riqueza de lo fronterizo. Contra el rechazo de lo fronterizo….

En tu caso es de lenguas…

Es de lenguas y es de clases sociales. Es la frontera entre el gallego y el castellano, pero también es la frontera entre una clase social humilde que escribe mal que no habla bien y una clase alta. Mi opción es siempre por la clase humilde, el estar con ellos. Pues yo estuve ahí, la conozco, porque de alguna forma les pertenezco, aunque mi vida ahora mismo sea cómoda… He sufrido con ellos.

O tal vez estaría buscando una ‘Lingua franca’: ”Hablaré delirante porque hablo doble…”, empezando por esa síntesis gallego/castellano.  Pero no solo los hablares, sino también desde ellos como una forma de acceso y recuperación de las vivencias, las ilusiones de unas formas de vida que se hubieran intentado acallar.

Bueno, lengua franca sí y no. Lo que sí hay es la idea de que esto de las lenguas puras, las lenguas fijas, esplendorosas, hoy no tiene ningún sentido. Vamos por la calle en Madrid y escuchamos hablar toda clase de cosas raras, y hablamos un inglés macarrónico pero nos entendemos. En ese sentido sí hay una defensa de la pluralidad, de la diversidad de las lenguas y de la anti pureza. Eso es así. «Hablaré delirante porque hablo doble», alude a una condición de este libro ‘Alén Alèn’ que es el desdoblamiento. Sobre todo la primera parte ‘amatalea’ ‘amatalea, amatalea’, pues ahí hay como un diálogo con otra persona que podría ser un hermano, un diálogo entre una niña y un niño, y ese diálogo no es más que un desdoblamiento que permite ver puntos de vista diferentes. Entonces ese hablar delirante porque hablo doble alude a ese desdoblamiento y también al delirio poético de cuando hablamos y escribimos poesía, y de alguna forma dejamos que salgan las palabras a veces con mucho sentido pero otras con un sentido que todavía no reconocemos. Yo creo que la poesía a veces va por delante de ti. O es la lengua la que hace eso. Va por delante de ti, dice cosas de ti que tú no sabías… Y de repente te las dice. Ese es el delirio lingüístico.

Me recuerda eso que dices la búsqueda de los antiguos aedos griegos, que estaban todavía en contacto con lo divino.

Yo siempre cuento una cosa de cuando estaba en la escuela con una maestra, que era de León, y un día, yo creo que fue la única redacción que nos mandó hacer, dice: «Haced una redacción. Escribid sobre los campos de trigo». Y yo que debía de ser una enana escribí: «Los campos de trigo me recuerdan las olas del mar». La cosa no tiene mayor trascendencia a no ser que se sepa que entonces yo no tenía ni idea de lo que era el mar. El mar no lo habíamos visto los niños de la aldea jamás y no había ‘tele’, no disponíamos de imágenes del mar, no teníamos ni idea de lo que era el mar; pero mi lengua sabía lo que era el mar. La maestra, una mujer maltratada, me miró y me dijo: «Tú podrías ser poeta, lo que pasa es que eres pobre.»

Hay dos expresiones en tu poemario que merecen ser aclarados: primero el título ‘Alén Alén’, luego el estribillo: ‘amatalea amatalea onde está Marichina?

Alén es el nombre de la aldea y significa «más allá». En Galicia hay muchísimo Alén. Si tú pretendes buscar Alén no lo encuentras porque hay seis o siete por lo menos. Significa el más allá, pero aquí es un Alén calificado de Alén, es Alén Alén, que es más allá de Alén. Es como una afirmación de que yo no quiero que esto se entienda como un libro costumbrista. Hablo de Alén pero Alén es metonimia de otras muchísimas cosas y de otros muchísimos lugares. Este espacio importa pero importan otros muchos, importa el mundo fundamentalmente. Mi mundo simbólico viene de allí pero como símbolo va más allá.

Y luego «amatalea, amatalea» tiene una historia preciosa detrás, y es que yo subía las escaleras de un Mercadona en Madrid en el barrio de mi hija y venían delante de mí por las escaleras mecánicas dos señoras, una mucho mayor que la otra pero las dos mayorcitas ya. Y la más mayor iba como tirando de la otra y la segunda que se veía que tenía un problema mental iba perdida mirando a la lejanía y diciendo «amatalea, amatalea onde está Marichina», o eso es lo que yo entendí, y lo repetía y lo repetía y lo repetía. Me pareció precioso para llevarlo a la poesía porque me encantó y en ‘amatalea’, en esta parte primera del libro se habla mucho de carencias, de las cosas que no están, de lo que podría estar y no estar del pasado histórico, de la memoria histórica. Todo eso está entonces «…ónde está Marichina» la hermana que falleció, que fue una hermana madre que me crió cuando mi madre emigró. Todo lo que no está, lo que se ha perdido, lo que se ha perdido en otro orden de cosas más allá de lo personal y eso es la historia.

Existen además de los sintácticos, deslizamientos semánticos que propician ambas lenguas (gallego, castellano) al tiempo que convocan términos ausentes pero necesarios. Cito un fragmento: “Saltar más alto tú saltabas más largo los regueros dagua los vallados las eras eras la donicela trepadora de setas la comadrita…”. La donicela, la comadrita; no se ha pronunciado ‘la comadreja’ pero revuela al instante en la traducción. Un lenguaje que atrae infinidad de resonancias conceptuales, rítmicas, evocadoras. ¿Sería la suya una poesía de la evocación reivindicativa de su mundo perdido?

