Zarandeado

Javier Semprún en la obra 'El régimen del pienso', de La Zaranda.
Javier Semprún en la obra ‘El régimen del pienso’, de La Zaranda.

Por GONZALO ABRIL / Columna en el desierto

Aunque me suelen considerar un ser anacrónico o francamente rancio, muchos de los visitantes que me interpelan desde el pie de la columna se muestran sorprendidos de que me interese tanto por temas políticos, mediáticos y en general culturales del momento. ¿No es usted demasiado mundano para profesar de estilita?, me preguntan de forma más o menos directa. Y yo he de recordarles una severa admonición que leí hace muchos años en “El Payaso” de Thomas Mann: “aunque te conviertas en anacoreta, te acometerán en pleno desierto las tragedias de la vida y habrás de hacer frente a los embates de la adversidad (…), habrás de luchar, y vencer o ser vencido”. Sí, son los embates de la adversidad y las tragedias que hoy se viven, tantísimas y tan mortificantes, las que siguen adhiriendo las preocupaciones mundanas a las membranas de mi espíritu como una mucosidad malsana. Qué pena no haber aprendido el budismo como lengua materna. Porque a mi pesar he de seguir luchando. Mejor dicho, he de seguir sumándome al cortejo de los que son eternamente vencidos, pues la opción de la victoria que predice Mann, yo no la he conocido. Pero dejo ya mis aspavientos (¿no les dije?: desahogos de un ser enranciado) y me centro en el tema del día.

Mi tema del día, ¡incluso del decenio!, es que fui al teatro. Ya imaginará el suave lector/a las miradas que desde todos los ángulos de la platea desembocaban sobre esta alimaña barbuda que voy deviniendo, apenas cubierto mi cuerpo enjuto por unos andrajos de estameña. Afortunadamente el escenario me hurtó pronto la atención del resto de los espectadores, porque lo que allí se oficiaba, sí, justamente, sobre las tragedias mortificantes y las formas de explotación y de complicidad que hoy se sufren, mejor dicho, que se vienen sufriendo desde hace tantísimo tiempo, intensificaba la vida como ningún ritual religioso, como ningún alegato político pueden lograr. Se trata de cuatro actores que zarandean (de “zarandear”: limpiar el grano pasándolo por una criba, separar de lo común lo esencial y más precioso) ese largo mal a perpetuidad que ha impregnado de sangre y lágrimas los plumines de los más grandes humoristas modernos. Pienso en  el Swift que recomendaba comerse a los niños de una Irlanda aquejada de la hambruna colonial. En el Carroll que imaginó una nave de los locos, trasunto de la medieval, persiguiendo sin motivo aparente y con un mapa en blanco a una criatura indeterminada (el Snark) que de antemano no señalaba otra cosa que la segura extinción de sus perseguidores. En el Kafka que cartografió la radical impotencia que hace de los impedimentos más banales los obstáculos más invencibles, el poder inexpugnable y grotesco de la inercia del orden dominante. En la aniquilación del sentido de la palabra y por ende de la palabra misma en Beckett, que actualizó como expresión de la suprema verdad de nuestra época el aforismo de Demócrito: “nada es más real que la nada”.

Cuatro actores que hacen fluir la acción no por la eficacia de las transiciones entre escena y escena, sino porque la transición es el corazón mismo de cada escena, y porque la organicidad de sentimiento, pensamiento, voz y gesto (estoy evocando una caracterización del proceso actoral propuesta por Pudovkin) alcanza los más altos niveles de sabiduría teatral.

En efecto, fui a ver “El régimen del pienso”, de Eusebio Calonge, el último montaje teatral de La Zaranda (Teatro inestable de Andalucía la Baja). Y volví zarandeado a lo alto de mi columna.

Publicado en Diagonal
bajo licencia Creative Commons.

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