“Le Pasquín Poético” 2016 / “Temblando de palidez”, a la memoria del poeta leonés Jacinto Santos

El poeta y músico Ildefonso Rodríguez, la cantante Cova Villegas y el pianista Fernando Ballarín.

El poeta y músico Ildefonso Rodríguez, la cantante Cova Villegas y el pianista Fernando Ballarín.

“Temblando de palidez”, la tercera entrega de “Le Pasquín poético 2016”, toma su título del único libro publicado en vida por el poeta Jacinto Santos (León, 1957-2011). El espectáculo que se podrá ver el próximo martes 3 de mayo, a las 20:30 horas en el Palacio del Conde Luna (León), estará protagonizado por el poeta y músico Ildefonso Rodríguez (clarinete bajo, flautas, theremin), junto a Fernando Ballarín (piano, didgeridoo, flauta) y la cantante Cova Villegas, con la colaboración especial de Isabel Medarde (videocreación) y Víctor M. Díez (recitador). Entrada gratuita hasta completar el aforo.

Reproducimos además, bajo estas líneas, cuatro textos que en su día fueron publicados en el desaparecido blog de poesía Isla Kokotero —en junio de 2011—, con motivo de la muerte de Jacinto Santos, firmados por cuatro escritores y poetas que le trataron y apreciaron en distintos momentos de su vida: Ildefonso Rodríguez, Víctor M. Díez, Luis Artigue y Antonio Toribios.

“Se trata de reanimar la memoria de la poesía y la persona de nuestro compañero y amigo Jacinto Santos, quien junto a otros como Ignacio Pérez OteroQuino-, Aldo Sanz, los hermanos CarlónQuique, Luis y José-, Miguel Escanciano, Julio Llamazares o yo mismo vivimos la apasionante aventura literaria de aquella revista de finales de los setenta y principios de los ochenta que se llamó Cuadernos Leoneses de Poesía“, señala Ildefonso Rodríguez.

El espectáculo que se presentará el 3 de mayo en León, de una hora aproximada de duración, busca rescatar el espíritu surrealista y rebelde del autor de Temblando de palidez, fallecido en junio de 2011, hace casi cuatro años. “El concierto mezcla poesía y música, juegos y semblanzas del poeta, en una estructura de collage, muy en la onda surrealista”, apunta el poeta Víctor M. Díez.

Para el músico y poeta Ildefonso Rodríguez “conviene no olvidar a poetas así y contextualizarlos en aquel tiempo de una gran libertad, una libertad que quizás añoremos actualmente. Creemos que la obra de Jacinto está vigente para las nuevas generaciones. En ella están presentes desde las vanguardias históricas al underground. Se escribe como se vive y él era rompedor y tenía un brillo, inteligente e inquietante en los ojos, que conservó hasta el final”.

El poeta leonés Jacinto Santos.

El poeta leonés Jacinto Santos.

NOTICIA Y RECUERDO DE JACINTO SANTOS

 Por ILDEFONSO RODRÍGUEZ

LA PISTOLA

La pistola no murmura
La pistola no habla
Una vez enfrente de las sienes ¡Grita!
Y un aullido en forma de vapor sale de tu cuerpo
Es la FOAMSIS

¿Qué es, Jacinto, qué era la FOAMSIS?

¿Qué sería MI-EN? (Lo sabremos más adelante).

A la primera reunión de los que fundaríamos la revista Cuadernos leoneses de poesía (1), allá por los años últimos de la década de los setenta del pasado siglo, llegó precedido por su fama Jacinto Santos, amigo de Luis, el más joven de los tres hermanos Carlón escritores: la había montado en la Facultad de Letras de Oviedo, en un happening organizado por Escilo (círculos surrealistas de León y Asturias).

Jacinto Santos (León, 1957, 2011: No quise ver su esquela: en alguna de nuestras noches de espiritismo llegamos a pensar que la sección de las esquelas era la más surrealista del periódico) publicó poemas en los Cuadernos, pero fue ante todo un activista, un provocador nato, un gran encismador. Pisaba con desafío la linde entre lo confortable y lo peligroso: hubiera sido, o fue, un extraordinario Inspector de alcantarillas (Giménez Caballero). Era –es su poesía– el más asimétrico de todos nosotros. Un jugador de palabras, como se vio en el número que dedicamos a los juegos surrealistas, el número gris.

