Juan Carlos Pajares recoge sus “aullidos” en el libro “Póética del desamparo”

El cartel.

El cartel.

El poeta y escritor Juan Carlos Pájares presenta su nuevo libro, “Poética del desamparo” (Eolas ediciones), este viernes 3 de febrero, a las 20 horas, en los salones del Café Ristán (Hotel Quindós), en León. Le acompañarán en la mesa los poetas Ildefonso Rodríguez (autor del prólogo) y Rafael Saravia.

Juan Carlos Pajares, colaborador de TAM TAM PRESS desde el principio, es el autor de la sección “El aforismo del Pájaro”, redenominada hace algún tiempo “Aullidos del Pájaro”. Y a esta sección semanal, que se ha extendido desde los inicios de la revista en 2012 hasta el último día de 2016, pertenecen los pequeños textos (aforismos, poemas, fragmentos…) reunidos en este nuevo libro, tres años después de la publicación del primer volumen en esta línea, ‘Corner of the silenced (Un año en TAM TAM PRESS)’.

Reproducimos, aquí, el prólogo de “Poética del desamparo”:

Por ILDEFONSO RODRÍGUEZ

El libro anterior de Juan Carlos Pajares nos situaba en una esquina, la de los silenciados, como aquella de los oradores en Hyde Park. Desde allí fluían los 52 fragmentos, aforismos, poemas (no distingamos demasiado) que habían salido, semana a semana, en Tam Tam Press, hasta llenar un año. “Un almanaque secreto”, lo llamó Tomás Sánchez Santiago en el prólogo al libro; aquella “oblicuidad” de materias, aquella posición “moral” aquí sigue; pero, ¿cómo?, ¿hacia dónde se ha movido?

Siendo lo más universal en la vida del mundo el dolor y el infortunio, atender a ello parecería la tarea urgente del nuevo libro, pues así lo anuncia el mismo título: desamparo. Pero no es sólo eso, es también una poética, la poética del desamparo. No es la estética o la poesía de tal estado. Es poética porque es, de nuevo, política, es moral, y sigue siendo oblicuidad entre lo nombrado, lo atraído sin un centro fijo, en la movilidad del hallazgo o del azar. Lo escrito y algo más.

Ahora se ha abolido el calendario gregoriano, aflora el de la revolución francesa; qué acierto, salirse del santoral para llamar a los meses y los días con otros nombres tan hermosos: el día carbón, el 2 del mes nevoso; el día violeta, el 8 del mes ventoso, aquel almanaque secreto es ahora republicano.

Trabajos y días, mirar, leer las noticias, volver a mirar, vivir. Como si al que sólo mira le envolviese lo mirado y se le despertase una conciencia, una conciencia que busca y quisiera ofrecer eso, una palabra necesaria y hermosa, amparo (“En la nuca de la multitud, silbaremos también su sola nota: amparo”, ha escrito Miguel Suárez), porque sabe la extensión de su contraria, desamparo. Sólo con pronunciarla uno se queda a la intemperie, sin cobijo, en la calle; o bajo las estrellas. En el último fragmento del libro está una de las claves: “Lo puro habita a la intemperie. Conspira a cobijo, el hombre, contra todo lo que late. Después, rastros de túneles entre madrigueras derruidas, huesos incompletos, retazos de pieles, mandíbulas inconexas y, al poco, nada”.

Nada bajo las estrellas. El autor tiene saberes fuertes de cosmólogo (“órbita geoestacionaria”, escribe), habita en los montes, conduce por un paisaje que sabe ver en sus detalles, no se pierde un detalle, la conducta de los animales, los signos que anuncian las estaciones. Y algo más, siempre: “Ya algo comienza a desvelarse en lo oculto”.

Un saber que va trazando surcos sobre el papel, ida y vuelta, subida a la nieve (le es benéfica, montaña, animales y nieve: “la nieve no tiene huesos”).

Y una mirada que se llena con lo mirado, es un paisajista, describe como si invocase; (a veces, la descripción parece el arranque de una novela, una densidad de seres y personajes).

Dos páginas del libro, con uno de los aforismos en distintas lenguas.

Dos páginas del libro, con uno de los aforismos en distintas lenguas.

Ante todo, es alguien que quiere dar voz. A todo lo que es mudo, o ha sido silenciado, acallado con violencias. A la misma naturaleza. Ha escrito Walter Benjamin: “La carencia del habla: ésta es la gran pena de la naturaleza (y por querer redimirla está la vida y el lenguaje de los hombres en la naturaleza, y no sólo el del poeta, como suele asumirse)”. Y también: “¿A quién se dirigen la lámpara, la montaña o el zorro? La respuesta es: a los hombres”. Ahí está, escuchar esas voces y darles la palabra.

El cosmólogo que sabe mirar el cielo, como un presocrático y le asalta una política; y ello junto, ya está dicho, es una poética: es alguien que tiene “el alma en un dedal”.

Qué música rueda por el universo, si no es esa “cajita de música” que escucha mirando al cielo el que habita junto a la nieve, mira a su alrededor, oye la radio, y sale el grito después de la oración, el poeta y después el profeta airado, como si lanzara maldiciones, va del Cosmos al Caos y abre una serie: “Cosmos, fractal del Caos, reiteración de lo repetido, placentas como nebulosas lejanas de estorninos, deriva de las galaxias, hexágonos de hielo, huracanes circulando por los bronquios, nievan simetrías, bancos de sardinas en el Cabo de las Tormentas, pliegues tectónicos del córtex cerebral, eyacula la Gran Barrera de Coral…”. Serie que se cierra así: “más líbranos del mal”. La oración, hay que repetirla.

El paladeo de las palabras materiales es el mismo para la Naturaleza que para el Estado, va de los “Surcos aceitosos de agua sobre los lomos de las caballerías” a la “Reflexión, flexión, genuflexión, postrados ante la urna…”. No hay transición. Eso, vuelta a decirlo, es una poética, hasta llegar a serlo del mismo desamparo.

(Como aquella vez que vi a mi amigo reparar en una guirnalda con bombillitas de colores, y después dio nombre a las primeras estrellas del anochecer, de la terraza del Benito al universo frío, alzamos los porrones, los planetas de los pobres y, a veces, felices humanos, brindamos. Como ahora quiero yo hacer con estas notas, brindar por su nuevo y hermoso libro. Y añadir esto: cada vez que abro el Tam Tam, no dejo de leer el así llamado aforismo del Pájaro, por la misma razón por la cual aquel pastor del que nos contó Dylan Thomas hacía sus conjuros a la luz de la luna; cuando le preguntaron respondió: sería tonto si no lo hiciera. También yo sería tonto si me perdiese semejantes cápsulas verbales que vitalizan sentidos y pensamientos).

Juan Carlos Pajares en una imagen retrospectiva. © Fotografía: Agustín Berrueta.

Juan Carlos Pajares en una imagen retrospectiva. © Fotografía: Agustín Berrueta.

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