“Los que cuestionamos la realidad necesitamos asideros para alzar la mirada al poder”

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Por CAMINO SAYAGO

El artista multidisciplinar Jesús Palmero vuelve a intervenir el Hall de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de León con su último proyecto, ‘Cimientos volubles. La revolución se empieza por el tejado’. Una instalación con un discurso centrado en la idea del desmantelamiento del Estado que invita al espectador a reflexionar y debatir las ideas de David Thoreau y Karl Marx y a sugerir las propias.

El libro autobiográfico de Lucio Urtubia en el que narra su experiencia en el movimiento anarquista internacional le ha servido al creador maragato para completar el contenido de esta propuesta comisariada por Roberto Castrillo, que forma parte del ciclo expositivo ‘El Hall Transformado’ iniciado por Javier Hernando en 1993. Nos lo cuenta en esta primera entrevista con Tam Tam Press.

Palmero ha creado un espacio digital para interactuar con el espectador, por medio de una web concebida como un contenedor de ideas en torno al desmantelamiento del Estado. Textos, música, vídeos, cualquier aportación tiene cabida.

—’Cimientos volubles. La revolución se empieza por el tejado’, es un título muy esperanzador pero también provoca cierta incertidumbre. ¿Hasta dónde llega el compromiso del artista ante un momento como el que vivimos?

—Entiendo que inicialmente el artista tiene dos opciones dentro de una cierta versatilidad para enfocar su trabajo. Puede partir, en primer lugar, del ensimismamiento centrando su maquinaria creativa en su propio universo y alejando al espectador de la realidad más próxima. O puede situar su discurso en el exterior y articular su obra como una contingencia dentro de la sociedad a la que el propio artista pertenece. En este segundo caso el trabajo del artista se pone al servicio de la sociedad y busca, en la mayor parte de los casos, dar posibles respuestas o cuestionar determinados estándares sociales, contribuyendo, creo yo, a espolear el pensamiento adormecido de una parte de los ciudadanos. Un extraordinario ejemplo de este tipo de actitud podría ser la reciente obra realizada en equipo por Jorge Galindo y Santiago Sierra, titulada “Los encargados”, donde  en un asombroso ejercicio de vídeo muestran una perspectiva única de lo que ha sido una errónea transición política y una sucesión de gobiernos con diferente careta, que han enmascarado políticas neoliberales al servicio de una banca tirana.

—¿El arte puede ser una herramienta dialéctica que varíe el rumbo de la sociedad?

—Precisamente acabo de leer una cita de Thomas Mann que de alguna manera responde a esta pregunta: “El artista es siempre el último en hacerse ilusiones en cuanto a su influencia sobre el destino del hombre. Ha desdeñado el mal, pero no ha podido impedir su victoria. Preocupado en dar un sentido, no ha podido tampoco impedir los sangrientos contrasentidos. El arte no es un poder, sino una consolación”. Los artistas que cuestionan lo que les rodea necesitan asideros para no hundirse en el abismo de la realidad. En mi caso los proyectos son, en primer lugar, mecanismos de aprendizaje para convertirse después en propuestas tangibles. Me sirve inicialmente para entender algunos fenómenos de la realidad, para no caer en la locura ante lo que se evidencia como pura injusticia o intransigencia. Ese atisbo de entendimiento que se logra con la materialización de la obra te legitima para que pueda servir de la misma manera a otras personas. Pero respondiendo a tu pregunta, no, con las propuestas artísticas, no se va a cambiar el rumbo de la sociedad…,  no loconsiguió Picasso con el “Guernica”, ni Pete Seeger con  I feel I´m fixing to die Rag’, ni Primo Levi con “Se questo è un uomo”. Todo esto son asideros lanzados al mar de la sinrazón donde algunos nos aferramos con uñas y dientes, y que en algunas ocasiones nos permiten alzar la mirada al poder para atestiguar que estamos ahí, y que contamos… 

—Este nuevo proyecto se centra en la idea del desmantelamiento del Estado. ¿Cómo surge y cómo te planteas esta intervención?