Sólo conocemos de su obra un único libro, Temblando de palidez, con prólogo de Antonio Gamoneda, publicado en 1982 por la Editorial Margen (que publicó los escritos de profesor Lucio García Ortega).

(“…este bloque de poemas nos certifica sobre un creador valerosamente arrojado a su propia hoguera poética, decidido a la sinceridad sin reservas, arrastrado por su propio torrente verbal, por la vertiginosa intuición de los significantes imposibles”. Así termina el prólogo que escribió Antonio Gamoneda).

Y media docena de poemas en la antología Todos de etiqueta, que preparó en 1986 Tomás Salvador González para la Colección Barrio de Maravillas. Esos 6 poemas centran de un modo perfecto la estética de Jacinto Santos, su contribución al surrealismo. Cuando algunos libros de la misma época ofrecían una versión blanda y decorativa, sus poemas daban un vuelco al corazón y la cabeza del lector.

Escribió una poesía que trasmite una especial violencia erótica, con duras o sutiles mezclas y metamorfosis de lo real, ilustrada con escenas extrañas del mundo de los cuentos infantiles (sus hadas negativas, sus animales peligrosos).

Llegó a ser costumbre el que se me apareciera por la espalda subido en sus patines, en volandas, como un surfista de la ciudad. La última vez que le vi doblaba una esquina con fuerte viento, (“y humillando este tormento todavía sopla el viento empujándome”, canta el tango Garúa), afilado, temblando ya de palidez envuelto en un abrigo inmenso, parecía una figura sacada de un verso suyo, parecía Will More en Arrebato. Pero es que de ahí venía él, de ese mundo: arrebato vital y arrebato contra la muerte.

En unas Fiestas de San Juan y San Pedro, los de Cuadernos fuimos invitados a participar en el llamado Recorrido Romántico. De espaldas a San Isidoro, donde le había tocado recitar, sin volverse, dijo: “Un poema dedicado a esas piedras”. Y largó su famoso:

MI-EN

el color verde
el susto azul
la armonía de la rosa

un desierto azul marino
una arboleda violeta
mínimos rojizos

peces con personalidad
marcada en caras prismáticas

poco a poco la condición humana se hizo de noche

el bebé que pedía en la esquina de los ciegos desenfundó su espada de platino y se dirigió a la conquista de Extremadura

el mar blanco se hacía polvo de plata.

(¿Verdad que sí? “Lo imaginario es lo que tiende a ser real”, escribió André Breton. ¡Qué fuerte, qué mundo duro y hermoso! Y qué lejos de la Gran Poesía Más Muermo de Todos los Tiempos.

Más aun: Qué brisa selvática contra todas las operaciones de normalización y aplanamiento –carcundia y carcamal– de la poesía).

En su poesía hay crueldad, hay pasión, hay inteligencia espontánea. Crueldad surrealista y blasfematoria, como en César Moro cuando escribe: “La mezcla de obispos triturados / y de saliva de chacal origina /el pájaro-mitra”.

Le gustaba ir con sus amigos a ver nacer el sol. Como en aquella imagen de Giorgio de Chirico: “…donde los niños albinos pueden mirar fijamente el disco del sol en pleno día…”.

Él quiso ser punk, yo había sido hippie. Juntos fuimos flaneurs por el Barrio Húmedo, nos inspiraban sus escaparates, auténticas instalaciones dignas de museo, abríamos galerías imaginarias, nos reíamos. Y si había suerte, una boda y un entierro en la misma mañana.

Su fascinación por las figuras rituales en el bajorrelieve de la ciudad (el Margarito, con los ojos siempre tapados). Su amistad con el poeta Luis Federico Martínez, jugoso y exacto. Amistad a veces turbulenta, que les llevó a componer una pareja del Cine Mudo de la poesía.

Como sucede en algunos sueños de repetición, el día que me enteré de su muerte estuve corrigiendo con un boli la errata cometida en un verso suyo en los cincuenta ejemplares sobrevivientes de nuestra revista, el número verde (2), y así dice el verso: “Pétalos y risas que dejaban constancia de una nueva vida vegetal, oculta en nuestro último hálito”. Me parecieron hermosas palabras para la despedida.

Todo es balanza entre ganar y perder. Cuando le tocó perder, pagó por ello. Lo de ahora ya no está medido, se sale de cualquier medida, es otra ley que nada tiene que ver con la Justicia (si fuera así, todos tenemos una lista de los que se irían antes que los queridos que se nos van: estoy dispuesto, si sirve de algo, a proclamar en público mi lista). A él le tocó demasiado pronto. Ahora está en nuestra memoria.