Es muy bonito lo que estás sacando ahí. Donicela y comadrita. Son las lenguas en contacto. Te encuentras en la frontera de las lenguas y utilizas ambas. Yo diría que este libro está escrito en las dos lenguas. Una lengua le hace recaditos a la otra. Aquí donicela lo siento como mucho más pegado a la etimología de la palabra que comadreja. Las dos tienen una etimología muy evidente. Pero para mí donicela está más pegada a señorita. La donicela es una chiquilla y me pasa a comadrita, y comadrita me parece un término precioso. Es la comadre maja. La comadrita ahí aparece como algo muy positivo, la donicela también.

Pero a partir de ahí aparece el comadrajo, que ya no es tan agradable, es ya un término más negativo. Sin embargo no aparece comadreja porque no me interesaba, lo que me interesaba era la puesta en contacto de donicela y comadrita. Son regalos que se hacen las lenguas cuando se tocan. Por eso estoy absolutamente en contra de que una lengua no se pueda tocar con otra.

Luz Pichel. Foto: Eloy Rubio Carro.

Bueno a lo mejor porque se trata del gallego, pues ha habido poetas como Pound que incorporaba citas del italiano, del español, del griego antiguo. No realizaba estos juegos que haces tú de hermanar palabras de dos lenguas hermanas, pero sí incorporaba sin ningún pudor fragmentos de otras lenguas, del poema del Cid en algún caso y sin ninguna consideración a la traducción…

¿Cuál es el tiempo evocado en estos poemas, pues no parece un tiempo lineal, no parece un tiempo que se consuma dando lugar a otro? A mí me recuerda más bien a un tiempo cíclico que permanecería ahí para siempre.

La cosa es muy sencilla. Este libro está escrito desde la vejez. Yo tengo 75 años entonces miro hacia atrás, miro hacia atrás y veo Alén y veo Madrid, y vengo hacia el presente. Está todo mezclado. Hay una segunda parte del libro que se titula ‘quedaron a dormir y quieren que les cuente historias verdaderas’, que tiene mucho que ver con mis nietos. Imagina a una persona asomada a la ventana viendo pasar el presente mientras pasa por su memoria el pasado, y ese pasado es largo, de manera que se confunden los tiempos. Lo que se da es esa fusión. Lo que hacemos cuando desde la vejez miramos hacia atrás y venimos hacia adelante, y volvemos hacia atrás. Y se pone en comunicación el presente con el pasado. Como los espacios, también los espacios se solapan, dando saltos de un espacio al otro. Entonces podemos pasar de Alén al Puente de Ventas.

Hay por último en ‘Alén Alén’ una escucha de personajes anómicos, emigrados a la gran ciudad, al Puente de Ventas, que parecen haber fracasado en su proyecto existencial. Así: «_ayer Lucinda e nel Punte de Ventas al lí pa un lao Lucinda la requemada muchas de esas caritas no existen más que aquí donde no pueden entrar los comadrajos.»

Son personajes irreales que podrían haber sido personajes de la aldea, pero no están emigrados en la ciudad, están muertos. La presencia de los muertos en mis poemas es una constante, sobre todo desde que murió mi hermana madre y desde que luego murieron mis padres. Mi hermana madre con catorce años se quedó a cargo de toda la familia, pues mi madre tuvo que emigrar para ganar un dinerito y que pudiéramos criarnos los siete hermanos. Mi padre era cojo y era el que podía sacar adelante el trabajo del campo, por eso fue ella la que tuvo que emigrar. Los muertos a partir de ahí están como muy presentes en mi obra, así como también lo están en mi vida, me acuerdo mucho de ellos. Cuando estoy en Alén hablo con ellos. No es que se me aparezcan ni nada de esto, pero sí me comunico, les pregunto cosas, qué debo hacer en casos concretos, una especie de desdoblamiento. Y Dulcina, la que aparece en el Puente de Ventas, ese otro que les lee cuentos a los niños del Puente de Ventas. El Puente de Ventas de Madrid, para quien no lo conozca, tiene una cubierta de metacrilato que está abarrotada de pobres emigrantes. Están allí tumbados con su manta, pasan el invierno y pasas por allí y te tienden la mano, por eso se les leen las rayas de la mano, te las muestran, se dice en otro poema. Aparece la relación con las monedas, …”tu estabas allí te cubría de monedas no sé quién”. Todo eso es la referencia al mundo actual en paralelo con aquel mundo que era el mundo de posguerra, un mundo de miserias que hoy también sigue siendo un mundo de miseria, un mundo de carencias. No hay tal Dulcina ni Lucinda pero podría haberla. Y la de entonces es la misma que ahora pone la mano. Hoy era Dulcina en el Puente de Ventas, o Gumersindo en el Puente de Ventas o el maestro en el Puente de Ventas del que tu escapas, pues el maestro era un mal bicho. Entonces son los personajes que vivieron o que pudieron haber vivido que ahora me los encuentro allí.

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