—Roberto Castrillo me invita a participar en este proyecto en un momento en el que los estudios de Historia del Arte, y otros que se imparten en la propia Facultad de Filosofía y Letras, están en una situación crítica. Los repetidos recortes económicos son uno de los síntomas más evidentes del progresivo interés del poder por desestructurar lo público. El ambiente de malestar social y de indignación ante el progresivo deterioro del sistema universitario se palpan en el ambiente de la Facultad.

El diálogo de la obra con el espacio físico del edificio es uno de los aspectos que todos los artistas que hemos pasado por el Hall de Filosofía y Letras contemplamos. En mi caso, no podía obviar de ninguna manera las tensiones humanas que se evidencian en la profusión de cartelería reivindicativa. Teniendo en cuenta que el recinto alberga las más importantes disciplinas del pensamiento, desde el primer momento tuve claro que la propuesta habría de dialogar, no solo con la fisicidad de lo arquitectónico, sino que, también, habría de ser un esbozo de arquitectura del pensamiento donde se propusiese una reinvención ideológica, que, desde mi perspectiva, pudiese otorgar al espectador-usuario del edificio la posibilidad de cambiar el punto de vista objetivo ante esa realidad de malestar.

—Como creador, introduces al espectador en conceptos como la desobediencia civil, de David Thoreau, y el capital, de Karl Marx. ¿Por qué  esta revisión?

—Creo que los planteamientos de Marx y de Thoureau están plenamente vigentes, si bien es cierto que las estructuras políticas que se levantaron a partir de sus tesis no cumplieron los objetivos últimos de estas. Considero que una revisión de los errores históricos que abocaron al fracaso a movimientos como el comunismo o el anarquismo, frente al capitalismo y el actual neoliberalismo, nos podría servir para encontrar respuestas a la hora de optar por mecanismos que contrarresten la actual situación de crisisimpuesta. Es evidente que las derivas económicas a las que nos han sometido impunemente los últimos gobiernos tienen que ser contestadas inicialmente por la reacción de la ciudadanía, y uno de los posibles puntos de partida podría ser la relectura y reinterpretación de las tesis de algunos pensadores del XIX que construyeron sus teorías desde el germen de una nueva sociedad. Desde una perspectiva menos universalista, podría haber planteado ese mismo diálogo entre los españoles Giner de los Ríos o Azaña, por poner un ejemplo.

—Desde un punto de vista estético, ¿cómo se articula la instalación en torno a estos pensamientos políticos y cómo se propone el debate ideológico?

—La propuesta de instalación es una infra-arquitectura en aparente e indefinido estado de deconstrucción, que contiene un ámbito de intercambio de ideas. Como espacio de pensamiento es incómodo, violento. Es una arquitectura que cuestiona su propia estabilidad poniendo al espectador en estado de acción. Un estado que no necesariamente ha de ser físico, sino que puede ser mental. Bien desde el interior, desde la víscera de la obra, involucrándose físicamente, o desde el exterior, con la actitud del voyeur, el espectador se enfrenta visualmente a una serie de grafismos o palabras que actúan como acicates del diálogo, como catalizadores de un necesario repensar lo político, lo económico y lo social.

—Dices que está organizada como una infraarquitectura en deconstrucción, elaborada con madera y materiales reciclados. No llega a ser del todo una arquitectura, por tanto, ¿lo qué quieres probar es que está en evolución, que es una obra que no está cerrada, que está abierta?

Sí, efectivamente es una obra abierta en el amplio sentido de la palabra. Ya no solo porque físicamente sea una arquitectura desnuda desprovista de epidermis, donde lo que se vislumbra es la esencialidad de su estructura. Sino también porque, en mi forma de trabajar, la obra nunca está del todo cerrada. Concibo los proyectos de forma poliédrica y en ocasiones reabro su discurso desde un planteamiento tangencialmente diferente. Y esto es lo que creo que va a suceder con “Cimientos volubles”. Inicialmente se articula como una obra de arte público que ha de generar ideas. Esa devolución que se le exige a la obra ha de venir definida en otros formatos como puede ser el vídeo o la red.