NOTAS:
(1) La revista llegó a publicar ocho números, entre los años 1977 y 1981.
(2) La noche del sábado 11 de junio del 2011, el año de su muerte, en el concierto de Jaula 13, la banda de improvisación, en la cafetería del Auditorio, leímos unos poemas suyos, se le recordó en medio de la música. A disposición del público había un montoncito de Cuadernos que habían salido de la caja, después de tanto tiempo. Quien quiso se llevó su revista.

— — —

CARAMELOS SANTOS

…toda su descendencia murió con él
¿por qué?

 por que era sólo plancton

 pobre criatura
pobre leit-motiv
pobre muchacho

J. Santos

Por VÍCTOR M. DÍEZ

Junto lo que supe de él, lo que leí de él y el álbum de los encuentros… Sí, Jacinto aparecía. En patines, bajo un disfraz, del brazo de una chica… Era él mismo una reminiscencia de sus tiempos gloriosos, en que sus apariciones podían llegar a ser inquietantes ¿El hombre de los caramelos? Me recuerdo ahora con Manolo positivo, gran amigo suyo de entonces (hablo de los 80´s), llevándole víveres de supervivencia a una buhardilla que compartía con aquella chica. Eran los tiempos del teatro, del gesto. Con naturalidad les dejamos los víveres y recuperamos el viejo radiocasette de Kike que utilizábamos para los ensayos. “No pasa nada, pero el aparato lo necesitamos, chicos”. “Ah, creímos que ya no lo usabais, sois unos antiguos”, dijo.

No era lo del palo a la farmacia, ni la estancia en el “hotel”, o sus andanzas con Luis Federico, Esperando a Godot. La estancia con Hilario en el Castillo de la Mota “para escribir”. No era su fama de seductor, de manipulador de barajas en las que Margarito parecía un naipe principal, un joker creado por él para  decirles cosas a las viejas en los semáforos bajo una nube de pachulí. Transgresores que esperaban que se pusiera en verde el semáforo.

Era una mezcla, su polifónica capacidad para cambiar de personaje y ser, hasta el fondo, cada uno de ellos. El poeta que se hizo informático en San Andrés de Rabanedo. Hablo de memoria. La noche de Carnaval que estuvo sentado allí toda la juerga sin que le reconociésemos. Así era él.

Jacinto de cuero, lleno de imperdibles. Jacinto el traficante de cuadernos. Jacinto el suave o el que ponía motes; bueno: los clavaba. Ya no necesitaba ser cruel para ser mordaz. Tenía esa mirada inteligente que, sí, a veces, le dejaba a uno temblando de pura palidez. Recuerdo nuestra última conversación muy tarde en la Dulzaina, dándole a la hierba y su relato pormenorizado de las cañerías. Aquel médico de Barcelona, la operación. O lo último que oí de él, muy de él: “Jacinto se ha pirao del hospital”. Lo de surrealista podría parecer una etiqueta sino fuera porque más allá del poema escrito, Jacinto era poema encarnado, ni más ni menos. O sea, todo a la vez: vive lo que escribes, escribe lo que eres.

No sé por qué, mientras escribo escucho un tango. Me suena a tango, viejo café, Cafetín de Buenos Aires: veo los personajes que se nos escapan como agua entre los dedos, con la ñata en la vidriera, y sus mesas llenas de sabihondos y suicidas… (ahí los veo a todos). “Quieto, Gardelito, que te vas a tragar el sol”, decía un verso de Luis Feria. Adiós, muchacho. Ciao, colega.

— — —

TEMBLANDO DE PALIDEZ

Para JACINTO SANTOS, poeta, un hasta luego.

Por ANTONIO TORIBIOS

Así nos has dejado, temblando, pálidos. Seguro que no te imaginabas que esa bella sinestesia iba a servir para expresar los efectos de la pérdida. Y menos en los lejanos tiempos en que publicaste ese poemario que tengo ahora delante. Me lo diste una mañana, dedicado: “De escritor a escritor” me ponías, con cierto énfasis y mucha benevolencia en lo que me concierne. Eran ratos de café y amistad; atropando retazos de tiempo robado, como proscritos bajo la sombra de relojes amenazantes como cíclopes. En diez minutos comentábamos el “Negro sobre blanco”, hablábamos de Freud, de Jean Genet, de Fassbinder, de Dios y de la nada. Aún nos daba tiempo a pasar de puntillas por los flecos del día a día, por algunos momentos del pasado, por nuestras ansias presentes de leer, de escribir y de vivir. Luego subíamos hacia la gris obligación con el ánimo cantarín de los locos o de los remeros en combate. Eso sucedió cientos de días y fue añadiendo hebras a una maroma multicolor de pensamientos, de películas de Ripstein, de versos de esos poetas malditos que tanto te atraían.