—La utilización de materiales pobres es parte de tu lenguaje y a la hora de expresar conceptos ¿es la mejor opción para contar mucho con poco?

—Reconozco mi debilidad por los materiales humildes o por los objetos recuperados del abandono… creo que es una reacción lógica ante la cultura de la banalidad y la apariencia. Y al mismo tiempo es para mí un acicate que me ayuda a descubrir o redescubrir realidades que pasan desapercibidas. Es algo que traspasa el aspecto meramente formal de mis obras y va mas allá, convirtiéndose en una actitud vital. Por ejemplo, vivo en una vieja casa construida a finales del siglo XIX que requiere de mí una atención constante en su cuidado y conocimiento de sus particularidades constructivas, lo que me permite actuar sobre ella casi como si se tratase de una escultura habitable. Otra de las prácticas que desarrollo desde hace ya varios años es la del documentalismo como proceso de aprendizaje y descubrimiento, lo que me ha llevado a interiorizar y reivindicar el trabajo de auténticos artistas infravalorados o directamente invisibles como ha sido el caso de Bernardo Alonso Villarejo, del recientemente desaparecido Vicente Nieto o de la escultora Castorina de Francisco.

—La pieza propone al espectador que participe, que aporte ideas que puedan variar el escenario social y político. ¿Qué aportaciones ha habido hasta ahora en el contenedor de la web?

Esta parte del proyecto está pensada a largo plazo y me gustaría que poco a poco las contribuciones fuesen conformando un amplio panorama de ideas heterogéneas e iconoclastas en torno a esta idea de desmantelamiento del estado, concibiendo el estado como estructura al servicio exclusivamente del ciudadano. Hasta ahora la participación ha consistido en aportaciones plásticas, en enlaces a noticias, vídeos o simples referentes icónicos que nos trasladan hacia otras miradas. En unos casos se trata de noticias que tocan la situación social de forma tangencial y en otros es un poema atemporal cargado de significados.

Me gustaría invitar a los lectores de Tam-Tam Press a formar parte de este contenedor de ideas, en un gesto simbólico de formar parte con su contribución de un colectivo de ideas. Considero que una de las soluciones para superar la actual situación pasa por la idea de agrupamiento ciudadano. La colectivización de ideas nuevas frente al enquistamiento involutivo del poder es una medida de fuerza eficaz. Y este “Cimientos volubles” puede ser un pequeño gesto en ese sentido.

—La instalación se inscribe dentro del ciclo expositivo “El Hall Transformado”. ¿Qué número hace esta pieza?, ¿De qué forma y desde qué planteamientos das continuidad con este trabajo a la estela del proyecto de arte público que puso en marcha Javier Hernando?

“Cimientos volubles” es la edición número 20 de este proyecto de intervención que se inició en el Hall de la Facultad de Filosofía y Letras de León en 1993 y que durante muchos años ha estado coordinado por Javier Hernando, quien dotó al proyecto de una consistencia discursiva muy potente. A este espacio ha llegado una nómina muy significativa de artistas. Actualmente el proyecto está coordinado por Roberto Castrillo quien ha continuado con muchísimo rigor, ilusión y dedicación la estela dejada por Javier. En mi caso he de decir que he tenido la suerte de intervenir ahora en el Hall por segunda vez, pues participé en la cuarta edición con la obra “Philosofical Spiral”, cuando formaba parte del equipo Juárez & Palmero. En su momento afrontamos el espacio del Hall desde los parámetros que Javier había planteado en su comisariado y ahora he mantenido ese mismo discurso espacial, tangible, y al mismo tiempo las conexiones mentales con lo que en sí significa el lugar, tal y como también hice con Juárez en 1996.

Acerca de Camino Sayago

Periodista leonesa

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