Tengo el libro en las manos: “Temblando de palidez”. Jacinto Santos. León, 1982. Qué años aquellos de fiereza y de poesía. (“es mañana/ el sol sale por la luna/ pájaros fuertes se desperezan…”). Y dice Gamoneda en el prólogo: “…creador valerosamente arrojado a su propia hoguera poética”. Qué valiente y qué arrojado eras, Jacinto, y cómo surfeaste siempre las desdichas con la gracilidad de un superhéroe de la Marvel; con qué arrojo supiste coger el toro del destino por los cuernos. Recuerdo cuando te operaron por primera vez, hace ya años. Me contaste los detalles del asunto con el mismo tono con que podías hablar de Heidegger o del funcionamiento de tu vespa. (“Entre los marfiles de mi vientre/ están apareciendo pulpos gangrenados”). Y luego tu vida siguió igual, con más pasión si cabe. Sobre todo porque ahora estaba guiada por Sofía, tu faro sabio en el periplo y el ancla que te sujetaba a tierra firme. Nos veíamos a veces en el cine del Albéitar y el camino de vuelta era un sinfín de fotogramas revividos.

Últimamente, en nuestras charlas mediaba a veces la tercería del cristal líquido. (“Donde yo vivo no hay noches, y se/ pierde el recuerdo de los perfumes”). Más de una noche, en ese limbo ucrónico que es la madrugada, surgías como un pecio en mi navegar a la deriva y entablábamos un remedo de aquellos diálogos de antaño. Todo era posible en esa ventanuca exigua del chat, desde referencias literarias hasta el sentir más perentorio. Incluidos tus versos, que guardo como un caro legado en lo más hondo de mi disco duro. (“el alma se arrastra hacia las piras/ en un mudo recuento de insomnios”). De esas charlas digitales surgió la invitación a una tertulia en vivo, donde hemos gozado hasta el final con tus intervenciones sobradas de ingenio, autenticidad y desenfado. Ahora sólo me queda seguir avizorando el surgimiento de tu icono en la ventana. Cualquier noche de estas seguimos charlando.

— — —

CUANTO MÁS DE CERCA SE MIRA LA BRILLANTEZ INSOPORTABLE DE LA MUERTE MÁS DIFÍCIL SE HACE SU COMPRENSIÓN Y ESO PARECE ACENTUARSE CUANDO QUIEN VIVE TAL APAGÓN RADICAL LO ENTIENDE COMO UN OFRECIMIENTO PERFECTO

                                                                             Para JACINTO SANTOS, in memoriam

Por LUIS ARTIGUE

En Civitavecchia
cerca del mar latente y una catedral muerta que obligan con su ritmo
opuesto
entro
-el sol es una pira de ardor y sexualidad como llegar a los cien años-
en la disimulada arrogancia del silencio de una biblioteca:
un email como una salva de otro mundo
dice que has culminado tu radical afán
por descifrar
la oscuridad…

La pureza surrealista forja héroes y fragancias
que no podemos seguir.

Igual que las estrellas cumplidoras de sueños
apenas sé estar triste desde lejos.

Pienso en tu cincelada intimidad de hospital
donde el amor, el llanto y demás flores salvajes
no te hicieron dimitir del lirismo a la contra,
releo lo que escribiste como admitido en las sombras
y algo tiene la distancia de amistad no capturada por el haz del presente.

Tapamos las cicatrices con enceradas medallas.

Si tu forma ejemplar de morir la muerte me
ha enseñado algo hermoso como fumar crepúsculos
es saber que se alcanza lo a tientas celebrado previamente…
Amigo, que este poema tardío con olfato de dobermann
llegue hasta ti y te encuentre ahora que formas parte
de tu descrita noche y tu irradiante herida;
ahora que te has ceñido al más allá de la experiencia
para siempre, amén.

Como
una nueva luz de lámpara que, al fondo del pasillo, civiliza lo íntimo ya embelleces la nada. Y seguimos.

 

Acerca de Eloísa Otero

Periodista y escritora leonesa.

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